DEJADLOS EN EL CIELO
CLIFFORD D. SIMAK
1
El Jurado, satisfecho, rió entre dientes. Las barras tipográficas se movieron con fantástica velocidad al imprimir el veredicto en el rollo de papel.
Cuando pareció que había terminado, el Juez hizo una seña al ujier, quien se acercó al Jurado y arrancó el veredicto de la máquina. Sosteniéndolo con ambas manos, como ordenaba el ritual, se volvió hacia el Juez.
Este dijo entonces:
—Que se levante el acusado y se coloque frente al Jurado.
Franklin Chapman se levantó tembloroso y Ann Harrison le imitó, para quedarse de pie junto a él. Al mismo tiempo le puso una mano en el brazo. A través de la tela de su camisa, notó que su carne temblaba.
Hubiera debido hacer una mejor defensa, se dijo. Sin embargo, ella sabía que había trabajado más a fondo en aquel caso que en muchos otros. Había puesto su corazón en el hombre que tenía a su lado, tan desvalido y atrapado. Tal vez, pensó, una mujer no tiene derecho a defender a un hombre en un tribunal como aquél. En los antiguos tiempos, cuando el Jurado era humano, tal vez hubiera estado bien. Pero no ante un tribunal que empleaba como Jurado a una computadora y donde lo único que se debatía era el significado literal de la letra.
—Que el secretario lea el veredicto—ordenó el Juez.
Ann dirigió una mirada al Fiscal, sentado ante su mesa, con el mismo rostro grave y pontifical que había mantenido durante toda la vista. Un instrumento, se dijo... nada más que un instrumento, del mismo modo como el Jurado era un instrumento de la Justicia.
La sala estaba oscura y silenciosa, con las ventanas débilmente iluminadas por el sol del atardecer. Los periodistas ocupaban las primeras hileras de asientos, tratando de captar el menor signo de emoción, el más pequeño gesto significativo, la más insignificante migaja que les permitiese escribir un artículo. Las cámaras también estaban allí, con sus redondos objetivos dispuestos a registrar aquel momento, en el que la eternidad y la nada se balanceaban en el filo de la balanza.
Aunque, como sabía Ann, subsistían muy pocas dudas. ¡Había tenido tan poca base para edificar su defensa...! La sentencia sería de muerte.
El secretario empezó a leer:
—En el caso del Estado contra Franklin Chapman, se ha venido a saber que el referido Chapman, que es el acusado en este juicio, por criminal negligencia y completa falta de responsabilidad, retrasó hasta tal punto la recuperación del cadáver de Amanda Hackett que hizo imposible la preservación de su cuerpo, lo que dio por resultado la muerte total e irreversible.
"Arguye el acusado que él no era responsable por la eficiencia operatoria y las condiciones mecánicas del vehículo empleado en el intento de recuperar el cuerpo de la citada Amanda Hackett, pero este alegato se considera improcedente. Su responsabilidad total comprendía la recuperación del cuerpo por todos los medios posibles y a esta responsabilidad primordial no se le imponen límites. Es posible que sean citadas otras personas para responder también a esta acusación de irresponsabilidad, pero su cantidad de culpa o inocencia no tiene nada que ver con el caso que ahora se debate.
"En consecuencia, se considera al acusado culpable de todos y cada uno de los delitos que se le imputan. Al no existir circunstancias atenuantes, no podemos recomendar clemencia a este tribunal.
Chapman, abatido, se sentó lentamente en su silla y permaneció en ella, rígido y erguido, con sus grandes manos de mecánico cruzadas sobre la mesa, y con el rostro convertido en una máscara helada.
Entretanto, Ann Harrison se decía por lo bajo que desde el primer momento él supo cómo terminaría el proceso. Por esto había encajado tan bien el golpe. No se dejó engañar ni un momento por su cháchara de abogado ni por las seguridades que ella le daba. No tenia que haberse preocupado por mantener su moral, porque ni por un momento se le ocultó la gravedad de su situación, sabía a lo que se exponía y su destino no le arredraba.
—¿Desea decir algo la defensa?—preguntó el Juez.
—Con la venia de Su Señoría—contestó Ann.
El Juez es un hombre, se dijo Ann. Trata de mostrarse amable, pero no puede serlo. La ley no se lo permite. Escuchará mis palabras, rechazará mis conclusiones y después pronunciará la sentencia, que será definitiva. Pues la sentencia era inapelable. A la luz de la evidencia reunida, ya no era posible la apelación.
Miró de reojo a los periodistas, que esperaban en silencio, a los ojos escrutadores de las cámaras de televisión, y sintió que por sus venas corría un ligero estremecimiento de pánico. ¿Sería prudente, se dijo, la maniobra que iba a realizar? Desde luego, sería fútil; su futilidad no se le escapaba. Pero además de ello, ¿sería prudente?
En aquel instante de vacilación, algo le dijo que tenía que hacerlo, era su deber realizar su plan y que no podía faltar a su deber.
—Señoría—dijo—pido que el veredicto sea anulado, ya que ha sido dictado con prejuicios.
El Fiscal se puso en pie de un salto. El Juez le indicó con un ademán que volviese a sen-
tarse.
—Miss Harrison—dijo el magistrado—, temo no haberla comprendido bien. ¿Dice usted que el veredicto ha sido dictado con prejuicios? ¿Quiere explicarse, por favor?
Ella rodeó la mesa para acercarse al Juez.
—En efecto—dijo—. Tenga en cuenta este tribunal que la principal prueba condenatoria se refiere al fallo mecánico del vehículo que el acusado empleaba para el cumplimiento de sus deberes oficiales.
El Juez asintió con expresión grave.
—Estoy de acuerdo con usted. ¿Pero qué tiene que ver el carácter de esta prueba con los prejuicios que usted menciona?
—Señoría—repuso Ann Harrison—, el Jurado también es una máquina.
El Fiscal volvió a pegar un brinco.
—¡Protesto!—gritó—. ¡Señoría, esto es inadmisible!
El Juez golpeó la mesa con su mazo.
—Orden —dijo al Fiscal—. Le ruego que no interrumpa.
Los periodistas se mostraban muy agitados, tomando notas y cuchicheando entre ellos. Los objetivos de las cámaras parecían haberse vuelto más brillantes.
El Fiscal se sentó, ceñudo. El rumor de conversaciones cesó. En la sala reinó un silencio mortal.
—Miss Harrison—dijo el Juez—: ¿pone usted en duda la objetividad del Jurado?
—Si, Señoría, siempre que se trate de máquinas. No pretendo que se trate de un prejuicio consciente, pero entiendo que un prejuicio inconsciente.
—¡Ridículo!—gritó el Fiscal, interrumpiéndola.
El Juez volvió a golpear la mesa con el mazo.
—No tolero interrupciones—le dijo.
—Les aseguro—prosiguió Ann—que puede existir un prejuicio inconsciente. Y afirmo también que en cualquier aparato mecánico se halla ausente una cualidad esencial para toda justicia... la posibilidad de sentir compasión y de apreciar las cualidades humanas. Esta máquina domina la ley, tengo que admitirlo, posee un conocimiento sobrehumano y total de las leyes y el derecho, pero...
—Miss Harrison—la reprendió el Juez—, le ruego que no trate de aleccionar a este tribunal.
—Pido a Su Señoría que me perdone.
—¿Ha terminado, pues?
—Sí... creo que sí, Señoría.
—Muy bien, pues. Apelación rechazada. ¿Tiene usted algo más que decir?
—No, Señoría.
Ann rodeó de nuevo la mesa, pero no tomó asiento.
—En ese caso—dijo el Juez—no hay motivo para aplazar la sentencia. Voy a dictarla ahora mismo. En casos como éste, la ley es muy concreta. Póngase en pie el acusado.
Chapman se levantó lentamente.
—Franklin Chapman—dijo el Juez—este tribunal ha decidido condenarle, al declararse convicto de los cargos que se le imputan y en ausencia de cualquier recomendación de clemencia, a no preservar su cuerpo cuando llegue el instante de su muerte. Sin embargo, todos sus demás derechos civiles serán respetados.
Dio un golpe con el mazo.
—La vista ha terminado—declaró.
2
Durante aquella noche, alguien había escrito una frase en la pared de un mugriento edificio de ladrillo rojo que se alzaba en el lado opuesto de la calle. Los gruesos trazos de tiza amarillenta formaban estas palabras:
NO RESUCITEIS A LOS MUERTOS
Daniel Frost colocó su diminuto utilitario biplaza en el espacio que tenía reservado para él en una de las zonas de aparcamiento que se extendían frente al Centro de Hibernación y se apeó, deteniéndose para leer la frase.
Últimamente habían aparecido muchas, escritas con tiza no sólo allí sino en todas partes, y, algo perezosamente, se preguntó qué debía de estar pasando para producir tal floración. Sin duda Marcus Appleton podría decírselo si él se lo preguntaba, pero Appleton, en su calidad de Jefe de Seguridad del Centro de Hibernación, era un hombre muy ocupado y en las últimas semanas Frost apenas si le había visto un par de veces. Pero si ocurría algo fuera de lo normal, estaba seguro de que no escaparía a la atención de Marcus. Eran muy pocas las cosas que le pasaban desapercibidas a Marcus, pensó para consolarse.
El guarda del aparcamiento se acercó a él y le saludó llevándose la mano a la gorra.
—Buenos días, Mr. Frost. Parece que hoy hay mucho tránsito.
Así era, en efecto. Los carriles de circulación estaban atestados de diminutos coches casi idénticos al de Frost, que avanzaban parachoque contra parachoque. Sus carrocerías de plástico en forma de burbuja resplandecían bajo el sol matinal, y desde donde él estaba percibía débilmente el suave zumbido de sus motores eléctricos.
—Siempre hay mucha circulación a esta hora—declaró—. Esto me recuerda que debería usted echarle una mirada a mi parachoques derecho. Un coche se me acercó demasiado.
—Tal vez el que se abolló fue el del otro coche—observó el guarda—, pero no estará de más echarle una miradita. ¿Y qué me dice usted de la defensa de caucho, Mr. Frost? También habrá que mirarla.
—Creo que está bien—dijo Frost.
—De todos modos también la examinaré. No costará nada hacerlo.
—Se lo agradezco mucho—dijo Frost—. Es usted muy amable, Tom.
—Tenemos que colaborar—repuso el guarda—. Velar unos por otros. A mí este eslogan me parece muy importante. Supongo que lo escribió alguien de su departamento.
—Así es, en efecto—dijo Frost—. Lo lanzamos hace algún tiempo. Es uno de los que han pegado más. Invita a que todos participen.
Se agachó para sacar la cartera de mano del asiento, y se la metió bajo el brazo. El paquete con el desayuno que llevaba en ella formaba un bulto muy visible.
Penetró en el paseo elevado de seguridad y lo siguió hasta llegar a una de las varias plazas que rodeaban la imponente estructura del Centro de Hibernación. Entonces, como hacia siempre y sin motivo particular que pudiese discernir, echó hacia atrás la cabeza para contemplar el imponente edificio de kilómetro y medio de altura. Había veces, especialmente en los días de mal tiempo, en que las nubes ocultaban su cúspide, pero en una clara mañana como aquélla la gran estructura de ladrillo se levantaba hasta
casi perderse de vista sus últimos pisos en la azulada neblina del cielo. Producía vértigo aquel espectáculo y la cabeza le daba vueltas a uno al pensar que era obra del hombre.
Trastabilleó y sólo consiguió recuperar el equilibrio en el último instante. Tenía que dejar de hacer aquella absurda acción consistente en estirar el cuello para contemplar el colosal edificio, o al menos, se dijo, esperar a llegar a la plaza para hacerlo. El paseo de seguridad sólo tenía medio metro de altura, pero a pesar de ello una caída podía tener fatales consecuencias. Incluso podía fracturarse la base del cráneo. Se preguntó por centésima vez por qué no se había pensado en poner una valla protectora en los paseos elevados.
Llegó a la plaza y salió del paseo elevado para mezclarse con la apiñada muchedumbre que se dirigía hacia el edificio. Apretaba fuertemente la cartera bajo el brazo, esforzándose por proteger con una mano el bulto que formaba su bocadillo. Aunque sabía que no iba a conseguirlo. Casi todos los días resultaba aplastado por los apretones que tenía que soportar al atravesar la plaza y el vestíbulo del edificio.
Pensó que quizás debería pasarse hoy sin su acostumbrado vaso de leche. Tendría que conformarse con un vaso de agua para remojar su colación. Se pasó la lengua por los labios, al notar que de pronto los tenía secos. Acaso, se dijo, podría ahorrar de alguna otra manera aquel dinero extra. La verdad es que le gustaba tomarse un vaso de leche todos los días, y esperaba que llegase el momento de hacerlo con gran fruición.
Pero ahora no podía pensar en ello. Tenia que encontrar una manera de reunir el dinero necesario que le costaría energizar el parachoques de su coche. Era un gasto imprevisto que trastornaba su presupuesto. Y si Tom descubría que había que cambiar parte del relleno, el gasto aún sería mayor.
Gruñó entre dientes al pensar en ello.
Aunque por otra parte, se dijo, no podían correr riesgos innecesarios... y sobre todo tal como estaba la circulación.
Ningún riesgo... ningún riesgo, de la clase que fuese, que pudiese amenazar la vida humana. Se habían acabado las temeridades, el alpinismo y la escalada, los viajes aéreos, como no fuese en los helicópteros casi a prueba de accidentes empleados en las labores de rescate, las carreras de automóviles y los brutales deportes que ponían a unos hombres en mutuo contacto. El transporte había alcanzado el colmo de la seguridad, los ascensores estaban provistos de fantásticos dispositivos amortiguadores, las escaleras estaban protegidas con peldaños antideslizantes hechos de un material elástico... se había hecho todo lo imaginario para evitar accidentes y proteger la vida humana. Incluso la misma atmósfera, pensó, estaba protegida contra la contaminación: los humos de las fábricas se filtraban y se aprovechaban para extraer de ellos todos los productos nocivos, los automóviles ya no quemaban hidrocarburos sino que funcionaban con baterías casi eternas que alimentaban a motores eléctricos.
El hombre tenia que vivir su primera vida hasta alcanzar la mayor edad posible. Era su única oportunidad de demostrar su competencia para la segunda vida. Y cuando todos los esfuerzos de la sociedad en que él vivía tenían por objeto la prolongación de su vida, sería imperdonable que un descuido o un exagerado sentido del ahorro (como no querer pagar un nuevo relleno o el costo de energizar de nuevo un parachoques), le hiciesen perder los años que necesitaba para reunir el capital que necesitaría en su segunda vida.
Mientras avanzaba centímetro a centímetro recordó que aquella mañana tenían junta y que tendría que perder una hora o más escuchando a B. J. acerca de una serie de cosas que todos tenían que saber. Y cuando B. J. hubiese terminado su exposición, los jefes de los distintos departamentos y grupos de estudio pondrían sobre el tapete una serie de problemas que ellos podían resolver sin ayuda de nadie, pero que exponían como pretexto para demostrar cuán atareados, listos y fieles a la empresa eran. Aquello era una pérdida de tiempo, opinaba Frost, pero no tenía escapatoria posible. Todas las semanas, desde hacía varios años, desde que fue nombrado Jefe del Departamento de Relaciones Públicas, había entrado obedientemente en la sala de juntas con los demás jefes para ocupar su asiento en la mesa de conferencias, preocupado por el trabajo que le esperaba en su despacho.
Pensó que Marcus Appleton era el único de todos ellos que tenía cierto coraje. Desde el primer día, Marcus se negó a asistir a aquellas reuniones, y se salió con la suya. Aunque, bien mirado, tal vez él fuese el único que podía hacerlo. Seguridad era algo bastante diferente de los demás departamentos. Si tenía que actuar con eficacia, había de gozar de una libertad algo mayor que las restantes secciones del Centro de Hibernación.
Recordó que en algunas ocasiones se había sentido tentado a exponer algunos de sus programas ante sus compañeros, para someterlos a su consideración. Pero entonces se alegraba de no haberlo hecho, pues ninguna de las aportaciones y sugerencias hechas hubieran tenido el menor valor. Sin embargo, ello no hubiera impedido que los jefes de otras secciones se atribuyesen el mérito de cualquier labor efectiva que él hubiera podido después hacer.
Lo más adecuado, se dijo, como ya se había repetido muchas otras veces, era hacer su trabajo sin chistar y ahorrar hasta el último céntimo que pudiese.
Al pensar en su trabajo, se preguntó quién había sido el autor del eslogan que vio trazado con yeso en la roja pared de ladrillo. Era la primera vez que lo veía y le pareció el mejor; con mucho gusto utilizaría los servicios de quien lo hubiese concebido. Pero sabía que sería una pérdida de tiempo tratar de encontrar a su autor para ofrecerle trabajo. La frase era, sin duda, obra de los Santos, y éstos eran un hatajo de fanáticos.
Sin embargo, no alcanzaba a conjeturar qué se proponían conseguir oponiéndose al Centro de Hibernación. Pues éste no se oponía a la religión, ni a la fe particular de nadie. No era más que una institución puramente científica que había puesto en práctica un programa biológico de incalculables consecuencias.
Avanzó trabajosamente hasta la escalinata que conducía a la entrada, debatiéndose entre la compacta multitud, y finalmente penetró en el amplio vestíbulo. Torciendo hacia la derecha, avanzó paso a paso hacia el puesto de souvenirs, flanqueado por un estanco y una tienda de drogas.
El espacio que quedaba frente al mostrador de la tienda estaba abarrotado de público, que se detenía un momento en su camino al trabajo para comprar píldoras oníricas—drogas alucinógenas—, que les permitirían pasar unas horas agradables al anochecer. Frost nunca las había tomado, ni tenía intención de tomarlas, pues las consideraba una estúpida manera de malgastar el dinero, y, por otra parte, nunca había sentido necesidad de ellas.
De todos modos, admitía que otras personas pudiesen necesitarlas... eran algo que les compensaba por todo lo que habían perdido, por la emoción y la aventura de otros tiempos, cuando el hombre caminaba dándose la mano con una muerte total e irreversible. Acaso pensaban que la vida actual pecaba de gris y monótona, y que el objetivo a que tenían que subordinarlo todo era tétrico e implacable. Había personas que pensaban así, desde luego... personas que a veces se olvidaban de la gloria arrebatadora que tenía aquel objetivo en su primera vida, y que perdían momentáneamente de vista el hecho de que esta vida presente no era más que una breve preparación para toda la eternidad.
Se abrió paso entre el gentío y llegó finalmente al puesto de souvenirs, que apenas tenía clientes.
Charley, el dueño del pequeño comercio, se encontraba de pie tras el mostrador, y, cuando vio venir a Frost, se inclinó para sacar una cartulina con varias hileras de sellos
de correos.
—Buenos días, Mr. Frost—le saludó—. Tengo aquí algo para usted. Se lo he reservado especialmente.
—Veo que esta vez son también suizos —observó Frost.
—Son unos sellos excelentes—dijo Charley—. No sabe cuánto me alegro de vendérselos. Dentro de cien años, se alegrará de haberlos comprado. Es una inversión muy buena, pues procede de uno de los países más seguros.
Frost dirigió una mirada al ángulo inferior derecho de la cartulina, donde figuraba la cifra 1,30 escrita con lápiz.
—El precio de hoy—dijo Charley—es un dólar con ochenta y cinco.
3
En algún momento de aquella noche, el viento había vuelto a derribar la cruz.
Lo malo, se dijo Ogden Russell, incorporándose y frotándose los ojos para limpiarlos del pus que se había endurecido mientras dormía, era que la arena era un lugar muy malo para plantar una cruz. Si pudiese encontrar algunas piedras de buen tamaño y las colocase en torno a su base, quizá resistiría mejor el soplo de la brisa fluvial.
Tenía que hacer algo, porque no estaba bien que la pobre cruz se cayese cada vez que soplaba un poco de viento. Aquello no estaba de acuerdo con su piedad y su propósito.
Mientras permanecía sentado allí en la arena, con la risa matinal y cristalina del río resonando en sus oídos, se preguntó si habría sido tan prudente como él creía al elegir aquel diminuto islote como lugar de retiro. Era solitario, en efecto, pero aquí se acababa todo. Le faltaba algo muy importante: confort. Aunque el confort, se reprendió con acritud, era una ventaja que él no buscaba. Lo había tenido en el lugar de donde venía, en aquel mundo al que él había vuelto la espalda, y podría haberlo conservado quedándose sencillamente en él. Pero había renunciado al confort, junto con otras muchas cosas, en su tremenda búsqueda de algo que podía sentir e intuir, pero que todavía seguía siendo inapresable.
¡Y no era porque no lo hubiese intentado, Dios mío, se dijo, no era porque no lo hubiese intentado!
Se levantó y se desperezó cuidadosamente, porque le dolían todos los huesos y músculos de su cuerpo. Es por dormir a la intemperie, se dijo, expuesto al viento y a la humedad del río, sin tan siquiera con una mísera manta para cubrirse. Sin casi nada con qué taparse, en realidad, porque lo único que cubría su desnudez eran unos viejos pantalones, cortados por encima de la rodilla.
Después de desperezarse, se preguntó si levantaría la cruz antes de su plegaria matinal, o si ésta sería igualmente aceptable sin cruz. A fin de cuentas, se dijo, la cruz estaría allí igualmente, y a buen seguro lo que valía era lo que la cruz simbolizaba, y no el hecho de que estuviese tumbada o derecha.
Escuchó entonces la voz de su conciencia y trató de mirar al interior de su alma y al inmutable misterio de la región que se extendía más allá de ella, y que aún seguía sin dejarse aprehender. Pero nada conseguía descubrir allí ni le llegaba la ansiada respuesta. Aquella mañana aún era peor que en otras ocasiones, pues únicamente conseguía pensar en su cuerpo despellejado por el sol, en las erosiones de sus rodillas, causadas por la arena, en el nudo que formaba el hambre en sus entrañas, y en el deseo de saber si habría caído algún pez en las redes que tendió la víspera. Si aún no recibía respuesta, después de meses de espera, de buscar la ansiada respuesta, quizás esto se debiese, pensó, a que la respuesta no existía. Tal vez su búsqueda no fue más que una empresa insensata. Quizás aporreaba la puerta de una habitación vacía; invocaba algo inexistente, o lo llamaba por un nombre que no era el suyo.
Sin embargo, pensó, el nombre no tiene importancia. El nombre no es más que forma, un armazón convencional dentro del que se puede actuar. Realmente, se dijo, lo que él buscaba era algo muy sencillo: comprensión y fe, la fe profunda y la amplia comprensión que los hombres de otras épocas habían tenido. Tenía que haber alguna base, arguyó, para la creencia de que esto existía en algún sitio y de que podía encontrarse. No era posible que toda la humanidad estuviese equivocada. La fe religiosa tenía que ser algo más que un simple instrumento creado por el hombre para llenar el acuciante vacío que llevaba en su corazón. Incluso los viejos neanderthalenses habían enterrado a sus muertos para que cuando estos surgiesen a una segunda vida estuviesen vueltos de cara al sol naciente, y habían espolvoreado sus tumbas con el puñado de ocre rojo que simbolizaba aquella segunda vida, poniendo junto al muerto las armas y los adornos que necesitaría en la vida venidera.
¡Pero él tenía que saberlo! ¡Debía esforzarse por saberlo! Y sabría, cuando se hubiese ejercitado a buscar en las ocultas profundidades de la existencia. En algún punto de aquel místico estanque encontraría la verdad.
Había algo más en la vida, tenía que haber algo más se dijo, que la continuada existencia en la tierra, por larga que ésta fuese. Tenía que haber otra eternidad, más allá de la carne inmortal, renovada y resucitada.
Recorrió la arenosa orilla hasta los sauces donde había calado sus redes y tiró de ellas. Cedieron con facilidad y vio que estaban vacías.
El duro nudo del hambre se apretó más en su estómago cuando vio que no había capturado nada.
Tendría que conformarse esta vez con mejillones de río. Sintió náuseas al pensar en ellos.
4
B. J. golpeó la mesa con un lápiz para indicar que la reunión había comenzado. Paseó una benévola mirada por los reunidos.
—Me alegra verte con nosotros, Marcus—dijo—. Eres muy caro de ver. Tengo entendido que tienes un pequeño problema.
Marcus Appleton rechazó con una mirada furiosa la benevolencia de B. J.
—Sí. B. J.—dijo—, hay un pequeño problema, pero no es totalmente mío.
B. J. pasó su mirada a Frost.
—¿Cómo se presenta la nueva campaña de ahorro, Dan?
Frost contestó:
—Estamos trabajando en ella.
—Contamos contigo—dijo B. J.—. Procura que tenga cierto impacto. Me he enterado de que la gente invierte mucho en sellos y monedas...
—El único inconveniente —observó Frost— es que sellos y monedas son una buena inversión, pero a largo plazo.
Peter Blane, el tesorero, se agitó inquieto en su silla.
—Conviene que se dé prisa en encontrar algo—dijo—. Están bajando mucho las suscripciones a nuestras acciones—. Miró a los reunidos—. ¡Sellos y monedas! —dijo, como si pronunciase una blasfemia.
—Podríamos acabar con eso—dijo Marcus Appleton—. Nos bastaría con insinuarlo, con hacer circular una consigna. Así se acabarían los sellos conmemorativos, las series limitadas y las ediciones especiales para correo aéreo.
—Olvidas una cosa—observó Frost—. No sólo se trata de sellos y monedas, sino también de porcelanas, cuadros y muchas otras cosas. Casi cualquier objeto que pueda guardarse en una bóveda temporal que no sea demasiado grande. No se puede prohibir que la gente compre esas cosas.
B. J. dijo, circunspecto:
—No podemos prohibir nada. Ya se dice demasiado por ahí que somos los amos del mundo.
Carson Lewis, vicepresidente encargado de las instalaciones, dijo:
—Creo que son esa clase de rumores los que mantienen activos a los Santos. Eso no quiere decir que nos cause muchas preocupaciones, pero no dejan de ser una molestia.
—Hay una nueva frase al otro lado de la calle —dijo Lane—. En mi opinión es bastante buena...
—¡Ya no está ahí!—dijo Appleton entre dientes.
—Sí, supongo que ya la habréis quitado—prosiguió Lane—. Pero la solución no consiste en correr detrás de esa gente con un cubo y una brocha, para borrar sus consignas.
—No creo que exista una solución total —observó Lewis—. Lo ideal, por supuesto, sería desarticular completamente la organización de los Santos. Pero dudo que eso sea posible. Creo que Marcus estará de acuerdo conmigo en que lo único que podemos hacer es mantenerlos a raya.
—A mí me parece—dijo Lane—que podríamos hacer más de lo que hacemos. En las últimas semanas he visto más frases escritas en las paredes que en ninguna otra ocasión anterior. Los Santos deben de tener un ejército clandestino de pintores de brocha gorda. Y no solamente aquí, sino en todas partes. Por toda la costa. Y también en Chicago y en el complejo de la costa del Pacífico, sin olvidar Europa y Africa...
—Algún día esto acabará —dijo Appleton—. Os lo prometo. No hay más que unos cuantos dirigentes. No alcanzan al centenar. Una vez los hayamos localizado, acabar con esto será fácil.
—Pero en silencio, Marcus—le advirtió B.J.—. Insisto en que debe hacerse sin llamar la atención.
Appleton mostró sus dientes en una sonrisa.
—No llamaremos la atención—repuso.
—No se trata tan sólo de las frases—terció Lewis—. También están los rumores.
—Los rumores no pueden hacernos daño —dijo B.J.
—En su mayoría no, desde luego—admitió Lewis—. No son más que simples habladurías, que dan un pretexto a la gente para matar el tiempo. Pero algunos tienen una base de verdad. Me refiero a los que se basan en situaciones que efectivamente existen en nuestro Centro. Empiezan por una verdad, para deformarla luego de manera deliberada Algunos de esos rumores sí pueden hacernos daño. Son los que afean nuestra imagen. Algunos de ellos son muy perjudiciales. Pero lo que más me preocupa es cómo los Santos se enteran de esas situaciones que les sirven para urdir sus rumores. Sospecho que tienen algunos confidentes en esta misma casa y en otras sucursales del Centro, y esto sí creo que deberíamos averiguarlo para cortarlo de raíz.
—No podemos estar seguros—observó Lane—de que todos los rumores sean difundidos por los Santos. Creo que tendemos a atribuirles demasiadas cosas. No son más que una partida de chiflados.
—No tan chiflados—dijo Marcus Appleton—. Si fuesen chiflados, ya hubiésemos acabado con ellos. Se trata de un grupo de hábiles agitadores. El mayor error que pudiéramos cometer sería el de menospreciarlos. Mi sección se ocupa constantemente de este asunto. Poseemos mucha información. Creo que vamos estrechando el cerco a su alrededor. . .
—Estoy de acuerdo contigo —dijo Lewis— en que constituyen una oposición eficaz y bien organizada. A veces he pensado que sin duda tienen alguna relación con los Haraganes Cuando las cosas se ponen mal, los sospechosos desaparecen en las regiones salvajes y se ocultan entre los Haraganes. . .
Appleton meneó negativamente la cabeza.
—Los Haraganes no son más ni menos que lo que su nombre indica. Tienes demasiada imaginación, Carson. Los Haraganes son los incapaces de encontrar empleo, los vagos crónicos, los inadaptados. Que comprenden, vamos a ver, Peter, algo así como el uno por ciento...
—Menos del medio del uno por ciento—precisó Lane.
—Eso es, una cifra ínfima respecto al total de la población. Se declaran libre de toda dependencia hacia nosotros, en efecto. Vagan por las regiones salvajes en horda. Viven como pueden...
—Señores—dijo B.J. con tono suave—, me temo que nos estamos enzarzando demasiado en un tema que ya hemos discutido muchas veces, sin resultados apreciables. Creo que lo mejor es dejar a los Santos donde están y que se ocupe de ellos Seguridad.
Marcus asintió con la cabeza.
—Gracias, B.J.—dijo.
—Esto nos lleva—prosiguió B.J.—al problema que mencioné.
Chauncey Hilton, jefe del proyecto "Búsqueda en el Tiempo", tomó la palabra para decir con voz tranquila:
—Un miembro de nuestro equipo de investigadores ha desaparecido. Se trata de Mona Campbell. Creo que se hallaba sobre la pista de algo importante.
—¿Cómo es que ha desaparecido, si se hallaba sobre la pista de algo importante?—estalló Lane.
—Por favor, Peter —dijo B.J.—. Hablemos de esto con la mayor calma posible.
Contempló a los reunidos uno tras otro.
—Siento, señores, no habérselo comunicado inmediatamente. Supongo que hubiera debido decírselo lo antes posible. Pero no nos interesaba que se divulgase y Marcus pensó que...
Appleton hizo un gesto de asentimiento.
—Llevamos seis días buscándola. Pero hasta ahora, ni rastro de ella.
—Tal vez ha buscado un lugar retirado—apuntó Lewis—para estar sola y darle vueltas al problema.
—Ya pensamos en eso—dijo Hilton—. Pero de haber sido este el caso, me lo hubiera dicho. Es una mujer muy meticulosa. Además, resulta que sus notas también han desaparecido.
—Si se ha ido para trabajar en ese problema—insistió Lewis—es natural que se las haya llevado consigo.
—No se las ha llevado todas—repuso Hilton—. Sólo las del trabajo que realiza actualmente. No todo el dossier. En realidad, lo normal es que los investigadores no se lleven notas al exterior cuando están trabajando en un proyecto. Nuestras medidas de seguridad, sin embargo, no son tan rigurosas como debieran.
Lane preguntó a Appleton:
—¿Han comprobado los monitores?
Appleton hizo un breve gesto de asentimiento.
—Por supuesto. Esto es simple rutina. El sistema de monitores no puede informar sobre la identidad de las personas. Cada computadora detecta a una persona cuando ésta aparece en su cuadrante, pero analiza únicamente la señal que determina el hecho de que hay allí un ser viviente. Si una de las señales cesa, entonces sabe que alguien ha muerto y se envía inmediatamente un equipo de rescate. Pero estas señales cambian constantemente, de acuerdo con los desplazamientos de las personas. Salen de un cuadrante, son recogidas por el contiguo, y así sucesivamente.
—Pero gracias a ellas, se puede saber si una persona viaja.
—Desde luego que si. Pero mucha gente viaja. ¿Y quién nos dice que Mona Campbell ha salido de viaje? Puede haberse ocultado, simplemente.
—O puede haber sido secuestrada —dijo Lewis.
—No lo creo—repuso Hilton—. Recuerda que las notas también han desaparecido.
—Entonces, tú crees que ha desertado—dijo Frost— Que ha abandonado deliberadamente el proyecto.
—Ha huido, pura y simplemente—dijo Hilton.
Howard Barnes, director de la Investigación Espacial, preguntó:
—¿Crees de verdad que nos ha abandonado?
—Sí, eso creo —contestó Hilton—. Hace unos días me dijo, con cierta circunspección, que estaba siguiendo una nueva línea de cálculo. Lo recuerdo claramente. Dijo una nueva línea de cálculo y no una nueva línea de investigación. Entonces eso me pareció bastante extraño, pero su expresión era de gran concentración y...
—¿Dijo cálculo?—le atajó Lane.
—Sí. Luego averigüé que estaba trabajando con matemáticas hamalianas. ¿Lo recuerdas, Howard?
Barnes asintió:
—Una de nuestras naves las trajo... hará cosa de veinte años. Las descubrió en un planeta que antaño estuvo habitado por una especie inteligente. Era un planeta que quizá podríamos aprovechar, pero hubiera tenido que ser terraformado y la terraformación de este planeta particular hubiera sido una operación costosísima, que por lo menos hubiera requerido mil años de esfuerzo continuado.
—¿Y qué hay sobre esas matemáticas?—preguntó Lewis—. ¿Podían sernos de utilidad?
—Por más que los matemáticos trataron de desentrañarlas—dijo Barnes—, no lo consiguieron. Comprendieron que eran unas matemáticas, pero tan alejadas de nuestro concepto de esa ciencia que no hubo manera de descifrarlas. El equipo que visitó el planeta encontró una buena cantidad de artefactos, pero en su mayoría no parecían importantes. Eran interesantes, desde luego, para un antropólogo o un xenólogo, pero no poseían un valor práctico inmediato. Las matemáticas, en cambio, eran algo distinto. Se encontraban en... bien, supongo que lo podríamos llamar libros, y estos parecían intactos. No es frecuente encontrar una masa de conocimientos impresa e intacta en un planeta abandonado. Causó sensación cuando se trajo a la Tierra.
—Y nadie ha logrado interpretarlo—dijo Lane—con la posible excepción de la aludida Mona Campbell.
—Casi aseguraría que lo hizo—observó Hilton—. Es una mujer verdaderamente excepcional y...
—¿No solicitan informes periódicos sobre la labor que se está realizando?—preguntó Lane, interrumpiéndole.
—Claro que sí. Pero no es nuestra norma atisbar por encima del hombro de nuestros investigadores. Esto puede tener muy malos efectos.
—Sí—admitió Barnes—. Es preciso que tengan cierta libertad, y que crean que la investigación que están efectuando es obra personal suya, al menos mientras la desarrollan.
B.J. intervino para decir:
—No hay duda de que todos ustedes se percatan de lo importante que puede ser esto. Con todo el respeto por Howard, el programa de Investigación Espacial es un proyecto a largo plazo. Es algo que estará maduro dentro de trescientos o cuatrocientos años. Pero el programa temporal tiene carácter de urgencia. Un súbito adelanto en el programa temporal nos concedería el espacio vital que necesitaremos tal vez dentro de un siglo. O incluso antes. Una vez empecemos las resurrecciones, nos enfrentaremos tarde o temprano con el día en que necesitaremos más espacio del que puede ofrecernos este planeta. Y el día de las primeras resurrecciones acaso no esté muy lejano. La investigación va a marchas aceleradas en el Departamento de Inmortalidad, según me comunica Anson.
—Así es, B.J. —dijo Anson Graves—. No creo que nos falte mucho para alcanzar nuestro objetivo. Yo diría diez años a lo sumo.
—O sea, que dentro de diez años—dijo B.J.—tendremos la inmortalidad...
—Pueden surgir inconvenientes —le advirtió Graves.
—Confiemos en que no surgirán—dijo B.J.—. Dentro de diez años tendremos la inmortalidad. Los convertidores de materia han resuelto el problema de los materiales y el alimento. El programa de viviendas está al día. Lo único que puede llegar a constituir un gravísimo problema es la cuestión de espacio. Para conseguir ese espacio, y conseguirlo pronto, necesitamos el viaje por el tiempo.
—Quizá buscamos algo imposible —apuntó Lane—. ¿Y si no se pudiese vencer al tiempo? Tal vez la empresa sea imposible.
—No estoy de acuerdo —dijo Hilton—. Estoy seguro que Miss Campbell ha resuelto ya el problema
—Sí, pero ha huido—observó Lane.
—Todo se reduce a lo mismo—dijo B.J.—hay que encontrar a Mona Campbell.
Dirigió una penetrante mirada a Marcus Appleton.
—Ya has oído lo que he dicho—le espetó—. ¡Hay que encontrar a Mona Campbell!
—De acuerdo—dijo Appleton—. No obstante, me gustaría contar con toda la ayuda posible. La encontraremos a su debido tiempo, desde luego, pero la podríamos encontrar antes si...
—No te entiendo—le interrumpió Lane—. ¿No quedamos en que las cuestiones de seguridad dependen enteramente de ti?
—En términos generales—dijo Appleton—y para los asuntos de todos los días, así es, en efecto. Pero el departamento de Finanzas también tiene sus agentes...
—Para misiones completamente distintas—replicó Lane—. No para cuestiones rutinarias...
—Eso te lo concedo—dijo Appleton—, aunque es de suponer que podrían prestarme su ayuda. Estoy pensando también en otro departamento.
Giró en su silla y miró de hito en hito a Frost.
—Dan—le dijo—, posees una inteligencia fuera de lo común, que puede sernos muy valiosa en este caso. Al decir inteligencia, no me refiero a la tuya personal, sino a tus servicios particulares de información. Cuentas con toda clase de confidentes, soplones e informantes y...
—¿Pero de qué estás hablando?—quiso saber B.J.
—Ah, me olvidaba—dijo Appleton—. Es posible que tú no lo sepas. Es una cuestión puramente departamental. Dan ha realizado una magnífica labor al organizar a ese grupo, que es altamente eficaz. Lo subvenciona, según creo, con unos fondos procedentes de algo que figura bajo el epígrafe de publicaciones de investigación, y que nada tiene que ver con una revista. Lo mismo puede decirse, desde luego de otras muchas actividades y proyectos.
Canalla, se dijo Frost. ¡Sucio y repugnante canalla!
—¡Dan!—gritó B.J.—. ¿Es verdad esto?
—Sí, dijo Frost—. Sí, por supuesto es verdad.
—¿Pero, por qué?—le preguntó B.J.—. ¿Por qué tienes que...?
—B.J.—dijo Frost—, si de veras esto te interesa, te explicaré punto por punto por qué se hace y por qué es necesario. ¿Tienes alguna idea de cuántos libros, cuántos artículos de revista, se hubieran publicado el año pasado, o en los últimos diez años, todos ellos animados por la sana intención de denunciar a nuestro centro, si no se hubiese hecho algo para evitar que apareciesen?
—No—vociferó B.J.—. Ni me interesa. Podemos sobrevivir a esta clase de ataques. Ya los hemos sobrevivido con anterioridad.
—Los hemos sobrevivido—repuso Frost—porque sólo unos cuantos lograron salir. Los peores no llegaron a publicarse. No fui yo solamente quien lo evitó, sino también mis predecesores. He evitado la publicación de algunos que nos hubieran hecho mucho daño.
—Yo opino, B.J. —dijo Lane—, que Dan tiene bastante razón. Creo que...
—Pues yo no —le interrumpió B.J., colérico—. No debemos tratar de impedir nada, de influir en nada ni de censurar nada. Nos acusan de que queremos gobernar el mundo. Se dice que...
—B.J.—le interrumpió Frost a su vez, furioso—, de nada sirve fingir que el Centro de Hibernación no gobierna al planeta. Aún hay naciones y gobiernos, pero los verdaderos amos somos nosotros. Poseemos la mayoría del capital de todas las empresas, casi todas las organizaciones y servicios públicos...
—Tengo argumentos de sobra para demostrarte que no es así—rugió B.J.
—Lo sé perfectamente. Me dirás que el capital no es nuestro. Que somos unos simples albaceas. Pero administramos todo ese capital, decidimos cómo hay que invertirlo y nadie nos pone reparos.
—Nos estamos apartando del tema—terció Lane, inquieto.
—Yo no me había propuesto hurgar en un avispero —dijo Appleton.
—Pues lo conseguiste—le dijo Frost, entre dientes—. No sé lo que te traes entre manos, Marcus, pero jamás hiciste nada en tu vida sin un plan preconcebido.
—Según creo, Marcus se limitó a pedir colaboración —dijo Lane, conciliador—. En cuanto a mí, estoy dispuesto a ofrecérsela.
—Pues yo no—dijo Frost—. No quiero colaborar con un hombre que ha venido aquí con el deliberado propósito de denunciarme por hacer algo que ya se hacía en esta casa mucho antes de que yo ocupase mi puesto, y que además se hacía, como yo lo he hecho, con un discreto sigilo...
—Pero no me gusta, Dan—insistió B.J.
—Ya sabía que no te gustaría—repuso Frost—. Tú eres—perdóname la expresión—nuestra figura decorativa, y no estaba en mi deseo ponerte en situaciones violentas...
—¿Y tú, lo sabías?—preguntó B.J. a Lane.
El interpelado asintió.
—Sí, el departamento de Finanzas tenía que proporcionar los fondos. Y Marcus lo sabía, porque su obligación es saberlo todo. Pero esto había quedado entre los tres. Lo siento de veras.
—Más tarde hablaré con vosotros tres acerca de eso —dijo B.J.—. Sigo siendo de la opinión de que siempre debemos actuar abiertamente y sin tapujos. Somos los depositarios de algo sagrado, que esta organización ha conservado durante muchísimo tiempo honrándolo y reverenciándolo. Llegará un día en que tendremos que presentar cuentas a todos aquellos que esperan al día que nos hemos fijado como objetivo. Y cuando llegué ese día, yo quisiera que pudiésemos abrir no sólo nuestros libros ante el mundo, sino nuestros corazones...
B.J. había iniciado uno de sus temas predilectos. Tenía cuerda para horas, si se lo proponía. Y se lo propuso.
Frost miró de reojo a Appleton. Este se hallaba agazapado en su silla, muy tenso y con un rictus de disgusto en la boca.
De modo que te salió el tiro por la culata, pensó Frost. Las cosas no han salido como tú pensabas. Viniste aquí hecho un gallo de pelea, me soltaste tu andanada y el tiro te falló. Me gustaría saber lo que había detrás de eso, por qué has tratado de echarme la zancadilla.
La verdad era que nunca había existido animadversión entre él y Marcus. Eso no quería decir que fuesen amigos, porque Marcus Appleton no tenía amigos. Pero, si no amigos, eran al menos colegas, y se respetaban mutuamente.
Debe de ocurrir algo, se dijo, algo que no salta a la vista y que le había pasado desapercibido. Porque, si nada ocurría, ¿con qué propósito Appleton había tratado de hundirlo?
Volvió a escuchar las palabras de B.J.
—Y por esta razón afirmo que debemos apelar a todos nuestros medios para localizar el paradero de Mona Campbell. Es posible que ella tenga algo que necesitamos mucho, algo que nos ha hecho falta durante todos estos años.
Se interrumpió y paseó una mirada inquisitiva por los reunidos Nadie dijo esta boca es mía.
B.J. volvió a golpear la mesa con el lápiz.
—Esto es todo—dijo para concluir.
5
—Pues verá usted, así es—dijo la anciana menudita al dueño de la funeraria—. Ambos nos estamos haciendo viejos. No es como cuando teníamos muchos años por delante. A pesar de todo, tenemos una buena salud.
El anciano caballero golpeó el suelo con el bastón y sonrió satisfecho.
—Usted lo ha dicho—observó—. Nuestra salud es incluso demasiado buena. No me extrañaría que aún pudiésemos vivir otros veinte años.
Y además gozamos de la vida—añadió la viejecita—. James se ha pasado toda la vida trabajando, y hemos conseguido reunir algunos ahorrillos. Y ahora que ya está jubilado, nos dedicamos a descansar, a vivir tranquilamente, a charlar y a ir de visitas. Pero nuestra situación económica cada día es peor. Nos estamos comiendo lo poco que habíamos ahorrado y terminaremos por quedarnos sin blanca.
—Es una locura —manifestó el anciano caballero—. Si nos ponemos en hibernación, el capital restante irá acumulando intereses.
La viejecita asintió enérgicamente con la cabeza.
—Eso es, acumulando intereses —dijo—, en vez de estar los dos aquí sentados, comiéndonos nuestro capital.
El dueño de la funeraria se frotó sus fláccidas manos.
—Lo comprendo perfectamente—dijo—. No tiene por qué sentir embarazo. Todos los días recibo visitas de personas que se enfrentan con este mismo problema.
6
Desde la ventana de su oficina, instalada en el último piso del Centro de Hibernación, Frost contemplaba la tapicería que era el viejo Nueva York. El Hudson era una cinta de plata, que brillaba herida por el sol matinal, y la isla de Manhattan era un mosaico de colores pálidos.
¡Cuántas veces había permanecido de pie ante esta misma ventana para mirar al exterior y contemplar el mundo que se extendía a sus pies, enmarcado por la neblina azulada de la distancia y el agua, como algo simbólico... un atisbo al pasado de la humanidad desde el ventajoso observatorio del futuro!
Pero en este día el simbolismo era inexistente. No había nada más que la obsesionante pregunta y la preocupación que le martilleaba el cerebro.
No había duda de que Appleton había tratado de comprometerle deliberadamente, y aunque esto ya era de por sí para asustarse, el quid de toda la cuestión consistía en saber por qué Marcus lo había considerado necesario. ¿Había actuado Appleton por su cuenta, o al servicio de otros intereses, quizá más complejos?
La explicación normal seria la de intrigas de oficina. Pero Frost, durante todos aquellos años, había evitado cuidadosamente verse envuelto en aquella clase de intrigas. Alguien le envidiaba su puesto... quizá se lo envidiaba más de uno. Pero ninguno de ellos, estaba casi seguro, podía haber tramado la acción de Appleton.
Y esto sólo dejaba una posibilidad: la de que alguien le temía, porque él sabía o sospechaba algo que podía ser perjudicial, si no al Centro de Hibernación, por lo menos a algunos de sus jefes.
En realidad, esta idea era ridícula. El cumplía su obligación y sólo se ocupaba de sus propios asuntos. Únicamente le consultaban acerca de cuestiones relacionadas con su departamento. No se metía en la política del Centro, más de lo que se lo exigía su cargo.
Siempre se había ocupado de sus propios asuntos, pero aquella mañana, sin embargo, había transgredido la norma que él mismo se había impuesto, al decir a B. J. que consideraba absurdo pretender fingir que el Centro no gobernaba al mundo. Esto era una verdad como un templo, desde luego, pero no debiera haberlo dicho. Hubiera debido mantener la boca cerrada. ¿Qué necesidad tenía de decirlo? Lo único que le disculpaba era que Appleton le había hecho perder los estribos, y se dejó llevar por la cólera, dando al traste con la prudencia.
Lo que había dicho Appleton era la pura verdad. Efectivamente, existía una red de espionaje, pero era un sistema que él había heredado y cuyas finalidades eran bastante pequeñas y limitadas. Appleton, tratando de echar agua a su molino, había exagerado enormemente su importancia.
Frost se apartó de la ventana y volvió a la mesa de su despacho. Después de sentarse, tendió la mano hacia el montón de papeles que Miss Beale le había preparado. Encima del montón estaba, como de costumbre, el informe diario sobre las estadísticas de vida.
Lo tomó para echarle una ojeada.
Debajo de la fecha, 15 de junio de 2148, venían dos líneas de cifras:
Vacantes: 96.674.321.458.
Viables: 47.128.932.076.
Sin dirigir apenas una mirada a la hoja, la estrujó con un puño y la tiró al cesto de los papeles. Luego examinó el segundo documento de la pila.
Oyó un ruido en la puerta de la oficina exterior y levantó la mirada. Miss Beale había llegado.
—Discúlpeme, Mr. Frost —dijo ella—. Como usted aún no había llegado, me tomé la libertad de leer el periódico de la mañana, y después olvidé dejárselo en su mesa.
—No importa—dijo él—. ¿Hay alguna novedad?
—Publica la nota sobre la expedición oygniana. Lo han publicado tal como se lo entregamos. Lo encontrará usted en tercera página.
—¿No en la primera?—preguntó Frost.
—No. La primera está ocupada por el caso Chapman.
—¿El caso Chapman?
—Sí, el de ese hombre cuyo vehículo de rescate se averió.
—Ah, eso. Hace días que es noticia.
—Ayer lo sentenciaron. Lo dieron por televisión.
—Pues no lo vi. Anoche no la puse.
—Fue muy dramático—dijo Miss Beale—. Tiene mujer e hijos y ahora no podrá pasar con ellos a segunda vida. ¡Pobre gente!
—Transgredió la ley—observó Frost—. Dejó de cumplir un deber normal y sencillo. Las vidas de todos nosotros dependen de hombres como él.
—Eso es verdad —admitió Miss Beale—. De todos modos, lo sucedido me da pena. Es espantoso. Ser uno entre millones de personas condenado a la muerte eterna, a perder la segunda vida...
—No es el primero—le recordó Frost— ni será el último.
Su secretaria dejó el periódico en un ángulo de la mesa.
—He oído decir —comentó— que ha pasado usted un mal rato en la reunión de esta mañana.
El asintió ceñudo y en silencio.
Hasta su secretaria se había enterado. La noticia de lo que había sucedido se había filtrado ya fuera de la sala de juntas y se esparcía como un reguero de pólvora por toda la empresa.
—Espero que no se haya disgustado mucho—dijo ella.
—No mucho—contestó Frost.
Ella se volvió en dirección a la puerta, pero él la llamó:
—Miss Beale.
Ella se volvió.
—Esta tarde saldré —le dijo—. ¿Tenía algo en la agenda?
—Un par de visitas. Pero no son importantes. Las cancelaré.
—Muchas gracias—dijo Frost.
—Es posible que nos envíen un dossier confidencial.
—Guárdelo en la caja fuerte.
—Pero eso no les gusta...
—¡Lo sé! Quieren que lo examine en seguida y...
¡Esto era! musitó.
Esta era la explicación de la extraña conducta de Appleton.
¡Qué extraño que no se le hubiese ocurrido!
—¿Ocurre algo, Mr. Frost?
—No, nada. Si nos envían un dossier confidencial, usted guárdelo en la caja fuerte. Mañana me ocuparé de él.
—Como usted diga—repuso ella con cierta rigidez, sin ocultar su desaprobación.
Después de estas palabras, dio media vuelta y salió a la oficina exterior.
Frost permaneció hundido en su butaca, pensando en aquel día de hacía tres meses en que el botones le trajo, en vez de su propio dossier confidencial, el que tenía que haber llevado a Peter Lane. Recordó que él lo había abierto sin fijarse en el nombre.
Cuando lo vio, se lo llevó a Lane personalmente para explicarle lo sucedido, y pareció que la cosa no tenía mayor importancia. El botones fue despedido, por supuesto, pero el asunto no pasó de ahí. El muchacho había cometido un error imperdonable, y se tenía merecido que lo pusiesen de patitas en la calle. Pero entre él y Lane pareció que el asunto quedaba olvidado.
Pero, en realidad, no quedó olvidado, a causa del papelito extraviado, la hoja que se deslizó fuera del sobre cuando él lo abrió y que, al regresar, encontró en el suelo Junto a su mesa.
Recordaba que se quedó con el papel en la mano, pensando que debía llevárselo también a Lane. Pero esto hubiera requerido una nueva explicación, que ya hubiera resultado embarazosa, y por otra parte el papelito en cuestión no parecía tener mucha importancia. Lo cual podía decirse también, reflexionó, acerca de la mitad de los documentos que iban de arriba abajo en los dossiers confidenciales.
Un empleado que ya había caído en el olvido, lleno de prosopopeya y, sin duda, lector de novelas de espionaje, inventó aquel sistema hacía muchos años, y después se mantuvo, como una más entre tantas cochambrosas tradiciones injertadas en la rutina oficinesca. Algunos de aquellos documentos, por supuesto, eran de carácter confidencial o semiconfidencial, pero los restantes se referían a simples asuntos de trámite que no necesitaban en absoluto tanto secreto.
Y así, para evitar el embarazo de otra explicación, se limitó a meter el papelito en un cajón de su mesa y se olvidó por completo de él, diciéndose que si no tenía más valor que el que aparentaba, nadie lo echaría de menos.
Pero entonces le parecía que su decisión fue equivocada.
Y si lo que había hecho Appleton aquella mañana tenía relación con el documento extraviado, eso querría decir que no sólo Appleton sino Lane se hallaban implicados en el asunto.
Arrugó el entrecejo, esforzándose por recordarlo. Se puso a rebuscar entre papeles. El documento no estaba allí.
¡Si pudiese recordar su contenido! Recordaba vagamente que se refería a algo que debía ponerse en una lista.
Frunció el ceño, haciendo un esfuerzo por acordarse. Pero los detalles permanecían borrosos.
Rebuscó en los restantes cajones, pero el papel no aparecía.
Así lo habían averiguado, se dijo.
¡Alguien le había registrado los cajones y lo había encontrado!
7
El agente hizo un amplio ademán, para indicar la ciénaga en la que, aquí y allá, crecían raquíticos matorrales.
—Son veinte acres—dijo—. Y por el precio que pedimos por ellos, pocas inversiones pueden ser mejores. Les digo, amigos, que no encontrarán nada mejor para colocar su dinero. Dentro de cien años, habrá decuplicado su valor. Y dentro de mil, si pueden esperar hasta entonces, serán ustedes multimillonarios.
—Pero no es más que una ciénaga—observó la mujer—. ¿Quién querrá construir aquí?
—Pero hoy ustedes lo compran—repuso el agente—a tanto el acre. Si lo venden dentro de doscientos años, ya podrán pedir a tanto el palmo. Piense en el número de habitantes que tendrá el planeta para entonces y compare esa cifra con la superficie total habitable, y comprenderá usted lo que quiero decir. Cuando se consiga la inmortalidad y la gente empiece a resucitar...
—Pero el terreno no será un problema —objetó el marido—. Cuando se logre el viaje por el tiempo, muchos regresarán al pasado, a un millón de años atrás, para colonizar la tierra, y cuando allí ya no quepan más, se irán a dos millones de años y...
—Voy a serle sincero —dijo el agente de la inmobiliaria—. Yo de ustedes no me fiaría de eso. Hay más de cuatro que tienen sus dudas acerca de los viajes por el tiempo. El Centro de Hibernación descubrirá la manera de efectuarlos, eso desde luego, y suponiendo que sea posible, pero si es imposible, por más que se esfuercen no lo conseguirán. Y si el viaje por el tiempo resulta una imposibilidad, entonces este terreno valdrá una fortuna. No importa que sea algo cenagoso. La especie humana necesitará hasta el último palmo de terreno que quede en el planeta. Posiblemente llegará un día en que la Tierra no será más que una inmensa ciudad y...
—Pero hay también la astronáutica —interpuso la mujer—. Dicen que hay muchos planetas habitables...
—Señora—repuso el vendedor—. Seamos realistas por un momento. La astronáutica ya existe desde hace más de cien años, y la verdad es que no han encontrado un solo planeta que reúna las mínimas condiciones de habitabilidad. Han encontrado planetas, eso no se lo discuto, pero en ninguno de ellos se podía vivir sin terraformarlos previamente, y, como usted sabe, la terraformación es empresa muy larga y costosa.
—No sé qué decirle—prosiguió la mujer—. Pero esta ciénaga me parece una inversión muy arriesgada.
—Y lo es —terció su marido—. Lo que ocurre es que habíamos pensado adquirir un terreno. Hemos invertido casi todo nuestro dinero en sellos y nos pareció que valdría la pena invertirlo también en alguna otra cosa.
—No es que tengamos muchos—observó la mujer—. Quiero decir dinero.
—¿Me permiten que se lo explique?—dijo el agente, conciliador—. Estoy de acuerdo con ustedes en que los sellos de correos son una buena inversión. ¿Pero cómo pueden demostrar que son suyos? Claro, usted dirá que los tienen en su poder, o que los han depositado en la cámara acorazada de un banco o algo por el estilo, y que luego, cuando ustedes hayan resucitado, irán a buscarlos y probablemente podrán venderlos, ganando dinero encima. Pero tengan en cuenta que hoy todo el mundo invierte en sellos. El mercado puede llegar a estar saturado. Cuando ustedes resuciten, quizás habrá pasado ya la moda de coleccionar sellos, pues las modas vienen y se van. ¿Y si les dan a ustedes mucho menos de lo que esperaban obtener por ellos? ¿Y si ni siquiera pueden venderlos? ¿Y si se han perdido o se han deteriorado, qué harán entonces? Supongan que se los han robado. Aunque conozcan la identidad del ladrón y éste aún los tenga en su poder, ¿cómo podrán demostrar que son suyos? ¿Cómo los recuperarán? No hay manera de demostrar que una colección de sellos pertenece a una persona determinada. ¿Y si se hubiesen echado a perder con el paso del tiempo? Pueden haber sufrido la acción de la humedad, de las bacterias o de una docena más de agentes. ¿Qué les quedaría entonces? Se lo repito, amigos. No tienen ustedes nada. Absolutamente nada.
—Lo que usted dice es cierto—repuso el marido—. A mí, la verdad, nunca se me había ocurrido. Pero en cambio, el terreno seguirá aquí y nosotros poseeremos un título de propiedad.
—Eso mismo —dijo el agente—. Y para protegerlo durante todos esos años, lo único que tienen ustedes que hacer es abrir una cuenta en el Centro de Hibernación y autorizarnos a sacar las cantidades necesarias para pagar los impuestos que no ascenderán a mucho) o para atender a otros gastos necesarios para la preservación del sitio. Les aseguro que es muy sencillo. Todo está previsto...
—Pero—objetó la mujer—si fuese un terreno algo mejor... La verdad, este pantano...
—Señora, le aseguro que eso no tiene la menor importancia—repuso el agente—. ¡Qué más da que sea ciénaga o que deje de serlo! En el futuro, hará falta hasta el último palmo de terreno. Y si no dentro de cien años, será dentro de mil. Y si usted lo desea, pida que no la resuciten hasta dentro de mil años. El Centro de Hibernación lo hará con mucho gusto. De todos modos, necesitarán varios cientos de años para empezar a resucitar a la gente.
8
Los sellos eran de la Confederación Helvética. Esto, en lenguaje cifrado, significaba el banco de costumbre en el parque de Manhattan. La hora, escrita con lápiz en la cartulina, era la 1,30.
Joe Gibbons ya estaba alli esperándole cuando Frost llegó a toda prisa por el sendero.
—Llegas con cierto retraso—observó Gibbons.
—Tenía que asegurarme de que no me seguían—repuso Frost.
—¿Quién querías que te siguiese? Eso nunca te había preocupado.
—Es que en la oficina ha pasado algo.
—¿Acaso Marcus está enfadado contigo? ¿Teme que socaves su autoridad?
—No digas ridiculeces—dijo Frost.
—Sí, es una ridiculez. Pero con un tipo como Marcus, uno nunca sabe a qué atenerse.
Frost se sentó en el banco al lado de Gibbons.
Una ardilla apareció tímidamente en el sendero. Sobre sus cabezas, un pájaro emitía una larga nota líquida. Elcielo era de un azul bruñido y había una gran quietud en el pequeño parque, una especie de quietud perezosa.
—Se está muy bien—dijo Frost—. La gente tendría que salir con más frecuencia. Pasar medio dia fuera de casa, sin nada en la cabeza.
Gibbons dijo:
—Tengo algo que decirte y no sé cómo empezar.
Tenía la expresión de quien tiene que realizar un cometido desagradable y tiene prisa por terminarlo.
—Lo que voy a decirte ya ha ocurrido antes—dijo— pero yo nunca te lo mencioné. Sabía que no lo aceptarías; que lo rechazarías...
—¿Que lo rechazaría?
—Dan—dijo Gibbons muy serio—. Tengo una proposición que hacerte.
Frost meneó la cabeza, sorprendido.
—No me digas.
Gibbons prosiguió:
—Pues esto tengo que decírtelo. Es algo que tienes que decidir por ti mismo. Se trata de algo tan gordo, que yo no puedo hacerlo por ti. Los otros intentos de soborno, pude rechazarlos por mí mismo, diciéndoles que tú no te vendes. Pero con esto no puedo. Ofrecen un cuarto de millón.
Frost no dijo nada, ni se movió. Le pareció de pronto que se había petrificado, y únicamente oía resonar en su cerebro las estridentes sirenas de alarma.
—No sé—consiguió articular finalmente, pero sólo pronunció estas palabras para acallar el tumulto que resonaba en su cráneo, para ordenar sus pensamientos y planear alguna clase de acción.
—Es legítimo—observó Gibbons—. Yo puedo ocuparme de ello. Es dinero contante y sonante. Nada de cheques. No constará en ninguna parte. Nada. Yo puedo ocuparme de todo, excepto del cobro. Eso tienes que hacerlo tú.
—Y así quedaré bien comprometido—dijo Frost.
—Efectivamente—dijo Gibbons—. Pero, vamos, hombre de Dios, es lo menos que se merecen por su cuarto de millón. Y ten en cuenta además que jamás querrían confiarme ese asunto. Y tú estarías loco si lo hicieses. En cuanto tuviese esa suma, saldría por pies. Lo siento, pero no podría evitarlo.
—¿Pero no cobrarías comisión?
Gibbons soltó una risita:
—Ni cinco. Todo sería para ti, hasta el último céntimo Lo único que yo cobro son diez mil si consigo convencerte
—Nunca conseguiríamos hacerlo—dijo Frost, con gesto hosco.
—Lo siento, Dan. Tenia que decírtelo. Volveré y les diré que no. Aunque los diez mil del ala me hacían mucha ilusión. . .
—Joe —dijo Frost, impulsivamente—, tú has trabajado mucho tiempo conmigo. Somos amigos
Se interrumpió. No sabía exactamente que; se proponía decir. De nada serviría. Porque si Marcus Appleton había conseguido utilizar a Joe Gibbons, entonces él nada podía hacer.
—Sí, claro, somos amigos—dijo Gibbons—. Yo esperaba que tú lo entendieses. Pero discrepo de ti en un punto: lo conseguiríamos. Para un tipo como yo, eso no sería problema. En tu caso, tal vez fuese un poco más
Frost asintió.
—Habría que invertir ese dinero, y después solicitar la muerte.
—¡No, no! —protestó Gibbons—. Nada de solicitar la muerte. Sospecharían algo si lo hicieses. Más bien habría que prepararla, para hacer que pareciese completamente natural. Dame otros diez mil de tu parte, y yo te lo arreglaré todo. Es la tarifa actual. Limpio y sencillo. Y la inversión, por supuesto, no podría efectuarse en acciones del Centro, sino en algo que pudieses guardar... tal vez una colección de cuadros.
—Tienes que darme tiempo—dijo Frost.
Necesitaba tiempo para pensarlo y para saber lo que tenía que hacer.
—Y si no solicitases la muerte dijo Gibbons—, podrías tratar de engañarlos. Has evitado muchos; podrías decir que esto no lo descubriste a tiempo. Es imposible estar en todo. Tú no eres perfecto.
—Este tiene que ser algo excepcional—comentó Frost—, para ofrecerme un cuarto de millón de dólares por hacer la vista gorda.
—No quiero engañarte, Dan—dijo Gibbons—. Este sería dinamita pura. Se vendería como agua. Planean siete millones de ejemplares para la primera edición.
—Parece que estás muy enterado.
—Les tiré de la lengua—repuso Gibbons—. No me gusta andar a ciegas. Y tuvieron que confiarse conmigo, porque yo era el único que podía llegar a ti.
—A lo que parece, estás metido en eso hasta el
cuello.
—Así parece—asintió Gibbons—. Te voy a ser franco. Hace un momento te dije que podría volver a decirles que no. Pero eso de nada serviría. Si tú dices que no, yo no volveré a verles. Me iré de aquí y empezaré a viajar. Y cuanto más de prisa, mejor.
—Tendrás que salir pitando—remachó Frost.
—Eso es, tendré que salir pitando.
Ambos permanecieron un rato en silencio. La ardilla se sentó y se puso a mirarlos con sus ojillos que parecían dos cuentas, mientras sus patitas delanteras permanecían inmóviles.
—Cuéntame de qué se trata, Joe—dijo Frost, rompiendo el silencio.
—Es un libro—repuso Gibbons—que afirma que el Centro de Hibernación es un fraude, y que todo lo que éste asegura es falso: no es posible una segunda vida, ni jamás lo fue. Fue algo que se inventó hace doscientos años para poner fin a la guerra...
—¡Espera! —exclamó Frost—. No pueden...
—Sí pueden—repuso Gibbons—. Podrías evitar que apareciese, desde luego, si tuvieses los datos necesarios. Se podrían ejercer ciertas presiones y...
_ ¡Lo que yo quiero decir es que esto no puede ser cierto!
—¿Y qué importa que lo sea o no lo sea?—preguntó Gibbons—. Cierto o no cierto, la gente lo leería. Alcanzaría a la gente en lo más sensible. No es un vulgar libelo Su autor enfoca las cosas científicamente. El libro es fruto de una detallada investigación. Esgrime buenos argumentos. Es una obra documentada. Tal vez su tesis sea falsa, pero no lo parece. Cualquier editor daría su brazo derecho por publicar este libro.
—O un cuarto de millón.
—Exactamente. O un cuarto de millón.
—Ahora aún podemos evitarlo —dijo Frost—, pero cuando esté en las librerías, ya nada podremos hacer. Ni nos atreveríamos. No puedo dejar pasar un libro así. No me atrevo. No sobreviviría a mi fracaso.
—Podrías arreglar las cosas de tal manera—le recordó Gibbons—que no tuvieses necesidad de sobrevivir.
—Aún así —dijo Frost—podrían ejercer una acción retroactiva. Por ejemplo, dejar dicho que se olvidase de determinado individuo cuando llegase el momento de su resurrección.
—No harían eso —repuso Gibbons—. El rencor no dura tanto tiempo. Pero si temes que esto ocurra, yo podría ir y tratar de reivindicarte, diciendo que yo conocía la existencia del libro pero que te quitaron de en medio antes de que yo pudiese darte el soplo.
—También te lo cobrarías, desde luego.
—Dan—dijo Gibbons con tristeza—, hace un momento dijiste que éramos amigos. Ahora dices que me lo cobraría. Vamos, esa manera de hablar no es propia de un amigo. Lo haría por amistad.
—Otra cosa—dijo Frost—. ¿Quién es el editor?
—Eso no puedo decírtelo.
—¿Cómo quieres que...?
—Mira, Dan, piénsatelo. No me contestes con un no, ahora. Tómate veinticuatro horas para pensarlo. Y cuando hayas llegado a una decisión, nos encontraremos de nuevo para hablar de ello.
Frost movió negativamente la cabeza.
—No necesito veinticuatro horas. En realidad no necesito tiempo.
Gibbons le dirigió una mirada vidriosa y Frost vio que, por primera vez, el otro perdía su aplomo.
—Entonces, ya iré a verte yo. Tal vez cambies de opinión. ¡Es un cuarto de millón, hombre! Podrías resolver todos tus problemas.
—No puedo arriesgarme —dijo Frost—. Tal vez tú puedas, pero yo, no.
Y la verdad es que no podía, dijo para sus adentros.
El tumulto ensordecedor había dejado de resonar en su cerebro, siendo sustituido por una frialdad aún peor que el tumulto... la frialdad de la razón y el miedo.
—Díselo a Marcus —murmuró, para interrumpirse vacilante—. No, no se lo digas. Ya lo descubrirá por sí mismo Ya puedes prepararte, Joe; si alguna vez te atrapa....
—¿Pero de qué estás hablando, Dan? —gritó Gibbons—. ¿Qué pretendes insinuar?
—Nada—repuso Frost—. Absolutamente nada. Pero yo, en tu lugar, ya empezaría a darle a los pies.
9
Atisbando por la puerta entreabierta, Nicholas Knight vio como el hombre entraba furtivamente en la iglesia, casi con miedo, sujetando fuertemente el sombrero entre sus manos y apretándolo contra el pecho.
Knight, que estaba sentado ante su mesa, con la pequeña lámpara de pie muy baja, observaba fascinado.
Se veía a la legua que el intruso no estaba acostumbrado a ir a la iglesia y que se sentía inseguro. Avanzaba vacilante y en silencio por el pasillo central, dirigiendo miradas furtivas a su alrededor, como si temiese que de algún rincón oscuro saltase hacia él una forma desconocida y horrenda.
Pero con todo, mostraba una actitud de reverencia, como si acudiese allí en busca de refugio y consuelo. Y esto, en sí mismo, ya era de lo más insólito, porque en aquellos días eran muy pocos los hombres que entraban en el templo con gesto reverente. Entraban con despreocupación o mostrando un aplomo y una tranquilidad con lo que parecían decir que allí no había nada que necesitasen, que se limitaban únicamente a rendir homenaje con un gesto vacío a algo que se había convertido en un acto rutinario, y que apenas pasaba de ser nada más. Mientras observaba al intruso, Knight sintió que en lo más profundo de su ser se agitaba algo, y que en su alma brotaba un sentimiento que ya creía olvidado... un sentimiento de fraternidad, de bendición, de finalidad y deber y de compasión pastoral.
De compasión pastoral, pensó. ¿Qué necesidad había de ella en un mundo como aquel? Había experimentado aquel sentimiento por primera vez muchos años atrás, cuando aún se hallaba en el seminario, pero no había vuelto a sentirlo jamás... porque no había habido lugar para sentirlo ni necesidad de aplicarlo.
Se levantó en silencio de su silla para dirigirse lentamente a la puerta que comunicaba la sacristía con la iglesia.
El desconocido había llegado casi al fondo de la nave vacía y entonces se apartó a un lado y se sentó cuidadosamente en un banco. Seguía apretando fuertemente el sombrero contra su pecho y se sentó en el mismo borde del banco, muy rígido y derecho. Miraba fijamente ante sí y la vacilante luz de las velas del altar hacían bailotear diminutas sombras en su rostro.
Durante varios minutos permaneció allí sentado, en la más completa inmovilidad. Ni siquiera parecía respirar. Y Knight, incluso desde el umbral de la sacristía, creyó que podía sentir la tensión dolorosa que dominaba a aquel cuerpo envarado.
Después de permanecer un buen rato en su incómoda postura, el hombre se puso en pie e inició el regreso por el pasillo central con el sombrero aún fuertemente sujeto contra el pecho, para salir de la iglesia exactamente como había entrado en ella. En ningún instante Knight había percibido el menor cambio de expresión en aquel semblante petrificado, y el cuerpo seguía tan rígido y derecho, tan inflexible como antes.
Era un hombre que había entrado en la casa del Señor buscando algo, no lo había encontrado y ahora se iba, sabiendo tal vez que nunca lo encontraría.
Knight terminó de cruzar la puerta y se encaminó en silencio a la entrada. Pero se dio cuenta de que el visitante llegaría a la puerta y saldría antes de que él pudiera interceptarlo.
Así es que le llamó quedamente:
—Amigo mío...
El hombre dio un respingo y el temor se pintó en su
rostro.
—Amigo mío—repitió Knight—. ¿Puedo hacer algo por usted?
El hombre masculló unas palabras ininteligibles, pero se detuvo. Knight se acercó a él.
—Acaso usted necesita ayuda —dijo—, y yo estoy aquí para ofrecérsela.
—No sé...—repuso el hombre—. Vi la puerta abierta, y entré.
—Esta puerta nunca está cerrada para nadie.
—Pensé que... —dijo el desconocido—. Supuse que acaso...
Se quedó sin palabras y permaneció con aspecto alelado y estúpido.
—Es bueno que haya venido—dijo Knight—. Todos debemos tener fe.
—Creo que de eso se trata—dijo el hombre—. Yo no tengo fe. ¿Cómo se consigue la fe? ¿En qué se puede tener un poco de fe?
—En la vida eterna —le contestó Knight—. Todos debemos tener fe en ella. Y en muchas otras cosas, además.
El hombre se echó a reír... soltó una carcajada ronca, viciosa, brutal.
—¡Pero si eso ya lo tenemos! Me refiero a la vida eterna. ¿Qué falta nos hace la fe?
—No es esa la vida eterna —repuso Knight—. Llamémosla, si quiere, vida continuada. Más allá de esa vida continuada hay otra vida, una vida distinta, una vida mejor.
Buenos días, Pastor, y gracias por
El hombre levantó la cabeza y sus ojos se hicieron duros, como dos puntitos de fuego.
—¿Usted cree en eso, Pastor? Porque supongo que usted es el Pastor, ¿no es eso?
—Sí, yo soy el Pastor. Y sí, creo en eso.
—¿Entonces, qué sentido tiene todo esto... esta continuación? ¿No sería mejor...?
Knight hizo un gesto negativo.
—No lo sé—dijo—ni pretendo saberlo. Pero no soy capaz de poner en duda las intenciones del Señor al permitirlo.
—¿Pero, por qué Él lo permite?
—Quizá porque quiere concedernos una vida más larga, para que nos hallemos más preparados cuando llegue la hora de morir.
—Ahora hablan—dijo el hombre—de vida eterna, de inmortalidad, de muerte de la muerte. ¿Entonces, de que va a servirnos Dios? No necesitaremos la otra vida, porque ya la tendremos.
—Sí—dijo Knight—, es posible que así sea. Pero nos habremos engañado. Y la inmortalidad que pregonan tal vez no sea lo que ansiamos. Acaso llegaremos a cansarnos de ella.
—¿Y usted, Pastor? ¿Y usted, qué?
—¿Y yo, qué? No le entiendo.
—¿Cuál de estas otras vidas escoge? ¿Ya tiene reservada su cápsula de hibernación?
—Hombre... yo... verá...
—Ya —repuso el visitante—. Con esto me basta. Buenos días, Pastor y gracias por su oferta de ayuda.
10
Frost subió cansadamente la escalera y entró en su apartamento. Cerró la puerta tras él y colgó su sombrero de la percha. Después se dejó caer en un sofá viejo y desvencijado y paseó la mirada por la habitación
Y por primera vez en su vida, le saltaron a la vista la pobreza y la miseria de su vivienda.
En un rincón tenía la cama y en otro una pequeña estufa y una alacena para guardar sus provisiones. Una alfombra deshilachada que mostraba algunos agujeros, hacía un desesperado intento por cubrir la desnudez del piso. Al pie de la única ventana había una mesita donde él comía o escribía. El mobiliario se completaba con unas cuantas sillas, una cómoda mediana y un armarito en el que guardaba sus ropas. No había nada más.
Así es como se vive hora, pensó. No sólo yo, sino miles de millones. Y no porque queramos o nos guste, sino porque hemos aceptado voluntariamente esta mísera existencia, esta escuálida pobreza, como pago anticipado para una segunda vida... acaso como premio para la inmortalidad.
Permaneció sentado y sumido en la amargura, medio entontecido de amargura y dolor.
Un cuarto de millón de dólares, pensó, y he tenido que rechazarlo. No porque fuese incapaz de aceptarlos, tuvo que admitir, ni porque fuese insobornable, sino por miedo. Miedo a que todo no fuese más que una celada tendida por Marcus Appleton.
Joe Gibbons era amigo suyo y un colaborador fiel, pero la amistad de Joe también podía comprarse. Todo dependía del precio. Cualquier hombre puede comprarse, se dijo, con el amargo sabor de la verdad en su boca. No hay un solo hombre en el mundo que no esté en venta.
Y esto era así a causa del precio que todos tenían que pagar por aquella segunda vida, por las estrecheces, las economías y la miseria que eran el precio que había que abonar por aquella segunda vida.
Aquello había empezado casi dos siglos antes... en 1964. Su creador fue un hombre llamado Ettinger. ¿Por qué, se preguntó Ettinger, tenía el hombre que morir? ¿Por qué tenía que morir de cáncer, por ejemplo, si dentro de diez años se descubriría tal vez la cura de la terrible enfermedad? ¿Por qué morir de vejez, si ésta no era más que un achaque que dentro de un siglo acaso habría desaparecido?
Esto era ridículo, se decía Ettinger. Era una lástima, un despilfarro y una estafa. No había necesidad de morir. La muerte podía vencerse.
Antes que él, esta posibilidad ya se había debatido, pero fue Ettinger quien, resueltamente, decidió poner manos a la obra.
Desarrollemos una técnica, se dijo, que nos permita congelar a los que mueren, para conservarlos así hasta el día en que las enfermedades que causaron su muerte tengan solución médica. Llegado este momento, resucitar a los muertos, borrar los estragos de la vejez, extirpar el maligno cáncer, reparar el corazón debilitado y permitirnos a todos vivir una segunda vida.
Esta idea se fue abriendo paso lentamente, la mayoría le hicieron caso omiso v sólo unos cuantos aceptaron, se rieron de ella en televisión y fue tratada con prudencia por escritores que no querían pasar por fanáticos.
Sólo muy lentamente fue aceptada, pero se fue difundiendo. Se fue difundiendo cada vez más, gracias a los pocos que creían en ella, que trabajaban día y noche para efectuar las investigaciones necesarias, para crear la tecnología que hacía falta, para levantar las instalaciones y perfeccionar la organización que daría coherencia al proyecto.
Fueron pasando los años y la idea arraigó en las conciencias... la idea de que la muerte podía vencerse, de que la muerte no era el final y de que era posible una segunda vida no sólo espiritual sino también física. Y que esa vida estaba a la disposición de todos, ya no era una jugada arriesgada y de final incierto, sino una proposición comercial con las mayores probabilidades de éxito.
Sin embargo, nadie se atrevía a manifestar públicamente que quería aprovecharse de la idea, porque para el público en general ésta seguía siendo descabellada. Pero con el paso de los años aumentó el número de los que firmaban contratos a la chita callando, y que cuando morían eran congelados y depositados en cápsulas en espera del día en que pudiese hacérseles revivir
Y cada uno de los que eran congelados dejaba como albacea de sus bienes a la organización edificada tan trabajosamente a partir de la nada, y que administraba e invertía el magro capital o la fortuna que sus beneficiarios habían amasado durante toda su vida, para devolvérsela junto con los intereses acumulados el día de su resurrección.
El Congreso efectuó una encuesta en Washington, sin obtener ningún resultado positivo, y en la Cámara de los Comunes inglesa un diputado hizo una pregunta, sin que tampoco se sacara nada en claro. El movimiento seguía considerándose una chifladura, pero tenía la virtud de su discreción. No era un movimiento vocinglero, ni trataba de imponerse por la fuerza a la conciencia del público, y sus adeptos no pretendían hacer una cruzada. Y a pesar de que cada vez se hablaba más de él en privado y el público le prestaba mayor atención, las autoridades no se interesaban por él, posiblemente porque no sabían qué actitud adoptar. O quizá también porque, como la antigua controversia sobre los OVNIS, era un asunto demasiado delicado para tomar partido a favor o en contra de el.
Es imposible decir cuando esto sucedió, ni cómo sucedió, o cuál fue la causa que lo hizo evidente... pero llegó un día en que ya no pudo ocultarse más que el pequeño movimiento nacido en 1964, y que ya se llamaba a sí mismo Centro de Hibernación, se había convertido en la empresa más colosal que habían visto los siglos.
Colosal por muchos conceptos. En primer lugar, por el modo como había cautivado la imaginación de las gentes, que en su casi totalidad creían ahora no sólo en lo que anunciaba su programa, sino en su capacidad para realizarlo. En segundo lugar, por el refrendo dado a este programa por el público, consistente en millones de cuerpos congelados que esperaban el día de su reanimación. Y, lo que quizás aún era más colosal, por su fabuloso poderío económico.
La verdad era que aquellos millones de seres humanos cuyos cuerpos permanecían congelados habían dejado sus bienes en depósito al Centro de Hibernación. Y un día el mundo se despertó para encontrarse que el Centro era el mayor accionista del planeta y que en muchos casos había asumido el control de enormes complejos industriales.
Y fue entonces, cuando ya era demasiado tarde, cuando los gobiernos (todos sin excepción) se dieron cuenta de que se hallaban impotentes ante el Centro de Hibernación, y que ya no podían hacer absolutamente nada para evitar su monstruosa pujanza. Porque efectuar una investigación, ponerle cortapisas o trabas de cualquier clase hubiera sido no sólo una lucha desigual contra una organización poderosísima, sino algo muy mal visto por el público, que estaba totalmente de su parte.
Así es que nada se hizo y el poder y la invulnerabilidad del Centro de Hibemación se centuplicaron. Y hoy día, pensó Frost, era el verdadero gobierno del Planeta, su respaldo económico y su única esperanza.
Pero una esperanza por la que se había pagado un precio altísimo... una esperanza que había convertido en una legión de tacaños y de avaros a los habitantes de la Tierra.
El pasó sin su botella de leche—una botella de leche que deseaba, que su organismo le exigía— al tomar su magra colación, consistente en dos escuálidos bocadillos que llevaba en una bolsa de papel. Y esto había sido porque todas las semanas tenía que invertir una buena parte de su sueldo en acciones del Centro, para que durante los largos años en que su cuerpo permanecería muerto y helado, el capital se multiplicase y le rindiese saneados intereses y dividendos. A causa de ello vivía en aquella mísera habitación, ingería comistrajos y renunció a casarse.
Pero su fondo para la resurrección y la segunda vida aumentaba semana tras semana, y toda su existencia giraba alrededor de la libreta de crédito donde figuraban las cifras de sus acciones.
Y aquella tarde, se dijo, había estado a punto de vender al Centro de Hibernación y la posición que en él ocupaba por un cuarto de millón de dólares... una suma mayor que cualquier cantidad que él esperase reunir en toda su primera vida. Se había mostrado dispuesto, incluso deseoso, a aceptar ese dinero para buscar después deliberadamente la muerte, si necesario fuese.
Lo único que le detuvo fue el temor a que se tratase de una trampa.
¿Había sido una trampa?, se preguntó.
Y de haberlo sido, ¿por qué se la habían tendido? ¿Por qué razón Marcus Appleton se había convertido en su enemigo?
¿Por el documento extraviado? Y, de ser así, ¿por qué era tan importante aquel papel... tan importante que se hacia necesario desacreditarlo antes de que intentase hacer cualquier uso de él?
Si el documento era importante y resultaba comprometedor, era lógico que ellos esperasen que tarde o temprano él tratase de sacar partido del mismo. Esto es lo que ellos hubieran hecho... lo que haría cualquiera... lo que fuese por sacar un dólar más, por obtener una posición privilegiada que pudiese reportar más dinero.
El guardó el papel en un cajón de su mesa y hoy, cuando lo buscó, no estaba allí. Si ellos habían recuperado el documento, entonces por qué...
Un momento. ¿Había guardado verdaderamente el papel en su mesa? ¿O se lo había metido en el bolsillo?
Se hundió más profundamente en su butaca, esforzándose por recordar. Pero no se acordaba claramente. Tal vez se lo metió en el bolsillo en vez de guardarlo en su cajón. Quizá lo tiró al cesto de los papeles. No estaba seguro.
Si se lo hubiese metido en el bolsillo, quizás aún siguiese allí. Podía seguir aún en el bolsillo de su otro traje, aunque esto era poco probable, porque había limpiado y planchado el traje hacía una semana, para colgarlo después cuidadosamente en el ropero. Al hacer estas operaciones, quitó todo cuanto contenían los bolsillos y lo metió en uno de los cajones de la cómoda para mirarlo después.
En ese caso, quizás aún tenía el papel, guardado en ese cajón.
Y si aún tenía el papel, todavía podía sacar partido de él. Nada le impedía utilizarlo como arma contra Appleton y Lane.
Se levantó trabajosamente y se dirigió a la cómoda. Abrió de un tirón el cajón de arriba y a su vista apareció un puñado de arrugados papeles que había sacado de los bolsillos de su traje.
Los recogió y empezó a desplegarlos, mientras jadeaba ansiosamente.
Un golpe seco sonó en la puerta y él se volvió en actitud defensiva, mientras el miedo le formaba un nudo en el estómago. Nunca llamaba nadie a su puerta. Jamás recibía visitas.
Se metió el puñado de papeles en el bolsillo interior de su chaqueta y cerró el cajón.
Volvieron a llamar, con golpes enérgicos e impacientes.
11
Buenos días, Pastor, había dicho aquel hombre. Buenos días, Pastor, y muchas gracias por ofrecerme su ayuda.
Aquel ser humano asustado e inseguro que había venido en busca de consuelo y seguridad, se había ido sin conseguir seguridad ni consuelo. Aquel hombre había acudido a el, pensaba Nicholas Knight. Era la primera vez que alguien acudía a pedirle ayuda desde hacía muchos muchos años. Y él le había fallado, porque no se la había ofrecido.
—¡Con lo fácil que hubiera sido ofrecérsela! —se dijo Knight. Tan fácil que hubiera sido darle el consuelo y la seguridad que pedía. Para otro Pastor, tal vez, pero no para Nicholas Knight. Porque a éste le faltaban el consuelo y la seguridad.
Permanecía sentado ante su mesa, con la cabeza entre las manos y la lámpara de pie muy baja, formando un pequeño círculo de luz sobre la brillante tabla. Permaneció en esta postura durante lo que le parecieron horas. Y durante todo este tiempo interminable sólo cruzaba su cerebro un solo pensamiento, descarnado e hiriente como una sierra al rojo vivo: le había fallado al único ser humano que acudió a pedirle ayuda.
Le había fallado porque en sí mismo había el mismo vacío que existía en todo el mundo. Profesaba una fe que no sentía. Hablaba de labios afuera de inmortalidad espiritual, pero nunca creyó con suficiente fuerza en ella para rechazar la inmortalidad física que le prometía el Centro de Hibernación.
La iglesia representaba —no aquella iglesia, sino todas las iglesias del mundo, toda la vasta organización eclesiástica—algo que estaba por encima y más allá de los simples tanteos físicos de los hombres ciegos. Aquella iglesia y todas cuantas la habían precedido habían representado un principio espiritual, a veces equivocado, pero eso no importaba ahora, desde tiempos inmemoriales. Desde los mismos comienzos, desde el brujo de la selva, desde los sacrificios humanos en el altar consagrado, la religión siempre había representado algo que el hombre, en su limitación, no podía alcanzar. Había representado el misterio del espíritu, el éxtasis del alma, la luz del intelecto.
Pero ahora ya no, se dijo Nicholas Knight. Una iglesia siempre habían sido los hombres que la formaban. En la actualidad no había hombres con fe, hombres dispuestos a convertirse en mártires, dispuestos a morir si necesario fuese por la fe que sustentaban. En la actualidad la iglesia contemporizaba y pactaba, pues quienes la formaban eran hombres de poca fe.
Si los hombres pudiesen rezar, se dijo. Pero de nada servía la oración, cuando esta no era más que una sarta de palabras rituales. Los hombres rezaban con el corazón, se dijo, no con la boca.
Se agitó inquieto y metió una mano en el bolsillo de su sotana. Sus dedos se cerraron en torno al rosario y lo sacó para extenderlo sobre la mesa.
Las cuentas de madera estaban gastadas y pulidas por muchos años de uso y el crucifijo de metal se veía empañado y enmohecido. Los hombres aún pasaban el rosario, pero no tanto como antes. Pues la antigua iglesia establecida en Roma, acaso la única que aún conservaba restos de su vieja significación, atravesaba malos días. La mayoría de los hombres actuales, si rendían algún tributo a una religión formal, lo hacían a la nueva iglesia que había surgido sobre las cenizas de la antigua religión, y que era como un formal e impersonal recuerdo (y residuo) de aquélla.
Allí se había refugiado la fe, pensó, pasando las cuentas del rosario. Allí se había depositado una fe ciega e irracional, pero aún así, mejor que la ausencia de fe.
El rosario había pertenecido a su familia, a varias generaciones de los suyos, y se contaba una vieja historia acerca del mismo... la historia decía de cómo una vieja abuela, que había vivido hacía muchos cientos de años en una olvidada aldea de la Europa central, se dirigía a la iglesia cuando, de pronto, se puso a llover, y ella corrió a refugiarse en una casita que se alzaba a la vera del camino. Una vez a cubierto, presa de un súbito impulso, extendió el brazo con el rosario fuera de la puerta, ordenando a la lluvia que cesara. Y la lluvia cesó y brilló el sol. Durante el resto de sus días, la anciana mantuvo una fe inquebrantable en el poder del rosario para hacer cesar la lluvia. Sus sucesores conservaron aquella fe, y contaban maravillados la anécdota.
¡Qué fe tan ingenua!, se dijo Knight. Pero qué fe tan formidable, al mismo tiempo.
Si él hubiese tenido tan sólo una porción de la fe que animaba a aquella sencilla aldeana, hubiera podido ayudar a su visitante. Ayudar al único hombre, entre los miles que había conocido, que había estado necesitado de fe.
¿Por qué aquel hombre, entre tantos miles, se hallaba tan necesitado de fe? ¿Qué mecanismo mental, qué impulso espiritual irresistible le había llevado a buscar la fe?
Evocó de nuevo el rostro de aquel hombre... los ojos horrorizados, su cabeza desgreñada, sus pómulos altos y salientes.
El conocía aquel rostro. Quizás fuese el semblante del hombre vacío... una fusión de todas las caras que él había visto.
Pero no era esto; no era exactamente esto. No era el rostro universal del hombre. Era un rostro individual, que él había visto, no hacía mucho tiempo.
De pronto recordó, aguda y claramente; recordó aquella misma cara mirándole desde la primera página del periódico de la mañana.
Aquél, pensó, presa de un súbito terror ante su propia incapacidad, era el hombre que no había podido atender... un hombre al que no le quedaba otra cosa sino la fe, absolutamente nada más en el mundo que la esperanza de la fe.
El hombre que había entrado en su iglesia y había vuelto a salir, tan vacío cuando vino como cuando se fue, o tal vez más, pues entonces incluso la esperanza había perdido, se llamaba Franklin Chapman.
12
Frost abrió la puerta de un tirón, con el cuerpo tenso y dispuesto a enfrentarse con quienquiera que se hallase al otro lado de ella.
Ante él se alzaba una mujer, con aspecto frío y compuesto. La luz macilenta de la única bombilla del rellano hacía brillar su negra cabellera.
—¿Es usted Mr. Frost? —le preguntó.
Frost tragó saliva, asombrado, tal vez un poco aliviado incluso.
—Sí, yo soy—repuso—. Pase, por favor.
Ella atravesó el umbral.
—Espero no molestarle—dijo ella—. Permítame que me presente: me Llamo Ann Harrison y soy abogado.
—Ann Harrison... Encantado de conocerla. ¿No es usted la que...?
—La misma —dijo ella—. Soy la que defendió a Franklin Chapman.
—Vi su fotografía en el periódico. La reconocí en seguida.
—Mr. Frost—dijo ella—, voy a serle franca. Podía haberle telefoneado para pedirle una entrevista, pero como usted hubiera podido negarse a recibirme, por eso me he presentado de improviso, confiando en que usted no me echaría.
—¿Por qué iba a echarla? —repuso Frost—. No tengo ningún motivo para ello. ¿No quiere sentarse?
Ella tomó asiento en la butaca que él había ocupado. Era hermosa, pensó Frost, pero su belleza ocultaba una fortaleza interior, una especie de dureza pulida y brillante como el acero.
—Necesito su ayuda, Mr. Frost—le dijo ella.
El se sentó en una de las desvencijadas sillas, y reflexionó antes de contestar.
—Perdone, pero no la entiendo—dijo.
—Me dijeron que usted era una persona decente, en la que se puede confiar. Me aconsejaron que le visitase.
—¿La aconsejaron? ¿Quiénes la aconsejaron?
Ella denegó con la cabeza.
—Eso no importa. Son cosas que se dicen por la ciudad. ¿Está dispuesto a escucharme?
—Sí—contestó él—, la escucho. Pero no veo en qué puedo serle de ayuda...
—Eso ya lo veremos—dijo ella—. Se trata de Franklin Chapman.
—Usted hizo cuanto pudo por él—observó Frost—. Su caso era desesperado.
—Esta es la cuestión —dijo ella—. Supongo que yo hice lo que pude. Lo único que quiero es que se le haga justicia.
—Es la ley—dijo Frost.
—De acuerdo, y yo tengo que atenerme a ella. O tendría que atenerme. Pero por mi profesión estoy muy capacitada para distinguir entre ley y justicia, y le aseguro que no son lo mismo. Puede no haber justicia en el hecho de negar a un hombre la posibilidad de tener una segunda vida. Si bien es cierto que Chapman, debido a circunstancias que escaparon a su control, llegó con retraso al lugar del fallecimiento, y a consecuencia de ello una mujer perdió la posibilidad de vivir su segunda vida, decretar que Chapman, a causa de ello, también tiene que ser privado de su segunda vida, es un error. Es una nueva versión de la antigua ley de Talión: ojo por ojo, diente por diente. En nuestra calidad de especie inteligente, debiéramos haber superado todo esto. ¿Es que no existe merced? ¿Es que compasión es una palabra vana? ¿Tenemos que volver a la ley de la tribu?
—Vivimos una época de transición—observó Frost—. Estamos abandonando nuestro viejo estilo de vida para adoptar una nueva condición. Las antiguas reglas ya no son válidas pero aún es demasiado pronto para aplicar otras nuevas. Hemos tenido que improvisar reglas que nos permitan salvar este período de transición. Y estas reglas tenían que asegurar una cosa por encima de todas, a saber: que las nuevas generaciones velen por las que les precedieron, evitando que nada pueda alterar el programa de la resurrección. Tenía que existir la seguridad de que todos cuantos muriesen tendrían garantizada su resurrección. Si esto deja de cumplirse con una sola persona, violamos un compromiso tácito y faltamos a la confianza que la sociedad ha depositado en nosotros. La única manera de proporcionar esa seguridad consistía en formular un código de leyes que castigasen con una pena rigurosa este delito, que pudiésemos tener la seguridad de que la nueva organización se mantendría incólume.
—Hubiera sido preferible—dijo Ann Harrison—que Chapman hubiese solicitado someterse a juicio bajo el efecto de drogas. Yo se lo sugerí e incluso le apremié para que lo hiciese. Pero él se negó. Repugna a muchas personas exponer su yo interior, toda su vida, sus impulsos y sus motivaciones al escrutinio de los jueces. En algunos tipos de delito, traición, por ejemplo, el juicio por drogas es obligatorio, pero en este caso no lo era. Ojalá lo hubiese sido...
—Sigo sin ver adónde quiere usted ir a parar—dijo Frost—y sin entender en qué puedo servirla.
—Si yo pudiera convencerle—prosiguió ella—de que podría ejercerse cierta clase de merced, entonces usted podría presentar el asunto al Centro de Hibernación, y si éste indicase al tribunal...
—Un momento, un momento—la interrumpió Frost—. Yo no estoy en situación de hacer semejante cosa. Yo dirijo el departamento de promoción y publicidad y no puedo influir en las decisiones de la gerencia
—Mr. Frost—dijo Ann—. Le he expuesto muy claramente los motivos que me han llevado hasta usted. Pensaba que era usted el único miembro del Centro que me concedería parte de su tiempo, que querría escucharme. Por eso le vine a ver y puse las cartas boca arriba He venido con un propósito egoísta. Trato de salvar a mi cliente. Haré lo que pueda para salvarlo.
—¿Sabe él que está usted aquí?
Ella negó con la cabeza.
—Si lo supiese, no le gustaría. Es un tipo raro, Mr. Frost. Es un tipo terco y orgulloso. Jamás se inclinará a pedir nada, ni a suplicar. Pero yo lo hago en su nombre, llegado el caso.
—¿Lo haría por otro cliente suyo, por cualquier cliente?—le preguntó Frost—. Me imagino que no. ¿Qué tiene éste de especial?
—No es lo que usted piensa—repuso ella—. Aunque no me molesta porque lo piense. Ese hombre tiene algo que se encuentra muy raramente. Una dignidad interna, el temple que le permite afrontar la adversidad sin pedir clemencia. Es incapaz de apelar al sentimentalismo ajeno. Y este hombre cayó en las redes de unas leyes que fueron promulgadas hace un siglo o más, a consecuencia de un exceso de entusiasmo y con la determinación de que nada trastornase el gran milenio. Era en principio una legislación sabia y prudente, pero ha quedado anticuada. Servía de freno, y ha cumplido este propósito a las mil maravillas. He comprobado los archivos y desde que esta ley particular fue aprobada, menos de veinte personas han sido condenadas a muerte. Esto demuestra que fue una ley eficaz. Contribuyó a moldear la clase de sociedad que los hombres querían... o que se imaginaban que querían. Ahora ya no hay motivo para aplicarla hasta sus últimas consecuencias.
"Y aún hay otra razón que me impulsa a ayudarle. Yo estaba con él cuando le quitaron el trasmisor del pecho. ¿Ha visto usted alguna vez...?
—Pero eso—protestó Frost—era pasarse de la raya; usted no tenía ninguna obligación de acompañarle.
—Mr. Frost —contestó ella—, cuando yo acepto un caso, me entrego a él en cuerpo y alma. No abandono a mi cliente ni un momento. Nunca dejo de ocuparme de él.
—Ahora lo está demostrando—comentó él.
—Exactamente. Yo le acompañé durante la operación y vi como se cumplía la sentencia. Físicamente, por supuesto, no tiene la menor importancia. El trasmisor, como usted sabe, se lleva bajo la epidermis, encima del corazón. Registra sus latidos y envía una señal que es captada por un monitor. Cuando la señal cesa, se envía inmediatamente el equipo de rescate. Y ellos se lo quitaron y lo tiraron a una bandejita metálica donde estaban los instrumentos y allí se quedó, como un diminuto objeto de metal... Pero no era un trocito de metal lo que allí quedaba: era la vida de un hombre. Ahora el monitor ya no recibe indicación alguna sobre los latidos de su corazón y cuando muera, no enviarán un equipo en su busca. Se habla de que viviremos mil años más, un millón de años más, incluso eternamente. Pero todo esto ya no existe para Chapman. Sólo le quedan unos cuarenta años de vida, quizá menos.
—¿Y qué piensa usted hacer? —le preguntó Frost—. ¿Implantarle sencillamente el trasmisor otra vez...?
—No, por supuesto que no. Ese hombre cometió un delito y debe purgarlo. Es justicia elemental, pero no hay por qué cebarse en él. ¿Por qué no cambiar esa sentencia por la de destierro? El exilio no es nada agradable, pero no es la ejecución, no es la muerte.
—Pero es apenas un poco mejor que ésta —dijo Prost— Marcado en ambas mejillas con un hierro y borrado de la especie humana. Nadie puede hablar con un exiliado; nadie puede tener tratos con ellos... ni siquiera para las necesidades más elementales. Se le embargan todos sus bienes y sólo le dejan las ropas que lleva puestas.
—Pero no es la muerte —insistió Ann Harrison—. Al exiliado no le quitan el trasmisor. Cuando muere, irán a por él.
—¿Y usted supone que yo puedo hacer eso? ¿Que puedo lograr que le conmuten la pena?
Ella movió negativamente la cabeza.
—No es exactamente eso —dijo—. No pretendo que lo haga de la noche a la mañana. Pero necesito tener un amigo en el Centro; es decir, Chapman necesita un amigo en el Centro. Llegado el momento oportuno, usted sabrá a quién debe hablar y cuándo debe hablarle, estará enterado de lo que pasa, sabrá cuándo se puede hacer algo... es decir, si yo puedo convencerlo, si consigo que vea las cosas como yo las veo. Y no quiero que se llame a engaño. No podremos pagarle sus servicios. No disponemos de fondos. Si se decide a ayudarnos, tendrá que hacerlo por simpatía y porque crea en la justicia de nuestra causa.
—Eso, ya lo sospechaba —dijo Frost—. Ya me suponía que usted lo hace gratuitamente.
—En efecto —dijo ella—. El quería pagarme, desde luego. Pero tiene que mantener a su familia y sus ahorros son escasos. Me mostró su cuenta bancaria y es verdaderamente mísera. ¿Cómo podía yo enviar a su mujer a su segunda vida sin un céntimo? El, desde luego, ahora no necesita ahorros. Aún conserva su empleo, pero no lo conservará por mucho tiempo, tal como están las cosas. ¿Y quién querrá darle otro trabajo?
—No lo sé—dijo Frost—. Yo podría hablar con...
Y se interrumpió. ¿Con quién podía hablar? Con Marcus Appleton, ciertamente no, después de lo que había pasado. Ni tampoco con Peter Lane, si éste y Appleton se hallaban envueltos, como parecían, en el asunto del documento extraviado, documento que, por otra parte acaso ya hubiese aparecido. ¿Hablar con B. J.? No le parecía probable que B. J. le escuchase... ni tampoco le escucharían los demás jefes.
Así es que dijo a su visitante:
—Miss Harrison: probablemente ha acudido usted a la persona del Centro de Hibernación que es la menos indicada para ayudarle.
—Lo siento—dijo ella—. Nada más lejos de mi intención que comprometerle. Pero si puede ayudarme, aunque su ayuda se reduzca a una simple muestra de buena voluntad, le quedaré muy reconocida. Incluso una simple expresión de simpatía contribuirá a restablecer mi confianza, y me permitirá saber que aún queda alguien que tiene un sentido de la justicia.
—Si yo pudiese ayudarla —repuso Frost—, lo haría con mucho gusto. Pero en las circunstancias actuales, no puedo arriesgarme. Mi situación es muy delicada en estos momentos.
—Con esto me basta—dijo Ann.
—Fíjese que no le prometo nada.
—Ni espero que lo haga. Sé que hará lo que pueda.
Había cometido una equivocación, dijo Frost para sus adentros. No se hallaba en situación de ofrecer ayuda a nadie. No le iba ni le venía nada en aquel asunto. Y especialmente, no tenía el derecho de ofrecer su ayuda cuando sabía muy bien que nada podría hacer.
Pero el escuálido cuartucho le pareció de pronto más acogedor y más bello. Le inundó una sensación de vida y de plenitud como nunca había conocido. Y supo que quien daba calor y luz a la habitación era aquella joven sentada frente a él... eran un calor y una luz moribundos, sin embargo, como los que despide un fuego que se extingue. Pasado cierto tiempo, cuando ella se hubiese ido y el recuerdo de su visita se debilitase, el cuarto volvería a ser frío y mugriento, como era antes.
—Miss Harrison—le preguntó en un súbito impulso—, la invito a cenar... iremos a un restaurante...
Ella sonrió y movió negativamente la cabeza.
—Perdone—dijo Frost—. Creí que aceptaría...
—Y acepto—respondió ella—. Pero no salgamos. No quiero que gaste tanto dinero por mí. Pero si usted tiene aquí comida, yo se la voy a preparar.
13
Nestor Belton cerró el libro y lo apartó de sí, empujándolo por encima de la mesa. Después agachó la cabeza y se frotó los cansados ojos con los puños.
Aunque los exámenes son mañana, pensó, tendría que dormir un poco. Pero era tanto lo que tenía que repasar, que apenas podía hacer más que hojear las páginas de los libros de texto.
Aquellos exámenes eran muy importantes. Los que obtuviesen las calificaciones más altas tendrían prácticamente abiertas las puertas de la Escuela de Consejeros. El había querido ser un consejero desde que tenía uso de razón. Y este cargo aún tenía ahora mayor importancia que antes, porque circulaban insistentes rumores de que dentro de pocos años la inmortalidad sería un hecho, pues un investigador del Centro de Hibernación había conseguido resolver finalmente el problema y lo único que ahora quedaba era perfeccionar las técnicas necesarias.
Una vez la inmortalidad fuese posible, comenzarían las reanimaciones y entonces empezarían a utilizarse la corporación de los consejeros. Estos se habían mantenido en reserva durante años, en espera de que llegase el momento de necesitarlos. Muchos de ellos habían pasado su vida esperando, sin nada que hacer, para ser después almacenados en cámaras frigoríficas, en espera de su resurrección.
Los consejeros y los técnicos en reanimación, dos grupos de especialistas, compuestos por millares de hombres, que habían permanecido inactivos durante todos estos años, preparados para cuando llegase el día en que las legiones de difuntos pudiesen ser devueltos a la vida. Unos grupos cuya preparación había corrido a cargo del Centro de Hibernación y que habían permanecido al margen de la sociedad, cobrando por no hacer nada, pues nada había
que hacer de momento.
Pero tenían que estar siempre dispuestos. Unos con las incontables hectáreas ocupadas por bloque tras bloque de viviendas vacías, construidas para utilizarlas el día en que hiciesen falta. Los otros con los inmensos almacenes abarrotados de víveres procedentes de los convertidores, que también esperaban el Día de la Resurrección.
La verdad era, se dijo Nestor Belton, que el Centro de Hibernación había pensado en todo, lo había planeado todo sólo como pudiera haberlo hecho una filantrópica institución como aquella, regida por hombres abnegados y desinteresados. Durante casi doscientos años el Centro había sido el custodio de los muertos, el depósito de las esperanzas de la humanidad, el arquitecto de la vida venidera.
Se levantó de su mesa y se acercó a la única ventana de su cubículo de estudiante. En el exterior una pálida luna, medio tapada por nubes errantes, convertía en un paisaje neblinoso al patio de los dormitorios. Y a lo lejos hacia el noroeste, se erguía la impresionante silueta del Centro de Hibernación.
Se alegraba, se dijo por milésima vez, por haber tenido la suerte de disfrutar de la vista del Centro desde su ventana. Porque para él constituía un estímulo, una promesa e incluso una bendición. Le bastaba con mirar por la ventana para saber para quién trabajaba, para tener un atisbo de la gloria que después de un millón de años (aunque algunos afirmaban que mucho antes) coronaria la larga y lenta ascensión del hombre desde el irracional fango primigenio.
Vida eterna, murmuró Nestor Belton, no morir nunca más, sino seguir viviendo sin cesar en un cuerpo siempre joven. Disponer de tiempo para desarrollar la propia mente y acumular conocimientos hasta la extrema capacidad del cerebro humano. Acumular sabiduría, pero no edad.
Tener tiempo para realizar todas las obras que el espíritu pudiese concebir: componer gran música, escribir libros admirables, pintar finalmente aquellos lienzos que los artistas siempre habían ansiado pintar sin conseguirlo, viajar a las estrellas, explorar la Galaxia, descubrir los últimos secretos del átomo y el Cosmos, ver cómo altivas montañas se desgastaban y surgían otras, cómo los ríos se secaban y otros se formaban y cuando, diez mil millones de años más tarde, el sistema solar pereciese envuelto en llamas, encontrarse ya en otros sistemas perdidos en las profundidades del espacio.
Nestor Belton se apretó fuertemente su escuálido pecho con sus flacos brazos.
¡Qué tiempo para vivirlo!, pensó para sus adentros.
Y pensó también horrorizado en aquellos otros tiempos en que los hombres morían y seguían muertos, cuando no había promesa de otra vida fuera de la frágil e incierta promesa ofrecida por una fe medieval, que pretendía hacer de la religión el saber supremo.
Y todas aquellas otras pobres gentes, que murieron sin tener la certeza de que la muerte era sólo temporal... para quienes la muerte, que temían, fue el fin de todo y la nada, y que la temieron a pesar de sus protestas de fe, que la rehuían y no querían oír hablar de ella, ocultándola en el rincón más oscuro de su mente, porque su pensamiento les era insoportable...
Un vientecillo susurraba en los aleros del edificio, produciendo un rumor solitario. Las sombras que llenaban el patio parecían diluidas y desprovistas de sustancia. La lejana blancura del Centro de Hibernación lucía tenuemente sobre el fondo negro del cielo nocturno. Era como si preludiase el alba, pensó Nestor. Esto mismo debían de haber pensado muchas veces, se dijo, los hombres del Centro de Hibernación, que eran los artífices de aquel futuro amanecer. Pero cuando el objetivo final parecía al alcance de su mano, habían surgido obstáculos y decepciones. Sin embargo, ahora, a juzgar por lo que se decía, por los rumores que circulaban por todas partes, el alba (no un falso amanecer esta vez) se vislumbraba finalmente y dentro de unos cuantos arios más, el hombre habría alcanzado aquella perfección final de propósito y expresión que ya era consustancial con la primera y diminuta forma de vida nacida en los mares primigenios.
Y él, Nestor Belton, seria uno de los que formarían aquel futuro. El y los demás consejeros, cuando los muertos fuesen reanimados cumplirían las necesarias funciones de rehabilitación, para que los resucitados pudiesen integrarse plenamente en la cultura de la época.
Mas para cumplir este cometido, había que hacer acopio de ingentes conocimientos, era preciso poder competir con los historiadores más expertos, y poseer sobre todo un profundo conocimiento de aquellos dos últimos siglos. Seis largos años de estudio, y el supuesto seria suyo... si lograba una buena calificación en los exámenes del día siguiente.
Dirigió una última mirada a la lechosa blancura del Centro de Hibernación y volvió a concentrarse en sus libros.
14
Las velas de la cena chisporrotearon, casi totalmente consumidas, y el perfume de las rosas se esparció por la mísera habitación... que a la tenue luz de las velas ya no parecía tan mísera. Para ambos, aquella cena con velas y con rosas había parecido algo extravagante, pero, cosa extraña, Frost no lamentaba el dinero que le habían costado. Era la primera vez en muchos años que no comía solo y no podía recordar una velada tan agradable como la que acababa de transcurrir.
Ann Harrison no volvió a referirse al caso Chapman, pero tuvieron mucho de qué hablar... la exposición de arte europeo del Museo Metropolitano (resultó que ambos habían estado a verla, en uno de sus días libres); la nueva novela histórica de la que todos hablaban, una epopeya de los primeros días de la astronáutica; la actitud tan poco razonable de los policías de tránsito; la prudencia que representaba invertir dinero en otras empresas además del Centro de Hibernación... y también hablaron
de ellos.
Ann había nacido y se había criado en Manhattan, según le dijo, se había licenciado en derecho en la Universidad de Columbia, había pasado unas vacaciones en Francia y otras en el Japón, pero en la actualidad ya no se tomaba vacaciones, por considerarlas una pérdida de tiempo y de dinero y porque además el ejercicio de la abogacía le ocupaba todo su tiempo... aunque era demasiado trabajo para una sola persona, no era bastante para dos.
El, por su parte, le habló de las vacaciones que había pasado de niño en Wisconsin, en la granja de su abuelo, que en realidad no era una granja, porque éstas se habían terminado, sino un refugio estival para la familia.
—Aunque ahora—prosiguió—ni siquiera es eso. Ya no es propiedad de mi familia. A la muerte de mis abuelos, la finca fue vendida a una de esas grandes compañías inmobiliarias y el importe de la venta se invirtió en acciones del Centro. Hace unos años fui a Chicago en viaje de negocios, y, aprovechando un día libre, me fui en coche hasta la antigua granja. Está muy al oeste, sobre los acantilados que dominan un pueblecito llamado Bridgeport. Los edificios aún siguen en pie, pero el lugar estaba deshabitado, desde luego, y mostraba un aspecto triste y descuidado.
—Es vergonzoso—observó Ann—lo que ha pasado con las fincas rústicas. ¡Todas esas tierras abandonadas e incultas! Yo creo que el Gobierno debería fomentar la agricultura. Esto daría trabajo a mucha gente.
Frost meneó tristemente la cabeza.
—Yo también lo siento. Esas fincas rústicas tenían un no sé qué de sólido y estable. Y una nación sin agricultura, la verdad, parece incompleta y endeble. Pero la verdad es que su existencia no estaba justificada y en cambio hay muchas razones para incrementar la construcción de plantas convertidoras. Necesitamos esas plantas cuantas más mejor y en perfecto funcionamiento, para cuando empiecen las reanimaciones. En lo que a la mano de obra se refiere...
—Sí, ya lo sé—ella le interrumpió—. Hay que construir todas esas nuevas instalaciones. Bloque tras bloque de apartamentos, todos ellos vacíos. No sólo aquí, sino en todo el planeta. Cuando visité el Japón, los levantaban por hectáreas.
—Harán falta todos esos, y más —repuso Frost—. Tenemos actualmente casi cien mil millones de personas congeladas y la población presente totaliza aproximadamente la mitad de esa cifra.
—¿Y dónde meteremos a toda esa gente?—preguntó ella—. Eso es lo que yo me pregunto...
—Construiremos edificios mayores, llegado el caso. El Centro de Hibernación mide algo más de kilómetro y medio de altura. En realidad fue construido como prototipo, para comprobar si podía construirse y mantenerse en pie un edificio de tales proporciones. Y como todos sabemos, se sostiene. Al principio, tuvo algunos movimientos de asentamiento, pero nada para alarmarse. No en todas partes, por supuesto, pueden levantarse estructuras tan altas. Tiene que haber roca sólida en los cimientos. Pero los ingenieros hoy dicen que si se profundiza lo suficiente. . .
—¿Se refiere usted a viviendas subterráneas?
—A ambas: las subterráneas y las de superficie. Si se profundiza lo suficiente hasta encontrar capas lo bastante sólidas, se puede construir entonces a partir de ellas, hasta la altura que se desee. Esto permitiría alojar a varios millones de personas en un sólo edificio mastodóntico, que vendría a ser el equivalente de una ciudad.
—Pero tiene que haber un limite.
—Efectivamente, lo hay —asintió él—. Llegará un día, dentro de varios siglos, que por más que nos ingeniemos, ya no habrá lugar en la Tierra.
—¿Y es entonces cuando emigraremos al pasado?
—Parece que esa será la solución—contestó él.
—¿Aún no la han encontrado?
—Aún no, pero le andamos cerca.
—¿Y la inmortalidad?
—Para dentro de diez años. Veinte, a lo sumo. A menos que se efectúe un descubrimiento afortunado mucho antes.
De pronto ella se puso a tutearle.
—Dan—le dijo—, ¿crees que ha estado bien lo que hemos hecho... manteniendo a toda esa gente congelada, en espera de que podamos otorgarles la inmortalidad? Sabemos curar el cáncer, reforzar el corazón debilitado, borrar los estragos de la vejez. Podríamos haber comenzado las reanimaciones hace casi un centenar de años, pero preferimos seguir almacenando cuerpos. Se arguye que poco importa que duerman un poco más. A ellos les da lo mismo, y, por eso, hagamos que valga la pena la espera, y démosles a todos una sorpresa cuando despierten. ¡Démosles la vida eterna!
El se echó a reír.
—No sé. Yo no puedo discutir eso. Ya se ha escrito y se ha dicho demasiado sobre el particular. Por lo que a mí concierne, en realidad me da lo mismo.
—Pero con todos esos millones, piensa en el tiempo que requerirá la operación. Cada uno de ellos debe someterse a un laborioso proceso...
—Lo sé, pero contamos con legiones de técnicos, que totalizan millares, dispuestos a iniciar su trabajo así que se dé la orden. Y junto a éstos, hay legiones de consejeros esperando.
—De todos modos, requerirá tiempo.
—Sí—repuso Frost—. Requerirá mucho tiempo. Hubiera sido más sencillo como se planeó primeramente. Pero surgió después esta cuestión de la seguridad social. Sé que era la única solución justa, porque no se puede pretender cobrar una vida más extensa. Pero dificulta mucho más la tarea de la reanimación y no quiero ni pensar en el caos económico que se producirá.
—Lo resolverán —dijo ella—. Tendrán que resolverlo. Como tú dices, es la única solución justa. La inmortalidad tiene que ser para todos, no sólo para los que pueden pagarla.
—Pero piensa en la India—observó él—. Piensa en el África y en China, con gentes que perciben menos que un salario básico, salvadas del hambre gracias a los programas de ayuda mundiales. Gentes que no saben lo que es ahorrar, ni invertir dinero. Cuando resuciten, se encontrarán en un mundo no mejor para ellos que el que ahora conocen. Seguirán enfrentándose con el espectro del hambre; seguirán formando colas ante los puestos de comida. Y lo único que el programa de seguridad social les
da es su opción a la inmortalidad. Eso, y nada más.
—Más vale eso que la muerte—objetó Ann—. Mejor eso que la extinción definitiva.
—Según como se mire—dijo él, encogiéndose de hombros.
Ella consultó su reloj de pulsera.
—Lo siento—dijo—, pero tengo que irme. En realidad se me ha hecho tarde. No recuerdo haber pasado una velada tan agradable en mi vida.
—¿Por qué no te quedas un poco más?
Ella denegó con la cabeza y se levantó de la mesa.
—En realidad no pensaba quedarme. Pero me alegro de haberlo hecho. Me alegro de cómo han ido las cosas.
—Espero que volverás otro día—dijo él—. Te telefonearé.
—No te digo que no.
—Te llevaré a tu casa.
—Tengo el coche abajo.
—Ann, quería decirte una cosa. Antes de que te vayas.
Medio vuelta ya hacia la puerta, ella pareció titubear.
—He estado dándole vueltas al asunto —prosiguió Frost—. Tú eres abogado y es posible que yo necesite los servicios de uno. ¿Podría contar contigo?
Ella se volvió del todo hacia él, y le miró medio intrigada y medio risueña.
—¿Para qué demonios necesitas tú un abogado?
—No sé... —contestó él—. Es posible que no lo necesite Pero tengo cierto papel. En realidad, un puñado de papeles... y estoy casi seguro de que está entre ellos. Sin embargo, algo me dice que sería mejor para mí no buscarlo ni saberlo...
—Dan—le atajó ella—, ¿pero qué estás tratando de decirme?
—No estoy muy seguro. Verás, tengo ese papel, o creo tenerlo.
—Bueno, ¿y qué hay de malo en eso? ¿De qué papel se trata?
—No sé qué clase de papel es. Una simple nota, un memorándum. Pero yo no debiera tenerlo en mi poder. No me pertenece.
—Pues líbrate de él—le dijo Ann—. Quémalo. No hace falta que lo conserves...
—¡No! —protestó él—. No puedo hacer eso. Pudiera ser importante.
—Pero sin duda debes de saber lo que está escrito en él. ¿O no lo sabes?...
El movió negativamente la cabeza.
—Le eché una ojeada cuando cayó en mis manos por primera vez, pero entonces no entendí nada. Y ahora he olvidado su contenido. No me pareció importante...
—Pero ahora, sí, ¿no es eso?
El hizo un gesto de asentimiento.
—Quizás. No lo sé.
—Y lo que tú quieres es averiguarlo.
—Sí, eso es.
Ella le miró arrugando el entrecejo, con expresión entre seria y zumbona.
—¿Y yo qué pito toco en esto?
—Se me ocurrió que si yo recogiese todos esos papeles, los metiese en un sobre y te los entregase...
—¿En calidad de tu abogado?
El asintió, afligido.
Ann parecía titubear.
—¿No podría saber más sobre ese papel? ¿Puedes decirme algo más?
—No lo considero oportuno—repuso él—. No quiero complicarte en esto. Tengo esos papeles en mi bolsillo. Buscaba ese documento particular... para cerciorarme de que lo tenía. Encontré un manojo de papeles que había sacado de mi traje al plancharlo, y me disponía a mirarlos cuando tú llegaste. Entonces los metí a toda prisa en este bolsillo...
—¿Temías que alguien viniese para arrebatártelo?
—Si. Algo así. No recuerdo qué pensé. Pero ahora me doy cuenta de que quizás sea mejor para mí no saber lo que está escrito en ese papel o incluso si estaba ahí.
—Yo no estoy tan segura—dijo Ann—de si tu actitud es siquiera ética o legal.
—Entiendo—dijo Frost—. Ha sido una mala idea. No pensemos más en ella.
—Dan —le interpeló ella.
—Dime.
—Te pedí un favor.
—Y yo te dije que no podía complacerte.
—¿Lo harás, cuando puedas?
—No cuentes conmigo. Es demasiado arriesgado...
—¿Verdad que estás en un apuro, Dan?
—Aún no. Pero es posible que llegue a estarlo. Cometiste una equivocación al venir a verme. Soy el último hombre que puede ayudarte.
—Yo no lo creo así—repuso Ann—. Tengo confianza en ti. Ahora, dame ese sobre...
15
Amos Hicklin tiró otro pequeño pedazo de madera al fuego. Este no era más que una reducida fogata de leñador.
Había terminado de cenar y había lavado la sartén y la cafetera en la orilla del río, de aguas iluminadas por la luna. A falta de jabón, restregó los cacharros con un uñado de arena. Había llegado ya el momento, con la caída de la noche, de recostarse en el tronco de un árbol y fumar una pipa como ésta debía fumarse, lenta y tranquilamente, con espacio para pensar.
Desde una boscosa hondonada se alzó el canto vespertino de un chotacabras, un canto quejumbroso e interrogador que tenía algo de sobrenatural. En el río, un pez chapoteó pesadamente al saltar fuera del agua en el intento de atrapar un insecto que volaba muy cerca de la superficie.
Hicklin tendió la mano hacia su ordenado montón de leña, recogió otras dos ramitas y las colocó cuidadosamente en la fogata. Después volvió a recostarse en el tronco y sacó del bolsillo de su camisa su pipa y la bolsa del tabaco.
Qué bien se está aquí, pensó... es el mes de junio y hace buen tiempo, la luna brilla sobre el río, un viejo
chotacabras canta en la hondonada y los mosquitos no molestan demasiado.
Y mañana, quizás...
Era un sitio completamente absurdo, pensó, para ocultar un tesoro: un islote en un río. Un sitio muy arriesgado para ocultar algo de valor, pues no había que ser muy listo para saber lo que podía pasarle a aquel islote.
Sin embargo, su mismo carácter absurdo lo hacía adecuado. La vida había dado muchos golpes a Amos, que se sentía casi atrapado, y tenia que esconder su tesoro de la manera y en el lugar que fuese. Aquel tenia además la ventaja de ser uno de los últimos lugares del mundo donde alguien sospecharía que se hubiese ocultado un tesoro. Porque las islas de aquel río apenas eran algo más que barras de arena, en las que con el transcurso del tiempo habían crecido cañas de raíces poco profundas. Podían subsistir durante años enteros o desaparecer en una noche, porque aquel río era muy traidor, con corrientes cambiantes y peligrosos rápidos.
Tal vez la empresa fuese una locura, y Amos lo sabía, pero lo que estaba en juego valia la pena y no perdería más que un año aproximadamente de su vida. Un año en un platillo de la balanza, y, en el otro, un millón de dólares.
Jade, pensó. ¡Qué cosa tan disparatada de robar!
La verdad era que cuando fue robado, era casi imposible desprenderse de él, pues se trataba de piezas de museo verdaderamente únicas, que serían reconocidas inmediatamente como robadas.
Aunque quizás Steven Furness jamás se hubiese propuesto venderlas. Tal vez se había enamorado de su belleza hasta tal punto, que quería seguir disfrutándola solamente él. Después de trabajar durante años en el museo, quizá su mente enfermiza no quería que aquellas piezas tan bellas fuesen expuestas por más tiempo a la mirada vulgar de las masas.
Casi logró salirse con la suya. Si no hubiese sido reconocido en aquella fonda rural situada en un cruce de carreteras por un muchacho campesino que había visto su fotografía en un periódico, aquel día de hacía casi doscientos años, hubiera conseguido su propósito. Y en cierto modo, lo consiguió, porque no fue capturado, sino que continuó en libertad hasta convertirse en un viejo vagabundo de níveos cabellos, que vivía a salto de mata haciendo trabajos ocasionales, todos ellos de carácter dudoso, en los tugurios de Nueva Orleáns.
La noche había caído y Hicklin continuó sentado, con las piernas estiradas, dando lentas chupadas a su pipa, mientras el bailoteante fuego del campamento cubría de luces y sombras su cara.
¡Qué desierto y salvaje es todo esto!, pensaba. Toda aquella tierra, que durante tantos años fue de cultivo, había vuelto a su bravío estado natural. A la sazón únicamente se utilizaba para construir viviendas en ella y la población que antes vivía de la tierra se hallaba ahora congregada en las grandes metrópolis, que les ofrecían trabajo, para amontonarse y hacinarse en diminutas habitaciones y apartamentos, malviviendo en aquella otra región salvaje poblada por animales humanos. Toda la costa oriental era un inmenso mar de seres humanos, que vivían como sardinas en lata; Chicago, la gran megalópolis del Midwest que se extendía en torno al lago Michigan, llegaba por el norte hasta la antigua Green Bay y daba una profunda vuelta en torno a Ia orilla misma del lago, y los otros centros de población eran como grandes islas congestionadas que cada vez se hacían mayores
Y aquí estaba él, pensó... un hombre al margen de aquel apiñamiento, uno de los pocos hombres que vivían solos. Pero se hallaba impulsado por las mismas motivaciones que aquellos millones de seres humanos, y le movía idéntica codicia. Pero con una diferencia: él era un jugador y ellos no eran más que un hatajo de borregos.
En efecto, pensó. Lo arriesgaba todo a una jugada. Pero la carta escrita en el lecho de muerte y el plano toscamente dibujado, pese a su carácter romántico tenían una extraña y segura aureola de autenticidad. Y su búsqueda en las hemerotecas le permitió reunir los detalles sobre los últimos días de Steven Furness. No había duda de que había sido él el mismo hombre que en 1972 robó del museo en que trabajaba una colección de objetos de jade que valían una fortuna.
Y en algún lugar de alguno de los islotes de aquel sector del río, aquella fortuna permanecía enterrada. Un viejo maletín de acero que contenía unos maravillosos objetos labrados en jade envueltos en papeles de periódicos.
"...Como no deseo que se pierdan para siempre, anoto aquí los datos y espero que puedan localizarlos gracias a la descripción adjunta."
Era una carta escrita y dirigida a aquel mismo museo del que había robado la colección de jade, pero que nunca echó al correo... quizá porque nunca tuvo ocasión de hacerlo, o porque no hubo nadie que lo hiciera en su lugar o tal vez porque ni siquiera tenia sellos para franquearla y la muerte ya se le acercaba. En vez de echarla al correo, la guardó junto con sus míseras pertenencias en una baqueteada maleta... idéntica tal vez a la que contenía las piezas de jade.
¿Y dónde estuvo oculta u olvidada la maleta después de la muerte de viejo vagabundo? ¿Por qué tortuosos caminos llegó finalmente a la subasta, para ser ofrecida una lluviosa tarde con otros cachivaches? ¿Por qué nadie se tomó jamás la molestia de abrirla para ver qué contenía? ¿O tal vez alguien la abrió, y creyó que no era más que lo que parecía ser... un montón de objetos inservibles que no valían nada?
Aquella lluviosa tarde él no tenía nada que hacer, como no fuese guarecerse de la lluvia. Un impulso absurdo, propio de un niño, le llevó a meterse en la subasta e intervenir en ella, primero por veinticinco centavos, sólo porque sí, y sin el propósito de seguir pujando. Mientras fumaba su pipa al amor de la lumbre, Hicklin recordó que por un momento había pensado en hacerse el distraído y marcharse sin recoger la maleta, para librarse así de ella. Pero contra toda lógica, la recogió y se la llevó a su habitación y aquella misma noche, a falta de otra cosa mejor que hacer, se dedicó a examinar su contenido, encontró la carta y ésta le intrigó... aunque de momento no la creyó, le intrigó lo suficiente como para intentar descubrir quién había sido aquel tal Steven Furness.
Y el resultado de ello era que aquí estaba, en este río, con la fogata ardiendo a sus pies y escuchando el lamento del chotacabras que le llegaba desde la hondonada... era el único hombre del mundo que sabía (o que conocía aproximadamente) dónde se hallaba enterrada la colección robada de objetos de jade. Y después de tantos años, era quizás uno de los pocos que aún recordaban aquel robo.
Pero a pesar de los años transcurridos, se dijo, no sería seguro tratar de vender la colección. El museo aún existía y es probable que conservase constancia del robo. Pero dentro de quinientos años, dentro de un millar de años, ya podía venderse impunemente. El robo habría caído ya en el olvido más completo o estaría tan perdido en los antiguos archivos, que sería imposible dar con él.
Sería una magnífica inversión para su segunda vida...si podía encontrarlo, claro. Ni los diamantes ni los rubíes, pensó, valdrían la pena. Pero el jade era distinto. Mantendría su valor, como ocurriría con cualquier obra de arte. Los convertidores de materia podían dar diamantes a carretadas, y también jade, si se lo proponían, pero no podían dar objetos de jade tallado ni pinturas. Las obras de arte seguirían conservando su valor, que incluso se incrementaría. Porque si bien los convertidores podían ofrecer toda clase de materias primas, no podían duplicar ni una sola pieza de arte o de artesanía.
Había que emplear algún discernimiento, se dijo, para escoger lo que debía esconderse en espera de que llegase el Día de la Resurrección.
El tabaco se había consumido totalmente y la pipa sólo hacía un extraño borboteo cuando la chupaba. Se la quitó de la boca y golpeó la cazoleta contra el tacón de su bota, para hacer caer la ceniza.
A la mañana siguiente encontraría pescado en los anzuelos que había colocado y aún tenía harina y otros artículos para prepararse un plato de gachas. Se levantó y se acercó a la canoa en busca de su manta.
Después de un buen sueño y un abundante desayuno, volvería a ponerse en marcha en busca de la isla con la punta terminada en forma de anzuelo y los dos pinos en la punta de arena. Sabía que la forma de la punta podía haber cambiado o haber sido borrada por entero. Su única esperanza eran los dos pinos, si aún se alzaban allí.
Se acercó a la orilla del agua y levantó la mirada hacia el cielo. Las estrellas brillaban sin que ninguna nube empañase su luz y la luna, casi llena, se cernía sobre los acantilados del este. Olfateó la brisa y la encontró limpia y fresca, algo fresquita. Mañana será otro día maravilloso, se dijo.
16
Daniel Frost permanecía parado en la acera, viendo cómo se alejaban las luces del coche de Ann Harrison calle abajo, hasta que dobló una esquina y desapareció de su vista.
Dio entonces la vuelta y empezó a subir por los gastados peldaños de piedra que conducían al portal del bloque donde vivía. Pero a la mitad de su ascenso titubeó y volvió a bajar a la calle.
Hacía una noche demasiado agradable, se dijo, para volver a encerrarse en su habitación. Pero incluso mientras lo pensaba sabía que no se trataba de la belleza de la noche, porque allí, en aquella mísera vecindad, no había nada que pudiese considerarse atrayente. No era la belleza de la noche lo que le obligó a volverse, sino una extraña repugnancia a meterse de nuevo en su habitación. Si acaso esperase un poco, ésta ya no le parecería tan vacía, o los recuerdos ya no serian tan vivos, permitiéndole aceptar mejor su soledad.
Hasta aquella misma noche no se había dado cuenta de cuán vacía, sórdida, descolorida y mísera aparecía su morada... hasta el momento en que regresó del parque, de su cita con Joe Gibbons. Pero después, durante un tiempo demasiado breve, le pareció cálido, acogedor y lleno de vida cuando Ann Harrison estuvo entre sus cuatro paredes. Claro que había también las velas y una docena de rosas —se las cobraron a un precio que entonces le pareció escandaloso—, pero no fueron las rosas, las velas ni ambas juntas lo que había transformado aquel lugar. Fue Ann la que realizó el milagro.
Nunca hasta entonces le había parecido sórdida y vacía su habitación. Hasta entonces, la consideró únicamente un lugar adecuado para vivir, su refugio personal, un techo que le ofrecía abrigo, una sola ventana que dejaba penetrar la luz. ¿Para qué quería más? Tenía un lugar para comer y para dormir, un lugar para pasar el tiempo cuando no trabajaba. ¿Para qué necesitaba una vivienda mayor o mayores comodidades? Para él, le bastaba con saber que a cada semana que pasaba, aumentaba el capital que dejaría a la hora de su muerte.
¿Por qué, entonces, le pareció la habitación tan mísera y pequeña cuando regresó a ella aquella noche? ¿Sería quizás porque su vida se había vuelto asimismo mísera y pequeña de repente? ¿Y cómo podía considerar vacía su vida, si se enfrentaba con la perspectiva casi segura de la inmortalidad?
La calle estaba sumida en la sombra, pues los faroles eran pocos y estaban muy distanciados. Los decrépitos edificios que la bordeaban eran tétricos espectros del pasado, antiguas y tenebrosas residencias, desprovistas desde hacía mucho tiempo de su prestancia de antaño.
Sus pasos resonaban sordamente en el pavimento mientras caminaba por la calle. La mayoría de las casas estaban a oscuras, con sólo alguna que otra ventana iluminada.
No había nadie en la calle, pensó, porque no había razón para salir de casa. No habla cafés, teatros, ni conciertos... porque todas esas cosas costaban dinero. Y si uno quería prepararse para su segunda vida, tenía que economizar al céntimo.
Una calle tétrica y desierta y una habitación mísera y vacía... ¿era esto todo cuanto la vida podía ofrecer
a un hombre? ¿Y si se hubiese equivocado?, se preguntó. ¿Y si todo aquello no fuese más que un sueño, y él se hallase ofuscado por la gloria de la vida venidera?
Completamente solo, pensó... solo en la vida y solo en la calle.
De pronto un hombre salió de un portal.
—¿Es usted Mr. Frost? —le preguntó.
—Sí —repuso Frost, sorprendido—. ¿Qué se le ofrece?
Había algo en aquel hombre que no le gustó, un ligero tono impertinente, un aspecto insolente y retador.
El desconocido dio un paso hacia él, pero no con testó.
—Disculpe—dijo Frost—, tengo prisa...
Algo se clavó en su nuca, algo penetrante y doloroso. Levantó la mano para apartar lo que se había clavado allí, pero su mano parecía de plomo y sólo pudo levantarla a medias. Le pareció que se caía de costado de una manera lenta y pausada, no a consecuencia de un golpe o de una acción violenta, sino como si tratara de apoyarse en algo inexistente. Y lo curioso de ello era que esto no parecía importarle, pues sabia que al caer con tanta lentitud, no se lastimaría al chocar con la acera.
El hombre que lo habla abordado seguía de pie frente a él, y de pronto apareció otro hombre a su lado. Pero eran figuras sin rostro, pues la sombra de los edificios borraba sus facciones, y él no les conocía.
17
Se encontraba en un lugar oscuro, sentado al parecer en una silla, y en medio de aquellas tinieblas, una luz cuyo origen desconocía hacía brillar la estructura metálica de una extraña máquina.
Se sentía cómodo y soñoliento, sin deseos de moverse, si bien preocupado por no saber dónde estaba. Lo único que podía asegurar es que era un lugar desconocido.
Volvió a cerrar los ojos, percibiendo la dureza de la silla contra su cuerpo, y la dureza del suelo bajo sus
pies. Esta era la única realidad. Aguzó el oído y le pareció percibir un levísimo zumbido, como el que haría una máquina en reposo, esperando que la hiciesen funcionar.
Le ardían las mejillas y la frente, con un hormigueo que parecía de fuego; se preguntó qué habría pasado, dónde estaba y cómo había llegado allí, pero se sentía tan cómodo, tan lleno de sueño, que verdaderamente no le importaba.
Continuó en la más completa inmovilidad y le pareció que además del suave zumbido oía el tic-tac del tiempo que fluía junto a él. No el tic-tac de un reloj, porque no se oía ningún reloj, sino el mismo tic-tac del tiempo. Y eso era muy extraño, pensó, porque el paso del tiempo es silencioso.
Preocupado por este pensamiento, se movió ligeramente en la silla y se llevó una mano a la mejilla, para
averiguar la causa del hormigueo.
—Señoría—dijo una voz surgida de las tinieblas que le rodeaban—, el acusado ha despertado.
Frost abrió los ojos y trató de levantarse de la silla. Pero las fuerzas parecían haberle abandonado, tenía los brazos pesadísimos y lo único que en realidad deseaba era seguir sentado en la silla.
Pero la voz había dicho Señoría y había hablado de un acusado despierto, y esto era tan sorprendente, que le hizo sentir nuevamente deseos de averiguar dónde estaba.
Otra voz preguntó:
—¿Puede levantarse?
—Creo que no, Señoría.
—Bien—dijo su Señoría—, esto no importa mucho, al fin y al cabo.
Frost consiguió volverse un poco en su asiento, hasta colocarse de lado y entonces vio la luz, un pequeño foco luminoso protegido por una pantalla, situado a un nivel más alto que su cabeza. Encima de aquella luz, y casi en sombras, un rostro fantasmal le miraba.
—Daniel Frost —preguntó el rostro fantasmal—: ¿puede usted verme?
—Sí, le veo—repuso Frost.
—¿Puede oírme y entender lo que digo?
—No sé—dijo Frost—. Me acabo de despertar y no puedo levantarme de la silla...
—Habla usted demasiado—dijo otra voz.
—Déjele —dijo el rostro fantasmal—. Démosle un poco de tiempo. Esto debe de haber sido un schok para él.
Frost continuó sentado fláccidamente en la silla y sus misteriosos interlocutores esperaban.
Recordó que se hallaba paseando por su calle cuando surgió un hombre de un portal y le abordó. Entonces algo le pinchó en la nuca y él trató de alcanzarlo, pero no pudo. Y después cayó muy lentamente, aunque no podía recordar si había chocado con la acera, pero sí recordaba que había dos hombres, no uno, mirando cómo caía.
El otro hombre que parecía encontrarse allí se había dirigido al segundo llamándole Señoría; esto parecía indicar que se encontraba en un tribunal, y en tal caso, la máquina debía de ser el Jurado y el lugar que ocupaba Su Señoría, con la lamparilla de pantalla, el estrado del Juez. Pero todo esto era imposible. Sin duda era una fantasía. ¿Por qué razón tenía que encontrarse ante un tribunal?
—¿Se encuentra usted mejor? —le preguntó Su Señoría.
—Creo que sí—contestó Frost—, pero hay algo que no entiendo. Tengo la impresión de estar en la sala de un tribunal.
La otra voz contestó:
—En ella es donde está usted precisamente.
—Pero no hay motivo para que me encuentre aquí...
—Si quiere callarse un momento—repuso la voz invisible—, Su Señoría se lo explicará.
Después de decir esto, soltó una risita burlona.
—Alguacil—dijo la cara que flotaba sobre la mesa—, guárdese esa clase de comentarios. No tolero que se burle de este infortunado.
El otro dio la callada por respuesta.
Frost se puso trabajosamente en pie, sujetándose a la
silla para no caerse.
—No sé qué pasa—dijo—, y tengo derecho a saberlo. Exijo...
Una mano fantasmal se agitó junto a la borrosa cabeza, para evitar que siguiese hablando.
—Sí, tiene usted derecho a saberlo—dijo la cara—, y, si me escucha, recibirá las oportunas explicaciones.
Un par de manos surgieron detrás de él y sujetaron a Frost por los sobacos, para levantarlo y sostenerlo de pie. Frots tendió lentamente la mano hacia el respaldo de la silla, para apoyarse en ella.
—Estoy bien—dijo al hombre que tenía a su espalda.
Las manos le soltaron y él se quedó de pie, sujetándose en la silla.
—Daniel Frost—le dijo el Juez—, trataré de ser breve y conciso. No tengo más remedio que serlo.
"Ha sido usted detenido y traído a este tribunal, donde ha sido sometido a un narcojuicio. Ha sido usted declarado culpable de la acusación y la sentencia ya ha sido dictada y ejecutada, según la ley.
—Pero esto es ridículo—exclamó Frost—. ¿Qué he hecho yo? ¿De qué se me acusa?
—De traición—dijo el Juez.
—¿De traición? Señor Juez, está usted loco. ¿Cómo puedo yo?...
—Y no de traición al Estado, sino de traición a la Humanidad.
Frost se quedó petrificado y sus dedos se clavaron con tal fuerza en la madera de la silla, que le hicieron
daño. Un temor tumultuoso surgió en su interior y su cerebro parecía agarrotado. Acudió un tropel de palabras a su boca, pero no las pronunció. Permaneció con las mandíbulas muy apretadas.
No era el momento, le dijo un rincón de su mente que aún permanecía cuerdo, de hablar atropelladamente, de dar rienda suelta a sus emociones. Quizás ya había dicho más de lo que debiera. Las palabras eran armas que debía emplear para defenderse.
—Señoría —dijo por último—, me permito contradecirle. No hay ninguna disposición que permita...
—La hay —repuso el Juez—. A poco que usted lo piense, comprenderá que tiene que haberla. Es preciso que exista una ley que castigue el sabotaje del plan para prolongar la vida humana. Puedo citársela...
Frost movió negativamente la cabeza.
—No hace falta que lo haga, aunque le diré que nunca oí hablar de ella. Pero aun así, yo no he cometido traición alguna, al contrario: he trabajado al servicio de ese plan que usted menciona: pertenezco al Centro de Hibernación...
—Bajo narcointerrogatorio —dijo el Juez, implacable—, usted admitió connivencia con varios editores, valiéndose de su posición, por motivos personales, para perjudicar ese plan.
—¡Eso no es cierto! —gritó Frost—. ¡Las cosas no sucedieron así!
La cabeza fantasmal se movió lentamente, con tristeza.
—Así debieron de suceder. Usted mismo lo confesó. Declaró contra usted mismo. ¿Por qué tenía que mentir para desacreditarse, deformando sus propios actos?
—¡Vaya juicio!—exclamó Frost con sarcasmo—. Atacado a medianoche en mitad de la calle para ser traído aquí. No se me ha detenido legalmente; no se me ha permitido llamar a un abogado. Y supongo que no se me permitirá apelar a la sentencia
—Exactamente—dijo el Juez—. La sentencia es inapelable. Según la ley, las pruebas y veredictos resultantes de un narcojuicio son definitivos Tenga usted en cuenta que es la forma más imparcial de hacerse un juicio, pues elimina todos los impedimentos que obstaculizan su curso.
—¡No me hable usted de justicia!
—Mr. Frost—dijo severamente el Juez—. Este tribunal ya ha tenido bastante paciencia con usted. A causa de su antigua posición, digna y honorable, y su largo tiempo de trabajo al Servicio del Centro de Hibernación, he tenido mayor tolerancia con sus observaciones que la que acostumbra a tener este tribunal. Puedo asegurarle que el juicio se ha celebrado según prescribe la ley y por el único procedimiento que está permitido para un juicio por traición; puedo asegurarle también que ha sido declarado culpable de sus cargos y que la sentencia ha sido cumplida. Acto seguido voy a leérsela
Una mano ectoplásmica surgió de la oscuridad, para meterse en un bolsillo y, sacando de él unas gafas, las colocó a caballo de una nariz espectral. La mano, que parecía no pertenecer a un cuerpo, recogió varias hojas de papel.
—Daniel Frost—dijo el Juez, leyendo los pliegos—, después de ser sometido a un proceso legal, ha sido usted declarado culpable de la acusación de traición contra la Humanidad, teniendo en cuenta que intentó deliberada y voluntariamente obstaculizar las funciones y procesos administrativos destinados a aportar la inmortalidad no sólo a las personas actualmente vivientes, sino a todos los seres humanos muertos, cuyos cuerpos se conservan en espera de que llegue ese día.
"En consecuencia, y de acuerdo con la pena impuesta por el Código, este tribunal sentencia que usted, Daniel Frost, reo de alta traición, será expulsado del seno de la especie humana, y será desposeído de todos sus derechos...
—¡No!—gritó Frost—. No pueden hacer eso. Yo no he hecho nada...
—Alguacil, llame al orden al acusado—dijo el Juez con tono enérgico.
Una mano surgió de las tinieblas y clavó sus dedos en el hombro de Frost.
—Cállese—dijo el alguacil, cuyos dientes rechinaban— y escuche a Su Señoría.
—...Será desposeído de todos sus derechos—repitió el Juez—, es decir, se le prohibirá tener relación, comercio o comunicación, por el medio que sea, con cualquier otro miembro de la especie humana, y se prohibirá también a cualquier otra persona, so pena de severos castigos, tener cualquier clase de relación, comercio o comunicación con usted. Serán embargados todos sus bienes personales excepto las ropas que lleva puestas, y esto por motivos de decencia. Asimismo, y como ya he dicho, perderá usted todos sus derechos excepto el último y definitivo, que es el de que su cuerpo sea preservado de acuerdo con la ley y por magnanimidad de este tribunal.
"Y vengo en ordenar, a fin de que todos puedan reconocer su ostracismo y evitar así todo contacto con usted, que sea señalado por medio de un tatuaje, en la frente y en ambas mejillas con una O de color rojo.
El Juez dejó el pliego de cargos sobre la mesa y se quitó las gafas.
—Deseo añadir una cosa—dijo—. Como medida de clemencia, el tatuaje ya ha sido ejecutado, mientras usted aún se hallaba bajo los efectos de la droga. Es un proceso bastante doloroso y no es propósito de este tribunal causarle sufrimientos innecesarios ni someterle a mayores humillaciones que las estrictamente inevitables.
"Y por último, una advertencia. Este tribunal sabe perfectamente que existen diversos medios de cubrir o disimular estos tatuajes, o incluso de borrarlos. No se sienta tentado, bajo ningún motivo, de acudir a este fraude. El castigo en que incurriría usted entonces consistiría en la anulación del único derecho que aún le queda: el de la preservación de su cuerpo.
Fulminó a Frost con la mirada.
—Espero que el acusado me habrá entendido.
—Sí —balbuceó Frost—, le he entendido muy bien.
El Juez golpeó la mesa con el mazo. El golpe produjo un extraño eco en la sala casi vacía.
—La vista ha concluido—dijo—. Alguacil, conduzca al reo a la calle y échelo... quiero decir, déjelo en libertad.
18
Durante la noche, el viento volvió a derribar la cruz.
19
La débil claridad que teñía el cielo por oriente le advirtió que el alba estaba próxima.
Daniel Frost permanecía tambaleándose en la calle, aún aturdido por el impacto de lo que había sucedido en el tribunal, aún bajo los últimos efectos de la droga, con el alma rebosante de una extraña mixtura de desesperación, ira, miedo y compasión de sí mismo.
Se daba cuenta de que había algo muy extraño en todo aquello... no sólo en el hecho de que él era incapaz de haber confesado lo que ellos le atribuían, sino extraño además por la hora, por aquel juicio a altas horas de la noche, y también por el hecho de que en la sala no hubiesen habido más personas que el Juez y el alguacil. Si es que de veras eran juez y alguacil.
Una firme trampa, se dijo. Era el largo brazo de Marcus Appleton que había llegado hasta él. Para agarrarlo desesperadamente. En el famoso papelito debía de haber algo que Appleton deseaba ocultar a toda costa.
Pero nada podía hacer él en aquellos momentos... si es que alguna vez se encontró en posición de hacer algo. Nadie querría hablar con él. El tampoco se atrevía a hablar con nadie. La sentencia es inapelable, había declarado el rostro fantasmal. Y así era: no podía apelar contra ella.
Quizás quieran desacreditarme, había dicho a Ann Harrison.
Ann Harrison, repitió mentalmente, musitando después su nombre.
Santo Dios, aún le quedaba Ann Harrison.
¿Y si hubiese sido ella el gatillo, al ir a verle, que desencadenó todo aquello? ¿Habría dicho algo sobre ella? ¿Habría dicho que ella tenía el papel... en caso de que en verdad lo tuviese? Si le habían interrogado bajo el efecto de las drogas, indudablemente la habría complicado también a ella. Pero se negaba a creer que le hubiesen interrogado, porque si lo hubiesen hecho (y si el tribunal hubiese sido un tribunal debidamente constituido), lo hubieran absuelto.
Permanecía de pie y tembloroso bajo el cielo nocturno teñido por las primeras luces del amanecer, mientras las preguntas, las dudas y el deseo de entender algo se atropellaban en su mente.
Le habían puesto al margen de la especie humana.
Jurídicamente ya no era nada.
Tan sólo una masa de protoplasma tirada a la calle... desprovista de bienes y de esperanza.
Tan sólo le quedaba una cosa: el derecho humano de morir.
Y esto era, por supuesto, lo que Appleton había planeado.
Con esto contaba: que al no tener ningún otro derecho, querría conservar el único que le quedaba.
—No lo haré, Marcus—dijo Daniel Frost en voz alta, dirigiéndose a sí mismo, a la noche, al mundo y a Marcus Appleton.
Se alejó de donde estaba y caminó con paso incierto calle abajo, porque tenía que alejarse y antes de que se hiciese de día debía encontrar un sitio donde ocultarse. Donde ocultarse de la burla, la cólera, la crueldad y el sarcasmo con que le acogerían si le viesen. Debía ocultarse no del mundo, sino contra el mundo. Porque ya no pertenecía a él, sino que era su enemigo. Todas las manos se alzarían contra él y no tendría más protección que la que le ofreciesen la oscuridad y su escondrijo. A partir de entonces él era su propio protector, porque no podía invocar ninguna ley ni ningún derecho.
En su interior fue creciendo un nudo frío y duro de cólera y furor, que borró los últimos restos de autocompasión. Un nudo de cólera fría y dura por el hecho de que lo que acababa de sucederle le hubiese sucedido. Aquello no podía permitirse. No era civilizado aunque... ¿quién habría pretendido jamás que la especie humana fuese civilizada? Ya podría sondear el Cosmos en busca de otros planetas, esforzarse por levantar la tapa del tiempo, conquistar la muerte y aspirar a la vida eterna, que en el fondo seguía siendo una tribu.
Tenía que existir tan medio de vencer a aquella perversa tribu, y de ajustarle las cuentas a Appleton... si este medio existía, él trataría de encontrarlo y lo utilizaría sin piedad.
Pero no entonces.
Entonces tenía que encontrar un escondrijo.
Sabía que podría aguantar, se dijo, mostrándose sincero consigo mismo, mientras pudiera seguir aferrándose a aquel nudo de cólera que le atenazaba las entrañas. Lo que por encima de todo debía evitar era ceder a un sentimiento de lacrimosa compasión por sí mismo.
Titubeó al llegar a una bocacalle, sin saber qué camino tomar. Desde muy lejos, en alguna calle distante, le llegó el apagado zumbido de un motor eléctrico... un coche patrulla, tal vez.
Al río, pensó... aquel era el lugar donde había mayores probabilidades de hallar un escondrijo, quizás incluso de dormir un poco, si es que lograba conciliar el sueño. Y después de esto vendría el problema de encontrar comida.
Se entristeció al pensarlo. ¿Así iba a ser su vida de ahora en adelante... una búsqueda continuada de un lugar para ocultarse y dormir, obsesionado por la falta constante de alimentos? Dentro de poco, con el invierno en puertas, tendría que emigrar hacia el sur viajando de noche, cuando no pudiesen observarle, por aquel inmenso complejo de ciudades costeras que en realidad formaban una sola urbe.
La aurora nacía por oriente y tenía que emprender la marcha. Pero sentía una extraña repugnancia a volverse en dirección al río. Aún no se consideraba un fugitivo y no deseaba huir... salvo por los tatuajes de su cara, nada le obligaba a hacerlo. Pero bastaba con que diese un sólo paso en dirección al río para convertirse en un fugitivo, y esta idea le resultaba aborrecible, pues pensaba que una vez iniciada la huida, ya no podría detenerse.
Se quedó mirando arriba y abajo la calle desierta. Quizás hubiese algún otro medio, pensó. Tal vez ni siquiera debía intentar ocultarse. Debía de haber algún sitio donde podría exigir justicia pero incluso mientras se formulaba este pensamiento ya sabía cuál era la contestación: ya se había hecho justicia con él.
¡Qué ridiculez pensar tal cosa! No tenía escapatoria. No le escucharían. La evidencia de su degradación y de su crimen estaba marcada en su rostro. Y no tenía derechos civiles de ninguna clase.
Con paso cansino empezó a dirigirse hacia el río. Si tenía que huir, mejor empezar a hacerlo antes de que fuese demasiado tarde.
Una voz le llamó por su nombre:
—¡Daniel Frost!
Dio media vuelta, asombrado.
Un hombre que al parecer había permanecido oculto a la sombra de un edificio de la esquina, salió a la acera... era una figura jorobada y deforme, con una enorme gorra hundida hasta las cejas y con un abrigo astroso.
—No—dijo Frost, indeciso—. No...
—No pasa nada, Mr. Frost. Le ruego que me acompañe.
—Pero usted no sabe quién soy yo—dijo Frost—. No sabe lo que han hecho de mí.
—Claro que lo sabemos—repuso el hombre del abrigo astroso—. Sabemos también que necesita ayuda y esto es lo que nos importa. Sígame, por favor, y no se aparte de mí.
20
La linterna encendida no conseguía disipar la tiniebla de aquel lugar. Únicamente arrojaba un círculo de luz macilenta y las siluetas agazapadas de las personas que se encontraban en la habitación eran otras tantas sombras que apenas se distinguían en aquellas vastas tinieblas.
Frost se detuvo y notó posados en él las miradas de muchos ojos que le observaban desde la oscuridad.
¿Amigos o enemigos?, se preguntó... aunque en la calle (¿a cuántas manzanas de allí?), el hombre que había sido su guía se presentó como amigo. Usted necesita ayuda, había dicho, y esto es lo que importa.
Su acompañante se adelantó hacia el grupo sentado en torno a la linterna. Frost se quedó donde estaba. Le dolían los pies de tanto andar, estaba molido y le parecía que los efectos de la droga aún no se habían disipado totalmente. La aguja, el dardo o lo que fuese que le había pinchado en el cogote debía de estar muy cargado.
Vio que el guía se agachaba y cambiaba unas palabras en voz baja con los que estaban sentados alrededor de la linterna Se preguntó dónde estaba. El lugar no se encontraba muy lejos del río, porque su olfato captó efluvios fluviales, y probablemente era un sótano o una bodega, porque descendieron varios tramos de escalones antes de llegar allí. Una especie de escondrijo, conjeturó; precisamente lo que a él le hubiera convenido.
—Mr. Frost—dijo la voz cascada de un viejo—, ¿por qué no se acerca y se sienta aquí con nosotros? Debe de estar muy cansado.
Frost avanzó con pasos vacilantes y tomó asiento en el suelo, cerca de la linterna y del que había hablado. Sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad y los bultos adquirieron forma, con unas caras vagamente discernibles.
—Gracias, señor—dijo—. Sí, estoy un poco cansado.
—Ha pasado usted una noche muy mala—observó el
Frost hizo un gesto afirmativo.
—Leo me dice que le han condenado al ostracismo.
—Me iré en seguida, si les molesta mi presencia—dijo Frost—. Lo único que les pido es que me dejen descansar un poco.
—No hay necesidad de eso—repuso el viejo—. Ahora es usted uno de los nuestros. Todos estamos condenados al ostracismo.
Frost levantó la cabeza y miró fijamente a quien hablaba. Esforzando la vista, distinguió un rostro arrugado, con las mejillas y el mentón cubiertos de una barba canosa de ocho días.
—No quiero decir que estemos marcados —continuó el viejo—, pero nos consideramos igualmente desterrados. Somos unos inconformistas y el inconformismo hoy se paga caro. No creemos en los valores de la masa, esta es la verdad. O tal vez sería mejor decir que nuestras creencias son demasiado profundas. Pero creemos en cosas prohibidas, naturalmente.
—No le entiendo—dijo Frost.
El viejo soltó una risita.
—Es evidente que no sabe usted dónde está.
—Desde luego que no—repuso Frost, impaciente ante tantos rodeos—. Nadie me lo ha dicho.
—Está en un refugio de Santos—dijo el viejo—. Mírenos bien. Somos estos seres mugrientos y repelentes que salen de noche para pintar letreros subversivos en las paredes. Somos los que predicamos en las esquinas de las calles y en los parques, somos los que distribuimos esas repugnantes octavillas contra el Centro. Es decir, hasta que viene la policía y tenemos que salir huyendo.
—Oiga—le dijo Frost, con voz fatigada—, no me importa quiénes sean ustedes. Les estoy agradecido por haberme ofrecido refugio, pues de lo contrario no sé qué hubiera sido de mí. Me disponía a buscar un lugar donde esconderme, porque sabía que tenía que esconderme, pero no sabía por dónde empezar. Y precisamente entonces vino este caballero y...
—Un inocente—dijo el viejo—. Un pobre inocente tirado en mitad del arroyo. Naturalmente que no sabía usted qué hacer. Se hubiera metido en una dificultad tras otra. Pero en realidad no tenía por qué preocuparse. Nosotros velábamos por usted.
—¿Ustedes velaban por mí? ¿Por qué tenían que hacerlo?
—Por los rumores que circulaban—repuso su interlocutor—. Aquí nos llegan toda clase de rumores, y nos dedicamos a estudiarlos y analizarlos cuidadosamente.
—A ver si lo adivino—dijo Frost—. Ese rumor decía que alguien trataba de echarme la zancadilla.
—Sí, señor. Porque usted sabía demasiado. Pero lo que sabía, no lo hemos podido averiguar.
—Deben de tener ustedes una red muy considerable de confidentes—comentó Frost.
—No tantos como usted se figura—repuso el viejo canoso—. Aunque nos mantenemos bien informados acerca del Centro de Hibernación. Tenemos allí a varios espías.
No lo dudo, pensó Frost. A pesar de que le habían rescatado, aquel hombre no le gustaba.
—Pero está usted muy cansado—dijo el viejo—, y probablemente también hambriento.
Se levantó y dio una palmada. Se abrió una puerta en el fondo de la habitación y entró un rayo de luz que rasgó las tinieblas.
—Que traigan algo de comer para nuestro invitado —dijo el viejo, dirigiéndose a una mujer que apareció en el umbral. La puerta se cerró y el viejo volvió a sentarse, esta vez muy cerca de él, casi tocándole.
Frost percibió el desagradable olor de un cuerpo sucio. El viejo tenía las manos descansando en sus rodillas y Frost vio que no las tenía nada limpias, con las uñas sin cortar y muy negras.
—Supongo—observó el viejo—que sin duda le disgusta encontrarse entre nosotros. Sin embargo, desearía que desechara estos sentimientos. En realidad somos buena gente. Podemos ser inconformistas y contestatarios, pero tenemos derecho a expresar nuestra opinión del modo que podamos.
Frost asintió.
—Desde luego, no les niego ese derecho. Pero me parece que podrían encontrar medios mejores de hacerse oír. ¿Desde cuánto tiempo están ustedes en la oposición...? ¿Desde hace cincuenta años, o tal vez más?
—En efecto, y no hemos llegado muy lejos. ¿Es eso lo que usted nos reprocha?
—Más o menos—repuso Frost.
—Sabemos, por supuesto—prosiguió el anciano—, que no podemos vencer. La victoria nos está vedada. Pero nuestra conciencia nos obliga a presentar testimonio de nuestra fe. Mientras podamos seguir haciendo que se oiga nuestra débil voz en el desierto, no habremos fracasado.
Frost no hizo ningún comentario. Sentía que se estaba hundiendo en una agradable modorra, y no hizo ningún esfuerzo para salir de ella.
El hombre puso una de sus sucias manos en la rodilla de Frost.
—¿Lees la Biblia, hijo mío?
—Sí, de vez en cuando. Creo haberla leído toda.
—¿Y por qué la leíste?
—Pues no lo sé—contestó Frost, sorprendido ante la pregunta—. Porque la considero un documento humano. Tal vez en busca de algún consuelo espiritual, aunque esto no podría asegurarlo. Y porque, bajo muchos aspectos, la considero buena literatura.
—¿Pero sin convicción?
—Seguramente acierta usted. Sí, sin gran convicción.
—Hubo una época en que eran muchos los que la leían con devota convicción. Hubo un tiempo en que era un faro que iluminaba las tinieblas del alma. No hace mucho tiempo aún era vida, esperanza y promesa. Y ahora, lo mejor que usted puede decir de ella es que es buena literatura...
"Lo que ha acarreado este cambio ha sido sus falacias acerca de la inmortalidad física. ¿Por qué leer la Biblia, creer en ella o creer en lo que sea si tenemos la promesa legal, repito, de alcanzar la inmortalidad? ¿Y cómo podéis prometer la inmortalidad? Esta palabra significa seguir viviendo eternamente y nadie puede prometer eso, ningún hombre mortal puede prometer la vida eterna.
—Se equivoca usted—dijo Frost—. Yo no he prometido nada de eso.
—Perdóname. Hablaba en términos generales. Por supuesto que no me refería a ti, personalmente, sino al Centro de Hibernación.
—Tampoco debe usted echarle enteramente la culpa al Centro—objetó Frost—. La culpa es más bien de los propios hombres. Si no hubiese existido el Centro de Hibernación, los hombres hubieran buscado igualmente la inmortalidad por otros medios. Es algo intrínseco a su misma naturaleza. No está en la naturaleza del hombre pecar por defecto, sino más bien por exceso. Puede equivocarse, por supuesto, pero siempre lo intentará.
—Tiene el diablo en el cuerpo —dijo el mugriento vejestorio—. Las fuerzas de las tinieblas y la corrupción trabajan de muchas maneras para apartar al hombre de la bondad con que nació.
A esto Frost dijo:
—Perdone, pero no tengo ganas de discutir con usted. En otro momento, quizás. Pero ahora no. Comprenda que le estoy muy agradecido y no quiero...
—¿Quién te hubiera tendido a ti una mano amiga en este país—le preguntó el viejo—en un momento de apuro como éste?
Frost movió negativamente la cabeza.
—Desde luego, no creo que nadie lo hubiera hecho.
—Pues nosotros lo hicimos—repuso el viejo—. Nosotros, los humildes. Nosotros, los verdaderos creyentes.
—Esto tengo que concedérselo—dijo Frost—. En efecto, lo hicieron.
—¿Y no te preguntas por qué lo hemos hecho?
—De momento, no—repuso Frost—, pero más adelante tal vez lo haga.
—Lo hemos hecho—prosiguió el viejo—porque nosotros no damos valor al hombre, es decir, al cuerpo mortal, sino al alma. Habrás leído en antiguas obras históricas que una nación poseía no tantas personas sino tantas almas. Y esta expresión acaso te parezca insólita y extraña, pero esos viejos textos reflejan lo que en aquellos tiempos pensaban los hombres, son un eco de los días en que los seres humanos temían a Dios, creían en la vida perdurable del alma y se sentían menos ligados a las cosas mundanas y al presente.
La puerta volvió a abrirse y la luz entró a oleadas en la oscura habitación. Una vieja arrugada se acercó a la linterna, llevando en sus manos un cuenco y media hogaza de pan, que tendió al anciano.
—Gracias Mary—dijo el viejo, y la mujer se fue.
—Come—ordenó, poniendo el cuenco frente a Frost y ofreciéndole el pan.
—Muchísimas gracias—dijo Frost.
Tomó la cuchara que estaba en el cuenco y se la llevó a la boca. Era una cucharada de sopa, floja y aguada.
—Y según tengo entendido—prosiguió el viejo—dentro de pocos años ni siquiera será necesario pasar por el ritual de la muerte para alcanzar la inmortalidad. Una vez el Centro de Hibernación haya resuelto los últimos detalles y haya preparado los métodos, la inmortalidad podrá concederse en vida. Los hombres se mantendrán jóvenes eternamente, y no morirán. Los que nazcan a partir de entonces, vivirán eternamente.
—Aún faltan algunos años para eso—observó Frost—, pero cuando se haya conseguido, sería una tontería dejar que un hombre envejeciese y muriese, pudiendo concederle antes la juventud y la vida eterna.
—¡Oh, suprema vanidad! —gimió el anciano—. ¡Qué impudor, qué desacato!
Frost prefirió no responderle. En realidad, no hubiera sabido qué decirle. Se limitó a seguir comiendo.
El viejo le dio un codazo en el brazo.
—Otra pregunta, hijo mío. ¿Crees en Dios?
Frost dejó despacio la cuchara en el cuenco.
—¿De veras quiere que le responda? —dijo.
—Quiero oír tu respuesta—repuso el viejo—. Y quiero que seas sincero.
—Mi respuesta—dijo Frost—es que no lo sé. Lo que sí puedo asegurarle, es que no creo en el mismo Dios que usted. No creo en el anciano de níveas barbas subido en una nube. Pero en un ser supremo... sí, en un Dios así creería. Porque me parece que tiene que haber una fuerza, poder o voluntad en el Universo. No podríamos explicar de otro modo su perfecto orden. Cuando se contempla este orden maravilloso, que va desde el mecanismo del átomo a un extremo de la escala hasta la precisión con que funciona el Universo en el otro extremo, parece increíble que no exista una fuerza rectora de alguna especie, una fuerza benévola y ordenadora que mantenga la coherencia del Cosmos, y su orden.
—¿Orden?—estalló el viejo—. ¡No sabéis hablar más que de orden! ¿Y la santidad, la dignidad, no son nada para vosotros?...
—Lo siento—dijo Frost—. Me ha pedido usted que fuese sincero, y he contestado con sinceridad a su pregunta. Le doy mi palabra de que daría cualquier cosa por tener la fe que usted posee... esa fe ciega e inquebrantable, que no está empañada por la más ligera duda. Pero aun así, dudo que la fe fuese bastante.
—La fe es todo cuanto el hombre posee—le dijo el viejo con voz queda.
—Usted convierte a la fe en una virtud —repuso Frost—. Una virtud que niega el conocimiento...
—El conocimiento—afirmó el viejo—mata la fe. Y nosotros necesitamos la fe.
De pronto se oyeron gritos y un rumor lejano de pisadas y carreras.
El viejo canoso se levantó con presteza, y, al levantarse, uno de sus pies resbaló y volcó el cuenco de sopa. A la luz de la linterna, el líquido aceitoso se esparció lentamente por el suelo.
—¡La policía! —gritó alguien, y todos se pusieron inmediatamente en movimiento. Uno de los reunidos se apresuró a apagar la linterna. La habitación quedó sumida en las tinieblas.
Frost también se había levantado. Dio un paso y alguien chocó contra él, haciéndole retroceder y tambalearse. Después sintió que el piso cedía bajo sus pies, escuchó débiles crujidos de madera podrida y se hundió en el suelo. Extendió instintivamente los brazos, tratando de agarrarse en algún sitio. Los dedos de su mano izquierda se cerraron sobre el extremo de una tabla rota, pero cuando trató de asirse a ella, el peso de su cuerpo la hizo ceder y terminó de caer por el boquete.
Chapoteó ruidosamente al caer en un agua maloliente.
La caída le había impulsado hacia adelante y consiguió incorporarse para quedarse agachado entre la basura que al parecer le rodeaba... la basura que parecía consustancial con la tiniebla.
Haciendo un esfuerzo miró hacia arriba, y no logró distinguir el agujero por el que había caído, pero del piso superior le llegó el ruido de pies que corrían velozmente mezclado con el de voces distantes, que parecían alejarse.
Poco después escuchó nuevos golpes y voces, muy fuertes y coléricas, y el ruido de la madera al astillarse, como cuando alguien derriba una puerta. Oyó nuevas carreras sobre su cabeza y finos rayos de luz bailotearon a través del boquete que había abierto con su cuerpo.
Temiendo que alguien introdujese una lámpara por el orificio y le descubriese, avanzó lentamente, con agua hasta los tobillos.
Los pasos corrían de un lado a otro, entraban en lejanas habitaciones, volvían de nuevo y hasta él llegaban retazos de conversaciones:
—Se han vuelto a escapar—decía una voz—. Alguien les ha dado el soplo.
—¡Qué antro!—decía otra—. Es la clase de sitio que me suponía...
A estas voces se mezcló otra, y al oírla, Frost se quedó helado y dio involuntariamente otro paso para alejarse más del boquete abierto en el techo.
—Otra vez hemos llegado tarde—dijo la voz de Marcus Appleton—. Otro día tendremos más suerte.
Le respondieron otras voces, pero no entendió lo que decían.
—Echaré el guante a esos granujas—dijo Appleton—, aunque sea la última cosa que haga en este mundo.
Las voces y los pasos se alejaron y al poco tiempo cesaron.
Cayó el silencio, interrumpido únicamente por el lento gotear del agua en la encharcada habitación en que se encontraba Frost.
Tal vez era una galería, se dijo. O quizás un sótano inundado por filtraciones del río.
El problema consistía ahora en salir de allí. Aunque sin luz esto no iba a ser fácil. La única manera de hacerlo consistía en tratar de salir por donde había entrado, es decir, por el orificio del techo.
Levantó el brazo y tocó con los dedos la áspera superficie de una viga. Se puso de puntillas y, estirándose cuanto pudo, llegó a tocar el techo. Pero tendría que moverse muy despacio y tratar de mantener alguna clase de orientación, pues aquel lugar estaba sumido en profundas tinieblas y tenía los ojos en la punta de sus dedos.
Avanzó lentamente y finalmente localizó el boquete. Ahora tendría que saltar para asirse a las podridas tablas y esperar que éstas sostuviesen su peso, para izarse a fuerza de brazos a la habitación superior. Una vez allí, se dijo, estaría seguro al menos por un tiempo, pues Appleton y sus hombres no era probable que regresasen. Y los Santos tampoco. Se encontraría librado a sus propios recursos.
Permaneció de pie un momento para tomar aliento y de pronto se alzó a su alrededor una sucesión de chillidos y susurros, el rumor de innumerables patitas, de cuerpos que se deslizaban por la oscuridad, los coléricos chillidos de criaturas voraces impulsadas por un hambre desesperada.
Sintió escalofríos y se le erizaron los cabellos.
—¡Eran ratas! ¡Ratas que corrían hacia él en la oscuridad!
El miedo dio fuerzas a sus músculos y dio un tremendo brinco, que le hizo sacar medio cuerpo por el boquete. Arañando y pataleando, consiguió salir del todo para quedarse tendido y jadeante en el suelo.
En la habitación inferior los chillidos se hicieron agudos y horrísonos, para terminar apagándose lentamente.
Frost continuó tendido en el suelo un buen rato, hasta que dejó de temblar y el sudor se secó en su cuerpo; después se puso a andar a gatas hasta que encontró un rincón, donde se acurrucó, para protegerse del terror y la soledad de la nueva vida con que se enfrentaba.
21
Godfrey Cartwright se recostó en su mullida butaca y cruzó las manos en la nuca. Era la posición que asumía cuando se disponía a discutir asuntos importantes, pero deseaba mostrar un aire despreocupado.
—Tal como yo lo veo—dijo—, hubo algo que estropeó el asunto. Ningún editor había ofrecido jamás la suma que yo estaba dispuesto a pagar e incluso un puritano como Frost la hubiera aceptado, si hubiese creído que podía hacerlo impunemente. Pero ahora Frost ha desaparecido y a Joe Gibbons parece habérsele tragado la tierra. Es posible que Appleton tenga algo que ver con ello. Tiene que ser alguien como Appleton, porque en el Centro de Hibernación son muy pocos los que saben que existe una censura. Y si Appleton lo ha descubierto, la cosa es seria, porque con Appleton no se puede jugar.
—¿Quiere decir eso—dijo Harris Hastings en tono quejumbroso—que usted no publicará mi libro?
Cartwright lo miró de hito en hito.
—Pero, hombre de Dios, ¿quién ha dicho que no lo publicaré?
Hastings se agitó en su butaca. Era un tipo insignificante Tenia la cabeza calva y redonda como una bola de billar, en la que alguien hubiese pintado una cara. Llevaba gafas de gruesos cristales y bizqueaba al mirar. Siempre tenía su calva cabeza adelantada sobre los hombros, lo cual, unido a sus ojos bizcos, le daba el aspecto de un hombre que estaba más que desconcertado, pero que se esforzaba por comprender.
—Pero usted dijo...
—Yo dije—le atajó Cartwright—que, en mi opinión, su libro se vendería. Añadí que si podíamos publicarlo, haríamos un montón de dinero. Pero también le dije que antes de seguir adelante, yo tenía que tener la seguridad de que podríamos lanzarlo al mercado. No quería arriesgarme a que Frost se enterase de su existencia cuando ya hubiésemos invertido mucho dinero en él, para evitar entonces su distribución. Una vez estuviese distribuido y en las librerías, entonces, por supuesto, Frost ya no podría hacer nada, porque si lo intentase se produciría un escándalo, el público protestaría y esto es lo último que desea el Centro de Hibernación.
—Pero usted me dijo... —repitió Hastings.
—Sé perfectamente lo que le dije—dijo Cartwright—, pero no hemos firmado un contrato y usted no puede reclamar. Le dije que no podíamos firmar el contrato hasta que yo llegase a un acuerdo con Frost. Le repito que no podía correr ese riesgo. Frost tenía muchos espías y le aseguro que todos eran muy buenos. Joe Gibbons es uno de los mejores, y por decirlo así está especializado en nuestra empresa y en otra media docena de editoriales. No nos quitaba ojo de encima, y tenía sus confidentes en nuestra propia empresa. No sé quiénes eran. De haberlo sabido, hace tiempo que les hubiera puesto de patitas en la calle. Pero lo cierto es que no podíamos mover un dedo sin que Joe lo supiese, y se enteró de su libro como yo ya esperaba que lo hiciese. Yo no tenía más alternativa que tratar de llegar a un acuerdo. No me importa decirle que su libro ha sido uno de los pocos que me han decidido a adoptar medidas tan extremas, llevado del deseo de publicarlo.
—¿Pero, y mi trabajo?—dijo Hastings, angustiado—. ¿Y el trabajo que me ha costado? He consagrado veinte años a escribirlo. ¿Sabe usted lo que significan veinte años de investigaciones y de reunir materiales? He puesto mi vida en este libro, se lo aseguro. Me ha costado toda la vida. En realidad, he dado mi vida por él.
Cartwright le respondió, sin inmutarse:
—¿Y usted cree de verdad en lo que afirma en su libro?
—Naturalmente que lo creo—repuso Hastings, indignado—. ¿No puede usted ver que es la verdad? Después de tantos años de investigación, puedo asegurar que todo es verdad. He reunido las pruebas que lo demuestran. Este programa, esta continuación de la vida o como quiera usted llamarle, es la mayor estafa de que se ha hecho víctima a la humanidad en todos los tiempos. Su verdadero propósito no es ni ha sido jamás el que pregonan. En realidad, fue un último y desesperado intento por poner fin a las guerras. Si se podía hacer creer a las gentes que sus cadáveres serían preservados para ser resucitados más tarde, ¿quién querría ir a la guerra...? ¿Qué hombre querría combatir en una guerra? ¿Qué gobierno o nación se atreverían a declarar la guerra? Pues las víctimas de una contienda bélica no podían aspirar a que sus cuerpos fuesen preservados. En muchos casos, sería muy poco lo que quedaría de ellos. En los casos en que los cadáveres se hallasen más o menos intactos, no sería factible su recuperación y preservación.
"Y en este caso, es posible que el fin justificase los medios, y que no debemos condenar el engaño, pues la guerra es algo terrible. Los que hoy vivimos, llevamos más de un siglo sin guerras, no podemos imaginar hasta qué punto era terrible. Hace cien años, existía el temor de que otra guerra mundial aniquilase toda la cultura humana, si es que no borraba toda la vida de la faz de la Tierra. Visto bajo esa perspectiva, el engaño tiene cierta justificación. Pero de todos modos habría que informar al público, habría que decírselo...
Se interrumpió para mirar a Cartwright, que seguía apoltronado en su butaca, con las manos detrás de la cabeza.
—Usted no cree una palabra de todo esto, ¿verdad?
El editor apartó las manos de la cabeza y se inclinó hacia adelante, apoyando sus antebrazos en la mesa de su despacho.
—Harris—dijo muy serio—, poco importa que yo lo crea o lo deje de creer. No me incumbe creer en los libros que publico: únicamente me interesa que se vendan. Y me hubiera gustado publicar su libro porque sé que hubiera sido un best-seller. No me pida más que eso.
—Pero ahora dice que no piensa publicarlo.
Cartwright hizo un gesto de asentimiento.
—Eso es. No es que no quiera, es que no puedo. El Centro de Hibernación me lo impediría.
—¿Pero, cómo pueden impedírselo?
—Desde luego, en el terreno jurídico no pueden. Pero pueden ejercer una gran presión... no solamente sobre mí, sino sobre los accionistas y los altos empleados de la empresa. Y no debe usted olvidar que el dueño de parte de las acciones es precisamente el Centro de Hibernación, que, como usted sabe mejor que yo, tiene intereses, muchas veces mayoritarios, en casi todas las grandes empresas del planeta. La presión que pueden ejercer llega a veces a ser increíble. Se lo digo por si no lo sabia. Le repito que si lo hubiese podido publicar y poner a la venta, entonces me hubiera hallado a salvo. En ese caso, quien pagaría los platos rotos seria Frost, no yo. Le achacarían a él la culpa de no haberles advertido a tiempo; le acusarían de negligencia. Eso hubiera quitado de mis hombros todo el peso y toda la responsabilidad. De lo único que hubieran podido acusarme hubiera sido de mal gusto por haber elegido su obra, pero eso no tiene importancia. Sin embargo, tal como están las cosas...
Hizo un gesto de desvalimiento.
—Probaré con otros editores.
—Es usted muy libre de hacerlo—repuso Cartwright.
—Pero usted cree seguramente que ninguno de ellos querrá publicarlo, ¿no?
—De eso estoy seguro. La noticia ya se ha esparcido... la noticia de que traté de sobornar a Frost sin conseguirlo, y de que ahora éste ha desaparecido. Esto lo sabe hasta el último editor de la ciudad. Los rumores se filtran por todas partes.
—Entonces, debo perder toda esperanza de publicar mi libro.
—Así es, por desgracia. Vuélvase a su casa, hombre, póngase cómodo y siéntese en un sillón, y póngase a pensar que usted ha descubierto algo tan gordo, que nadie se atreve a editarlo, que usted es el único hombre que conoce este secreto y que fue más astuto que los demás, pues descubrió una maquinación que nadie, absolutamente nadie, había sospechado jamás.
Hastings agachó aún más su cabeza.
—Hay un tono de mofa en sus palabras—dijo—que no me gusta. Ahora dígame, cuál es su versión.
—¿Mi versión de qué?
—Sí, su versión. Lo que usted piensa en realidad del Centro de Hibernación.
—Hombre—dijo Cartwright—, ¿qué hay de malo en creer que es exactamente lo que pretende ser?
—Nada, supongo. Es el punto de vista más cómodo, aunque falso.
—La mayoría no lo cree así. Hay habladurías, desde luego, y circulan rumores... usted los habrá oído docenas de veces. Pero creo que la mayoría de personas consideran estas habladurías y rumores como un simple entretenimiento. Hablan de ello y lo comentan, pero en realidad no lo creen. Hay tan pocas diversiones en la actualidad, que la gente se entretiene con lo que puede. Busque un libro que trate de las diversiones y espectáculos de hace doscientos años, o incluso menos, y léalo. La vida nocturna en las ciudades, el teatro, la ópera, la música... Y después había los deportes... béisbol, fútbol y muchos otros. ¿Quiere decirme dónde están ahora? Han muerto asfixiados por el espíritu mezquino de nuestra cultura actual. ¿Quién paga para ir a ver un espectáculo, pudiéndose quedar en casa para ver la televisión? ¿Quién paga para ver un partido de fútbol? ¿Quién paga para verlo, si con lo que vale la entrada se puede comprar una acción del Centro de Hibernación? ¿A qué pagar precios exorbitantes para que le distraigan a uno mientras come? ¿Estaría usted loco? Cuando ahora uno sale a comer fuera, y son muy pocos los que lo hacen, se van a comer y nada más... nada de adornos. Por esto tiene tal auge la industria editorial. Ofrecemos libros baratos al público... de poca calidad, pero baratos. Cuando uno ha terminado de leer un libro, puede prestarlo a un amigo y al cabo de cierto tiempo volver a leerlo él mismo. Pero un partido de fútbol o un espectáculo sólo se ven una vez. Por esto la gente lee tantos periódicos y libros y ve tanto la televisión. Todo ello le ofrece diversión a precios irrisorios. Son pasatiempos baratos, y en gran parte de ínfima calidad, pero les llenan las horas libres. Qué diablo, esto es lo que hacemos todos... llenar las horas libres. Agarrar lo primero que encontramos para llenar las horas libres, subordinándolo todo a nuestra segunda posibilidad vital. Esto explica los rumores, las anécdotas y las habladurías. Todo esto se obtiene gratis y la gente lo exprime sacándole todo el jugo antes de pasarlo al vecino.
—Usted también tendría que escribir un libro —comentó Hastings.
—Acaso lo haga —dijo Cart vright, satisfecho—. Sí, creo que terminaré escribiéndolo. Un libro que fustigue a mis contemporáneos y a su mísera existencia, dedicada al ahorro y a la murmuración. Lo devorarían como pan bendito, y encima les gustaría, pues les daría tema de conversación para varios meses.
—Así, pues, ¿volviendo a mi libro...?
—Es posible que algunos se lo hubiesen tomado en serio—observó Cartwright—. ¡Presenta usted un aparato crítico y documental tan impresionante! Reconozco que es una obra gigantesca.
—Pero sigue mostrándose incrédulo —dijo el autor, con amargura—. En el fondo, cree usted que todo lo he inventado.
—Nada de eso—dijo Cartwright—. Jamás he dicho tal cosa. Ni siquiera se lo he insinuado, ¿no es verdad?
Su mirada se perdió en el vacío y su rostro asumió una expresión ausente.
—Qué lástima —musitó—. Ha sido una verdadera lástima. Nos hubiera dado millones. Le aseguro, amigo, y no bromeo, que hubiéramos hecho millones.
22
Agazapado en el callejón, oculto tras un montón de viejas cajas arrojadas allí hacía mucho tiempo por algún pequeño comercio que daba a la calle sucia y estrecha, Frost esperó a que el hombre saliese por la puerta trasera del fonducho, para echar la basura a los cubos arrimados a la pared.
Y cuando por último salió, llevaba algo envuelto en un periódico, que depositó en el suelo al lado de los cubos de la basura. Después quitó las tapas de éstos y arrojó a su interior las sobras y basuras que llevaba en una enorme cesta. Después de efectuar esta operación, volvió a recoger el paquete que había dejado junto a los cubos y lo puso sobre la tapa de uno de ellos. Permaneció así un momento, mirando arriba y abajo por el callejón, mientras su blanco delantal se destacaba en la oscuridad y su silueta se recortaba en el débil resplandor procedente de la calle contigua. Luego recogió la cesta y volvió a entrar en la casa de comidas.
Frost se incorporó y, dando una breve carrera, recogió el paquete puesto sobre el cubo, se lo metió bajo el brazo y se retiró por el callejón, deteniéndose al llegar a la entrada de éste. Por la calle cruzaban algunos transeúntes y esperó a que se hubiesen alejado un poco, para cruzarla velozmente y ocultarse en el callejón de enfrente.
Cinco manzanas más allá, después de seguir diversos callejones, llegó a la parte trasera de una cochambrosa construcción, no muy alta y con media techumbre hundida, como si un gigante hubiese empezado a cortarla con una navaja, y no hubiese terminado su tarea. A la sazón se alzaba, triste, mísera y abandonada, un poco más en ruinas que las que la flanqueaban.
Una escalera de piedra, provista de un pasamanos doblado y oxidado, conducía al sótano.
Con ágiles movimientos, Frost descendió agachado y velozmente la escalera. En el extremo inferior de ella se alzaba una puerta, sostenida aún por un solo gozne enmohecido. Después de varios tirones, Frost consiguió abrirla, entró en el sótano y después la empujó hasta cerrarla de nuevo.
Después de efectuada esta operación, se encontró ya en su casa... un refugio que había encontrado diez días antes, después de una larga sucesión de otros escondrijos mucho peores que aquél. Pues la verdad era que aquel sótano era fresco, seco y no tenía ratas ni otras alimañas, al menos en gran número, y parecía ser un lugar seguro y olvidado de todos; quizás por esto era seguro. Nunca lo visitaba nadie.
—Eh, hola—dijo una voz desde la oscuridad.
Frost giró sobre sus talones, agazapándose y dejando caer el envoltorio al suelo.
—No se asuste—dijo la voz—. Sé quien es usted y no le haré ningún daño.
Frost permaneció inmóvil y agazapado. En su cerebro luchaban el temor y la esperanza. ¿Sería uno de los Santos que había dado con su paradero? ¿Alguien del Centro de Hibernación? ¿Y si fuera un enviado de Marcus Appleton?
—¿Cómo ha podido dar conmigo? —preguntó con voz ronca.
—Le he estado buscando. He preguntado por ahí. Uno le vio en el callejón. Usted es Frost, ¿verdad?
—Sí, soy Frost.
Su invisible interlocutor salió de la oscuridad que le ocultaba. La débil luz que se filtraba por un ventanuco del sótano mostró su silueta, pero nada más.
—Me alegro de haberle encontrado, Frost —dijo el desconocido—. Yo me llamo Franklin Chapman.
—¿Chapman? ¡Espere un momento! Franklin Chapman era el hombre que...
—El mismo—repuso el otro—. Ann Harrison le habló de mí.
Frost sintió que le dominaban unas ganas locas de reír y trató de sofocar su risa, pero ésta surgió a pesar suyo y brotó incontenible de sus labios. Se dejó caer al suelo con los brazos extendidos a los costados mientras su cuerpo se sacudía con la amarga risa que le brotaba a oleadas.
—Dios mío—tartamudeó, dando boqueadas—, ¡conque usted es el hombre... usted es aquel a quien yo prometí ayudar!
—Sí—repuso Chapman—. A veces, la vida da muchas vueltas.
Poco a poco Frost fue dejando de reír, pero continuó sentado en el suelo, sintiéndose débil e incapaz de levantarse.
—Me alegro de que haya venido—consiguió articular por último—, aunque no me imagino qué le ha traído aquí.
—Me ha enviado Ann. Me pidió que tratase de encontrarlo. Se enteró de lo que le había ocurrido.
—¿Se enteró? ¿No lo publicaron los periódicos? Le bastaba con consultar las colecciones de prensa atrasada.
—Eso es lo que hizo, por supuesto. Pero no encontró la menor mención en los periódicos. Ni una sola línea. Solamente le llegaron rumores. La ciudad está llena de rumores.
—¿Oué clase de rumores?
—De que ha habido un escándalo en el Centro. Que usted ha desaparecido y que el Centro trata de echar tierra al asunto.
Frost hizo un gesto afirmativo.
—Esto tiene sentido. Han amordazado a la prensa y han puesto en circulación rumores que dicen que yo he huido. ¿Sabe usted si el Centro conoce mi paradero?
—No lo sé —contestó Chapman—. Mientras le buscaba oí muchas cosas. Yo no soy el único que ha estado haciendo preguntas.
—Les ha salido el tiro por la culata. Se hallaban convencidos de que al cabo de un par de días me presentaría para solicitar la muerte.
—Es lo que hubiera hecho la mayoría.
—Pero yo, no —repuso Frost—. He tenido mucho tiempo para pensar. Siempre hay tiempo para ir a las cámaras frigoríficas. Como último recurso, cuando ya no pueda resistir más, siempre me quedará eso. Pero de momento, no. Prefiero esperar un poco.
Titubeó antes de continuar:
—Perdóneme, Chapman. Por un momento me olvidé. No debía haber dicho lo que he dicho.
—Eso ya ha dejado de importarme—dijo Chapman—. Ya se me ha pasado la primera impresión. Al fin y al cabo, no estoy mejor ni peor que millones de hombres que me han precedido. He terminado por acostumbrarme. Procuro no pensar en ello.
—Ha dedicado mucho tiempo a buscarme. ¿Y su trabajo?
—Me despidieron. Ya sabía que lo harían.
—Lo siento.
—Oh, pero las cosas no me van mal. He firmado un contrato con la televisión y una editorial ha encargado a un escritor que escriba mi biografía. Querían que la escribiese yo mismo, pero yo les dije que para eso no sirvo.
—Viles mercachifles —murmuró Frost—. Lo único que les interesa es vender lo que sea a los papanatas.
—Lo sé—dijo Chapman—pero no me importa. Sé lo que se proponen, pero por mí pueden hacerlo. Tengo que mantener a una familia y dejar algo a mi mujer para su segunda vida. Es lo menos que puedo hacer por ellos. Me he hecho pagar. Rechacé sus primeras proposiciones y cuando volvieron a la carga les dije una cifra que me imaginé no aceptarían, pero la aceptaron, y me doy por satisfecho. Así podré dejar un buen capital a mi mujer.
Frost se incorporó trabajosamente, se puso a buscar su paquete y finalmente lo encontró.
—El cocinero de una casa de comidas me prepara este paquete todas las noches. No sé siquiera quién es.
—Hablé con él —dijo Chapman—. Es un viejecillo flaco y macilento. Dice que le vio a usted rebuscando en los cubos de la basura y le dio lástima, pues considera que un ser humano no debe comer así.
—Vamos a sentarnos ahí —le dijo Frost—. En ese rincón hay un viejo sofá tapizado que alguien abandonó. Yo duermo sobre él. Tiene algunos muelles sueltos y está hecho una lástima, pero es mejor que dormir en el suelo.
Chapman le siguió y ambos se sentaron en el sofá.
—¿Lo ha pasado muy mal? —le preguntó Chapman.
—Al principio, sí—contestó Frost—. Unos Santos me encontraron en la calle y me llevaron con ellos. Es probable que me salvasen la vida. Me presentaron a un viejo loco que me preguntó si leía la Biblia y creía en Dios. Después Appleton, al frente de sus esbirros, se presentó en aquel antro y todos tuvieron que salir huyendo. Appleton desea apresar a los principales dirigentes de los Santos. Supongo que el viejo chiflado con quien estuve hablando es uno de ellos. Al tratar de huir, una tabla podrida del piso se hundió bajo mi peso, caí a un sótano y cuando todos se fueron salí de nuevo. Permanecí oculto allí un par de días porque tenía miedo de salir, pero finalmente el hambre me obligó a marcharme. ¿Ha pensado alguna vez en lo que es buscar comida en una ciudad donde uno no puede pedir limosna ni se atreve a robarla, en que no puede hablar con nadie ni desea hacerlo para no comprometer a quien pueda ayudarnos?
—Nunca lo he pensado —confesó Chapman—. Pero me imagino lo que debe ser.
—Quedé reducido a hurgar en los cubos de basura Créame que hace falta hígado para comer lo que se encuentra en ellos. Bueno, la primera vez. Cuando uno tiene hambre, se deja de remilgos. Al cabo de un par de días, uno se convierte en algo así como un connoisseur de la basura. Y tampoco es fácil encontrar un lugar para esconderse y dormir... además, hay que cambiar constantemente de residencia, pues no es bueno estar mucho tiempo en una. La gente lo ve a uno y siente curiosidad. Me he quedado aquí más tiempo que en ninguna parte, porque es el mejor refugio que he podido encontrar hasta ahora. Por esto consiguió usted localizarme. Si me hubiese mudado, no hubiera podido dar con mi paradero.
"Como no puedo afeitarme, me crecen la barba y el pelo. Dentro de poco, la barba ocultará los tatuajes de mis mejillas y me echaré el cabello sobre la frente, para tapar el que tengo en ella. Entonces es posible que me aventure a salir de día. Sin embargo, no me atreveré a hablar con nadie ni a tener tratos con otras personas, pero no tendré que ocultarme tanto. Es posible que la gente me miré, aunque tal vez no me hagan mucho caso, porque por estos barrios hay tipos muy pintorescos. Yo no tengo el menor trato con ellos. Más bien les temo. Al cabo de un tiempo, a pesar de todo, uno termina por acostumbrarse a esta clase de vida.
Se interrumpió para contemplar en la semioscuridad la mancha blanca que era el rostro de Chapman.
—Perdóneme—dijo con voz tensa—. Hablo demasiado. Pero llevaba tanto tiempo sin hablar...
—Siga hablando, hombre —le dijo Chapman—. Me encanta escucharle. Además, Ann desea saber cómo está.
—Esto es otra cosa—dijo Frost—. Pero no quiero que ella se meta en esto. Dígale que se mantenga al margen. No puede hacer nada por mí y terminaría metiéndose en un lío. Dígale que más vale que se olvide de mí.
—No querrá hacerlo —contestó Chapman—. Y yo tampoco. Usted fue el único que se ofreció para ayudarme.
—Yo no hice absolutamente nada por usted. Ni podía hacerlo No fue más que un gesto. Cuando lo dije ya sabía que no podía hacer nada.
—Pero esto no cambia en lo más mínimo las cosas —objetó Chapman—. No importa lo que haya hecho o no haya hecho: lo que importa es que estaba dispuesto a hacerlo. No espere que lo olvide.
—En tal caso, le voy a pedir un favor. A usted y a Ann. Manténganse alejados de mi. No tengan tratos conmigo. No quiero comprometerles y si siguen ocupándose de mí, terminarán por hacerlo. Nadie puede ayudarme. Si alguna vez las cosas se pusiesen muy mal, ya sabe que me queda un recurso muy fácil.
—No quiero perder del todo el contacto con usted —insistió Chapman—. Vamos a hacer un trato. Yo no trataré de verle de nuevo, pero si alguna vez usted necesita algo, cualquier clase de ayuda, acordemos un sitio donde pueda encontrarle.
—No pienso pedirle ayuda —dijo Frost—, pero si eso tiene que complacerle...
—¿Piensa seguir en este barrio?
—Lo dudo. Pero nada me impide volver a él.
—A unas tres manzanas de aquí hay una pequeña librería. Y enfrente a ella hay un banco.
—Conozco ese sitio—dijo Frost.
—Yo estaré allí todos los miércoles y sábados por la noche, digamos entre nueve y diez.
—¿Por qué se toma tantas molestias? ¿Y cuánto tiempo estará yendo allí? ¿Seis meses? ¿Un año? ¿Dos años?
—Pongámonos también de acuerdo sobre esto. Vamos a decir seis meses. Si usted no aparece en seis meses, sabré que no me necesita.
—Está usted loco —dijo Frost—. No pienso ponerme en contacto con usted, de eso puede estar bien seguro. No quiero complicarle la vida. Menos mal que seis meses no es mucho. Aproximadamente dentro de un mes, tendré que iniciar el viaje hacia el sur. No quiero que la llegada del invierno me encuentre aún aquí.
—Ann me ha entregado un paquete para usted—dijo Chapman, cambiando de tema para indicar que no daría su brazo a torcer en lo del contacto—. Está ahí, al lado de la maleta. Le ha puesto agujas e hilo, cerillas, unas tijeras y una navaja. Son cosas que considera que le pueden ser útiles. También le ha puesto algunas latas de conserva.
Frost hizo un gesto de asentimiento.
—Déle las gracias a Ann por lo que ha hecho. Le estoy muy agradecido. Pero dígale también, por amor de Dios, que me deje en paz. Que no se meta en mi vida. Que no intente ayudarme.
Chapman contestó gravemente:
—Se lo diré.
—Y gracias a usted, también. No debió permitir que ella le metiese en esto.
—Después que me habló de usted—dijo Chapman—, por más que hubiese dicho ya no hubiera podido disuadirme. Pero respóndame a una pregunta, por favor. ¿Qué le ocurrió realmente? Usted dijo a Ann que se encontraba en un apuro. Supongo que alguien le jugó una mala pasada.
—Efectivamente —contestó Frost.
—¿Desea decirme algo más?
—No, de momento no. Me figuro que usted y Ann tratarán de desentrañarlo, con el loable deseo de ayudarme. Pero es inútil. No podrán. La sentencia es legal e inapelable.
—¿Y así, usted se limitará a quedarse aquí sentado sin hacer nada?
—Hombre, no tanto... No he perdido la esperanza de ajustarle un día las cuentas a Appleton...
—¿Entonces, fue Appleton?
—¿Quién otro podía ser? —dijo Frost—. Será mejor que se vaya ¿sabe? Me tira usted demasiado de la lengua. Si se queda, terminaré contándolo todo y no deseo hacerlo.
Chapman se levantó sin prisas.
—Muy bien—dijo—. Me iré—. Aunque siento irme. Tengo la sensación de que apenas he conseguido nada.
Se encaminó a la salida y de pronto se detuvo para volverse.
—Tengo una pistola—dijo—. Si la quiere...
Frost negó enérgicamente con la cabeza.
—No—dijo rotundamente—. ¿Quiere usted que pierda el único derecho que me queda? Vale más que se libre de mí. Ya sabe que la posesión de armas de fuego es
—Eso no me importa —replicó Chapman—. Pienso conservarla. Yo aún tengo menos que perder que usted.
Se volvió y continuó andando hacia la puerta.
—Chapman—le llamó Frost quedamente.
—¿Diga?
—Gracias por haber venido. Ha sido un gesto que no olvidaré. Disculpe mi rudeza: no soy verdaderamente yo mismo.
—Le comprendo —dijo Chapman.
Después de estas palabras salió por la puerta y tiró de ella para dejarla cerrada. Frost le oyó subir las escaleras y salir al callejón, y por último sus pisadas se perdieron en a lejanía.
23
¿Esparcirían las lilas una fragancia tan dulce como ahora, se preguntó Mona Campbell, cuando llegase la primavera dentro de mil años? ¿Todavía la vista de un prado salpicado de narcisos haría que la gente contuviese arrobada el aliento, dentro de un millar de años? Eso si dentro e mil años quedaba algún lugar libre en la tierra para que creciesen lilas o narcisos.
Se balanceó suavemente en la mecedora que había encontrado en el desván y que bajó a la planta baja para limpiarla de polvo y telarañas. Después miró por la ventana hacia el tupido y maravilloso follaje, en aquel atardecer de finales de junio. Dentro de poco aparecerían las primeras luciérnagas, le llegaría el canto del chotacabras desde las sombrías hondonadas y del río subirían las avanzadillas de la niebla.
Continuó meciéndose suavemente, embriagada por la paz de aquel atardecer de verano y le pareció que en todo el mundo no había, de momento, nada más importante que permanecer sentada allí, balanceándose y contemplando por la ventana los prados verdes que se iban volviendo negros a medida que las sombras se espesaban y el frescor de la noche empezaba a ahuyentar el recuerdo de los ardores diurnos.
Pero éste era también el momento, le susurró una pequeña porción de su cerebro que trataba de conservar su lucidez, de empezar a dar forma a la decisión que quería tomar.
Pero el susurro se amortiguó y cesó en medio del silencio de las crecientes tinieblas. Y la fantasía, que en realidad no lo era, se insinuó en su cerebro para suplantar su cordura.
Pura fantasía, se dijo ella... naturalmente que es una fantasía; forzosamente tiene que serlo. Porque en este lugar y época, en esta semioscuridad, en medio de este aroma de tierra húmeda recién resucitada, nunca podría tener realidad. Pues aquí el olor de la tierra llena de vida, la revoloteante linterna de la luciérnaga, la puntual caída de la noche y la puntual salida del sol, hablaban de ciclos, y la vida y la muerte también formaban parte intrínseca de estos ciclos cósmicos.
Y éste era el pensamiento, se dijo, que debía guiarla durante los siglos incontables que se extendían ante la humanidad... no como raza, no como especie, sino como conjunto de individuos. Pero ella sabía que no podría recordar siempre aquel pensamiento. Pues no era un pensamiento juvenil, sino el pensamiento de una persona de su edad... de una mujer cincuentona y desaliñada, quehabía vivido entregada en demasía a cuestiones poco femeninas. Matemáticas... ¿qué podían importarle a una mujer las matemáticas, fuera de la aritmética elemental consistente en llevar las cuentas de la casa? ¿Y qué tenía que ver una mujer con la vida, como no fuese para servir de depositaria de nuevas vidas y de velar después por ellas? ¿Y por qué ella, Mona Campbell, estaba obligada a alcanzar por sí sola una decisión que sólo Dios tenía derecho a decretar?
Si ella pudiese saber cómo sería el mundo dentro de mil años... no en sus aspectos externos, pues estos no serían más que un barniz cultural, sino en su mismo meollo humano, en el corazón de sus futuros semejantes. ¿Qué clase de mundo existiría, cuando toda la humanidad viviese eternamente, en un cuerpo que sería siempre joven? ¿Existiría la sabiduría, si no iba acompañada de canas y arrugas? ¿Desaparecerían y se extinguirían los viejos y prudentes pensamientos de la gente de edad, en la exuberancia de la carne, las glándulas y los músculos que se renovarían sin cesar? ¿Abandonarían a la humanidad los pensamientos dulces, tolerantes y pausados? ¿Habría alguien capaz de sentarse en una mecedora para contemplar el mundo por una ventana abierta a la caída de la noche, y encontrar motivo de contento en las crecientes tinieblas?
¿O acaso la juventud no sería más que un adorno y una coloración? ¿Terminaría la humanidad por hundirse en una atmósfera de futilidad, cansada de los días interminables, desilusionada y decepcionada con la eternidad? ¿Después de la millonésima cópula, después del billonésimo trozo de pastel de calabaza, después de cien mil primaveras acompañadas de lilas y narcisos, qué les quedaría a los hombres?
¿Necesitaba el hombre algo más de la vida?
¿Podía pasarse con algo menos que la muerte?
Estas eran preguntas sin respuesta, y ella lo sabía muy bien, pero para ser justa consigo misma, si no con los demás, había que esforzarse por encontrárselas.
Continuó meciéndose suavemente, dejando que las preguntas acuciantes se borrasen poco a poco de su mente, para que las sustituyesen la suave maravilla del crepúsculo.
De una ignota y sombría hondonada oculta entre las colinas surgió el canto nocturno del primer chotacabras.
24
Frost lucía ya una barba tan espesa, que ocultaba completamente las marcas infamantes del ostracismo en sus mejillas. Así es que no necesitaba esperar ya a que oscureciese, sino que se aventuraba al exterior cuando aún era de día. Con un viejo y mugriento sombrero que encontró en un cubo de basura, calado hasta las cejas, comenzaba a merodear así que las calles empezaban a quedar vacías de las multitudes que las recorrían durante las horas diurnas. Al caer la noche la ciudad era toda para él. Sólo unas cuantas personas cruzaban las calles y todas caminaban apresuradamente, yendo a sus propios asuntos, como si no fuese correcto estar fuera de casa a aquellas horas y debiesen regresar lo antes posible a sus atestadas viviendas, en el interior de las interminables madrigueras que eran los bloques de apartamentos, que se alzaban como viejísimos monumentos erigidos por monstruos primitivos.
Frost, que los observaba con el ala de su sombrero echada sobre los ojos, sabía perfectamente lo que sentían en su interior, pues antes él había sido uno de ellos. Apresurarse y amontonarse... apresurarse para poder reunir el mayor número posible de bienes, y después amontonarse con sus semejantes en las horas de ocio, para no gastar ni un céntimo.
Aunque entonces, aunque alguien hubiese deseado gastar parte de su dinero en diversiones, tampoco hubiera podido hacerlo. Ya no había cines, ya no había competiciones atléticas, y la fabulosa vida nocturna que hacía un siglo y medio había muerto, asesinada por el afán de vivir eternamente. Todo ello, por supuesto, era muy bien visto por el Centro de Hibernación (si no era éste quien lo había fomentado), pues significaba más dinero disponible para invertirlo en acciones del Centro.
En consecuencia, cuando la jornada de trabajo tocaba a su fin, el rebaño humano regresaba a su redil en el que, como única diversión, tenía la prensa diaria, que ya había dejado de ser informativa desde hacia mucho tiempo, para asumir un carácter predominantemente sensacionalista. O se dedicaba a leer libros baratos, tanto por el precio como por el contenido. O bien se sentaba boquiabierto y fascinado ante el televisor familiar. O quizás repasaba satisfecho una colección de sellos cuyo valor había ido aumentando regularmente en el curso de los años, o bien una colección de juegos de ajedrez, de piezas maravillosamente talladas, o cualquier otra colección parecida en la que sus dueños habían invertido cuidadosamente y llenos de esperanza una parte de sus ahorros.
Había también aquellos que consumían drogas alucinógenas, muy fáciles de obtener, y que les servían para evadirse durante unas horas a una vida imaginaria... a fin de escapar de la fealdad y la monotonía de sus vidas reales.
Porque ya no existía nada nuevo, como sucedía en épocas anteriores. En otro tiempo, a principios del siglo XX, el invento del fonógrafo causó sensación... seguido por el del teléfono. Más tarde vinieron el aeroplano y la radio, y, algún tiempo después la televisión. Pero en esta época no había nada nuevo, ninguna novedad. No se realizaban progresos en ninguna disciplina, excepto en aquéllas que servían a los fines y a la meta que había señalado el Centro de Hibernación. Ahora todos pasaban con lo que tenían, que en la mayoría de los casos era bastante menos que lo que habían tenido sus antepasados. La civilización se hallaba estancada y la vida del hombre era en muchos aspectos parecida a la del hombre de la Edad Media, hacía más de mil años.
En aquellos lejanos tiempos los siervos de la gleba cultivaban los campos a la plena luz del día, trabajando duramente para obtener su mísera pitanza, para protegerse después, atrancadas las puertas, contra los terrores de las tinieblas.
Y en la actualidad era lo mismo... afanarse durante el día, apiñarse durante la noche. Afanarse y apiñarse... esperando a que pasara la noche para afanarse de nuevo.
Mas para Frost se había terminado la necesidad de afanarse. De esconderse, quizás, pero de afanarse, no. Eran muy pocos los lugares adonde tenía necesidad de ir, y a ninguno de ellos tenía que acudir con urgencia. Todas las noches iba en busca del paquete que le dejaban junto al cubo de basura; rebuscaba entre algún que otro montón de desperdicios en busca de periódicos para leerlos de día, manteniéndose al propio tiempo ojo avizor por si veía algún objeto abandonado que pudiese serle de utilidad. Se pasaba las horas diurnas leyendo y durmiendo, para reanudar sus merodeos a la caída de la tarde.
No era él el único que llevaba aquella vida; por las calles oscurecidas y desiertas veía a otras sombras huidizas, con las que a veces cambiaba algunos monosílabos, pues sabía que aquellos parias no corrían peligro al hablar con él. Y una vez, en un solar próximo a la orilla del río donde acababan de derribar un antiguo edificio se sentó junto a una fogata con dos vagabundos y habló con ellos, pero cuando volvió allí a la noche siguiente ya se habían ido y el fuego estaba apagado. No se asoció con ninguno de estos merodeadores de la noche, ni ninguno de ellos trató de prolongar sus relaciones con él. Todos ellos eran tipos solitarios... a veces se preguntaba quiénes debían ser, o quiénes habían sido y por qué merodeaban de noche. Pero comprendía que no debía preguntárselo, y ellos no se lo decían voluntariamente, lo cual no era extraño, porque él tampoco les decía quién era.
Quizás esto ocurría porque había perdido su identidad, solía pensar. Ya no era Daniel Frost, sino un cero humano. No era mejor ni peor ni más importante que aquellos millones de seres que dormían en las calles de la India que iban cubiertos de harapos, cuando tenían con qué cubrirse, y no habían conocido otra vida, que eran presa constante del hambre y que ni siquiera sabían lo que era el derecho o el deseo de disponer de un lugar privado para realizar sus más intimas funciones corporales.
Durante algún tiempo Frost tuvo la esperanza de que los Santos irían de nuevo en su busca, pero esto no ocurrió, a pesar de que en sus vagabundeos veía pruebas evidentes de que continuaban en plena actividad... En numerosas paredes vio multitud de frases subversivas escritas apresuradamente con tiza:
¡Amigo, no te dejes engañar!
¿Inmortalidad? Sí, pero la verdadera.
¿Y nuestros bisabuelos?
Nuestros antepasados eran unos tíos; nosotros somos unos primos.
y una y otra vez, la nueva consigna:
No resucitéis a los muertos.
Con el ojo ejercitado del experto en publicidad, Frost no podía por menos de admirar aquellos eslóganes. Mejores por muchos conceptos, se decía, que las frases pacatas y conservadoras que habían forjado él y su sección y que seguían encendiéndose y apagándose en grandes letras luminosas en la cumbre de muchos edificios. Eran las consignas oficiales del Centro de Hibernación... muchas de ellas plagiadas descaradamente de tiempos muy anteriores:
No gastes ni malgastes.
Un centavo ahorrado es un centavo ganado.
Incluso los nuevos dejaban mucho que desear:
No te engañes: ¡Lo necesitarás!
¡Llévatelo ahora que estás a tiempo!
Sé fiel al Centro y el Centro te será fiel.
¡Qué flojas le parecían aquellas frases, ahora que podía verlas desde fuera!
Así es que continuaba vagando por las calles, solo y sin rumbo fijo, sin saber adónde ir. Pero ya no huía. Al principio le dominaba la inquietud, pero ésta había terminado por desaparecer; ya no paseaba nerviosamente como un león enjaulado, sino que caminaba como un hombre que, por primera vez en su vida y no por su libre elección, sino a consecuencia de una infamia, se había convertido en lo que le iba pareciendo cada vez más que debía ser un hombre. Un hombre que, por primera vez, contemplaba las estrellas a través de la bruma ciudadana, perdiéndose en especulaciones y cábalas acerca de su distancia y su naturaleza; un hombre que escuchaba el rumor del río cuando sus aguas pasaban lamiendo las riberas, y que tenía tiempo de apreciar la arquitectura de un árbol.
No siempre se entregaba a estas divagaciones, por supuesto, pero sí muchas veces. En otras ocasiones se apoderaban de él la cólera, el furor y la vergüenza, que le quemaban las entrañas como brasas. Otras, frío y sereno pese a la rabia y la vergüenza que le dominaban, trazaba complicados y fantásticos planes de venganza, desprovistos de toda lógica... pero nunca de rehabilitación, para reintegrarse al mundo normal de los hombres, sino solamente planes de venganza.
Vivía, dormía y caminaba, para comer lo que el hombre de la fonda le dejaba junto a los cubos de la basura... media hogaza de pan duro, las sobras de un asado, una pasta, un trozo de pastel reseco, y otros desperdicios. A veces se quedaba en el centro del callejón, como si esperase algo y sin molestarse en esconderse, hasta que su protector salía con el paquete. Entonces levantaba el brazo en un gesto de saludo y agradecimiento, que el vejete le contestaba de igual forma. Nunca cambiaban una palabra ni él se aproximaba; todo se limitaba a aquel gesto de saludo, a aquel signo de hermandad, pero a Frost le parecía que conocía a aquel hombre y que era un viejo amigo suyo.
Un día Frost inició una peregrinación, que le llevó al barrio donde había vivido, pero varias manzanas antes de llegar a su antigua casa dio media vuelta y emprendió el camino de regreso al callejón que era su actual residencia. Se volvió porque de pronto pensó que nada le obligaba a ir allí, y nada había dejado allí de sí mismo. En el buzón de la entrada figuraría otro nombre, y otro coche, exactamente igual al suyo (pues todos los coches eran iguales), estaría aparcado entre una hilera de coches idénticos, con sus parachoques pegados a la pared de ladrillo del bloque de viviendas. Su coche ya no estaría allí desde hacía muchos días, pues se lo habría llevado la grúa obedeciendo a una orden de embargo de sus bienes. Y su antigua habitación no tenía ahora más valor para a que el sótano desocupado en que entonces vivía. Es más: el sótano se había convertido en su hogar. En su situación, cualquier agujero sería su hogar.
De regreso en el sótano, se sentó en la oscuridad y trató de pasar revista de nuevo a su situación, esforzándose por ordenar todos los hechos en clara progresión, con la esperanza de encontrar una salida lógica del abismo en que había caído. Pero hasta entonces no había encontrado aquella salida y la hilera de hechos se alzaba ante él como una valla que le impedía el salto.
Esta vez tampoco la encontró. Estaba atrapado y sólo tenía una salida: aquella última, desesperada y amarga salida que le conduciría a las cámaras donde su cuerpo sería congelado. Pero no deseaba acudir a aquella salida hasta que no tuviese más remedio que hacerlo. En su presente situación, si decidía congelar su cuerpo, resucitaría convertido en un pobre de solemnidad, más inerme ante su segunda vida que el miembro de una tribu de Africa central, o un peón de Sudamérica, o uno de los incontables parias que dormían en las calles de la India. Si continuaba vivo, tal vez de una manera u otra, no podía conjeturar cómo ni cuándo, tropezaría con una oportunidad o una situación que le proporcionase una mejora, por modesta que fuese, pero que al menos le daría cierta base sobre la que edificar su segunda vida.
Tal vez no pudiese llevar una vida opulenta ni propia de un millonario, pero al menos no tendría que hacer cola para que le diesen pan ni tiritar en las calles por falta de abrigo. En el mundo en que empezaría su segunda vida, sería preferible estar muerto a ser pobre.
Se estremeció ante la idea de lo que sería ser pobre en aquel rutilante mundo de riqueza, en aquel mundo en el que los hombres resucitarían para encontrarse con sus ahorros y sus intereses acumulados cientos de veces. Y esta clase de riqueza sería muy sólida, porque representaría a la misma Tierra. Cuando los accionistas del Centro de Hibernación despertasen a su segunda vida, todas las empresas y objetos materiales del planeta estarían representados en sus acciones. Los hombres que las poseyesen, con prudencia, seguirían enriqueciéndose. Y el hombre que no tuviese ninguna de esas acciones estaría perdido; quedaría condenado a ser un pobre por toda la eternidad.
Al pensar en ello, supo que aunque sólo fuese por esta razón, era impensable tirar la esponja y entregar su cuerpo a los técnicos en congelación.
Y tampoco lo haría por otro motivo: porque era esto lo que Marcus Appleton esperaba que hiciese.
Su mirada se perdió por la avenida del tiempo, y vio extenderse ante sí los días interminables, como árboles plantados al borde de la avenida. Pero no tenía otro camino ni otra salida que aquella ciega e interminable avenida que parecía no conducir a ninguna parte.
Pasó el día durmiendo y al anochecer salió para su acostumbrado vagabundeo.
Había caído ya la noche cuando penetró en el callejón para recoger el paquete puesto junto a los cubos de la basura. No lo vio y supuso que había llegado demasiado pronto. Su amigo aún no había salido.
Se retiró junto a la protección que le ofrecía el oscuro ángulo de un muro y se dispuso a esperar.
Un gato cruzó lenta y silenciosamente las sombras, con expresión alerta y ansiosa. Se detuvo y se agazapó para mirar fijamente a Frost. Después de decidir que no representaba un peligro, el minino se sentó sobre su cuarto trasero y empezó a acicalarse.
Se abrió entonces la puerta trasera del fonducho y un rayo de luz se clavó en la noche. Salió el viejo, con su delantal blanco destacándose claramente en la luz, con un cesto de basura apoyado en su cadera derecha, y el paquete de comida en la mano izquierda.
Frost se apartó de la pared y dio un paso hacia el callejón. Una detonación apagada resonó entre las sórdidas paredes y el hombre del delantal se enderezó espasmódicamente, echando la cabeza hacia atrás con el cuerpo en tensión. El cesto rodó por el suelo esparciendo su negro contenido.
Frost vio por un segundo el rostro del viejo, antes de que su cuerpo se desmoronase... una mancha blanca sobre la que se extendían ya las tinieblas, a partir de la línea de los cabellos.
El hombre del delantal quedó acurrucado en el pavimento y el cesto, que seguía rodando, se detuvo al chocar contra su cuerpo.
Frost dio otro paso hacia el callejón y se detuvo, tenso y alerta.
El gato había desaparecido. Nada se movía. No oyó gritos ni pasos.
El cerebro de Frost le gritó: ¡Es una trampa!
Un hombre abatido de un disparo en un callejón, posiblemente de un tiro en la cabeza (la sangre parecía bajarle por el rostro), lo cual excluía toda posibilidad de segunda vida, por lesiones irreparables en el cerebro.
Un hombre muerto en el callejón donde él estaba esperando, y, Frost estaba casi seguro, con una pistola tirada al suelo, no muy lejos de él.
Esto significaría pena de muerte para él. Ya no destierro, sino muerte definitiva... ni siquiera la muerte normal sino la cancelación de toda posibilidad de vida. Pues un hombre capaz de matar a sangre fría a un semejante suyo que le había socorrido en la desgracia, no podía esperar más que la muerte.
Y de poco serviría que él tratase de demostrar que no había matado al pobre viejo... sería lo mismo que si tratase de demostrar que no había cometido traición.
Giró sobre sus talones y miró a las paredes en ángulo, junto a las que se había ocultado.
Ambas eran de ladrillo y pertenecían a edificios de dos pisos, de una altura aproximada de diez metros. Pero en la que estaba más alejada del callejón, por lo visto existió en otros tiempos un cobertizo que se extendía sobre una puerta trasera. El cobertizo ya no existía, pero de la lisa pared surgían una serie de ladrillos formando una especie de V invertida, que sin duda había formado el soporte para las vigas de madera del cobertizo.
Frost dio tres zancadas y un tremendo salto. Sus dedos se cerraron en torno al ladrillo saliente inferior y por una décima de segundo creyó que éste iba a romperse o a soltarse por el peso de su cuerpo. Pero aguantó y él tendió entonces rápidamente su mano izquierda para aferrarse al segundo ladrillo y se izó con un esfuerzo, asiendo entonces con la derecha el tercer ladrillo, y así siguió ascendiendo, mano sobre mano, impelido por un pánico desesperado, con sus músculos dotados de una fuerza desconocida y con los nervios convertidos en un nudo de terror.
Cuando alcanzó el quinto ladrillo, pudo poner el pie en el inferior y esto le permitió seguir trepando por el muro con mayor rapidez. Puso los codos en la parte superior de éste, lo franqueó con rapidez y cayó de bruces sobre el techo. Así quedaba oculto a la vista del callejón por un saliente de medio metro de altura.
Se quedó allí tendido y jadeando por el esfuerzo realizado, con el cuerpo pegado al cemento de la techumbre, cuando oyó rápidos pasos en el callejón y gritos de horror.
Comprendió que no podía seguir allí. Tenía que alejarse de aquel lugar, no sólo de aquella techumbre y del callejón, sino del barrio. Cuando no le encontrasen en el callejón, registrarían los tejados y los edificios de ambos lados, y para entonces él ya tenía que estar a muchas manzanas de distancia.
Volvió la cabeza a un lado y miró por encima del techo. Una pequeña proyección situada sobre el nivel de la techumbre atrajo su mirada. Se arrastró hacia ella.
En el callejón, el vocerío había aumentado y con él se mezclaba el distante ulular del coche de rescate, que acudía haciendo sonar su sirena. Con extraordinaria celeridad, pensó Frost, pero de nada le serviría al hombre tendido en el callejón, si la bala le había destrozado el cerebro.
Llegó al pie de la proyección y vio que era una tapa de cierre cuadrada, hecha de madera y recubierta de metal, que al parecer cubría una trampilla.
Empezó a hurgar los lados con sus dedos, buscando un asidero, pero la tapa estaba muy apretada. Hizo fuerza con ambas manos, consiguiendo hacerla girar un poco. Continuó apretando y pareció que empezaba a alzarse. Apeló a todas sus fuerzas y de pronto la tapa se desprendió. Cuando alzó la trampilla, se preguntó qué encontraría en el piso inferior.
La levantó despacio y vio que la habitación interior estaba en tinieblas. Respiró, algo más aliviado, aunque sabía que aún no podía considerarse libre. ¿Y si hubiese alguien allá abajo? Lo mismo podía ser el desván de un almacén, que una vivienda.
Terminó de levantar la trampilla, y después se descolgó por la abertura. Permaneció sujeto al borde de ella durante un rato, con todo el cuerpo extendido. El lugar estaba a oscuras, aunque de algún lugar se filtraba un poco de luz. Su razón le dijo que debía de haber un piso bajo sus pies pero mientras permanecía colgado en el vacío, tenía la sensación de que iba a caer en un pozo.
Por último se dejó caer. Cosa de medio metro más abajo chocó con algo, que cayó estrepitosamente. Casi sin aliento, Frost quedó agazapado en el fondo, tratando de oír algo.
En el exterior, la sirena del coche de salvamento cesó de pronto de ulular. Oyó enérgicas voces de mando, pero no entendió lo que decían. En el lugar donde había caído reinaba el más absoluto silencio.
A medida que sus ojos se fueron acostumbrando a la semioscuridad, empezó a distinguir confusas siluetas. Una débil luz se filtraba en el lugar, que entonces vio que no era una habitación limitada por mamparas, sino todo el espacio de la segunda planta, provista de ventanas altas y angostas que daban a la calle.
Vio que se hallaba rodeado de mobiliario, sillas, armarios y mesas. Era la sala de exposición de un pequeño y mísero comercio de muebles.
Debía colocar de nuevo la trampilla en su lugar, pensó, porque si los que le buscasen la encontraban abierta, supondrían que por allí habría escapado. Pero le costaría hacerlo y le requeriría mucho tiempo. Tendría que encaramarse sobre algo para alcanzar la trampilla, tendría luego que colocar el cierre en posición, con la probabilidad de que éste no quedase como estaba antes.
No tenía tiempo que perder, se dijo. Tenía que estar fuera de allí antes de que se iniciase la caza a partir del callejón, que no tardaría en llegar a la calle de enfrente.
Avanzó a tientas por el lugar, hasta encontrar por último la escalera y bajó por ella a la planta baja.
Esta se hallaba mejor iluminada que el primer piso, pues por los escaparates entraba más luz.
Se acercó a la puerta, corrió el pestillo de seguridad, accionó la cerradura normal y entreabrió la puerta, mientras miraba a través del empañado cristal a la calle. Le pareció que ésta se hallaba desierta.
Terminó de abrir la puerta y se deslizó al exterior, ajustándola después pero sin cerrarla, pues tal vez necesitaría refugiarse de nuevo en la tienda sin pérdida de tiempo. Empezó a caminar muy arrimado a la pared del edificio y dirigiendo furtivas miradas hacia los dos extremos de la calle.
No vio a nadie.
Echó a correr, cruzó la calle, dobló la primera esquina y su carrera se convirtió en un paso rápido. Dos manzanas más allá se cruzó con otro viandante, pero éste pasó junto a él sin mirarlo siquiera. Circulahan algunos coches y él se ocultó en los oscuros zaguanes para dejarlos pasar.
Media hora más tarde empezó a creer que se hallaba a salvo, al menos por el momento.
A salvo, pero convertido de nuevo en un fugitivo.
Sabía perfectamente que no podía volver al sótano. Sin duda Appleton y sus hombres conocían aquel escondrijo, y debieron de mantenerlo bajo su vigilancia mientras preparaban la celada que intentaban tenderle, el golpe maestro que se proponía eliminar para siempre la amenaza que él pudiera representar para Appleton y Lane.
¿Y cuál sería esta amenaza?, se preguntó. ¿Qué había en aquel papel? ¿Y se encontraba verdaderamente éste entre los papeles que metió en el sobre que había entregado a Ann?
Sintió una punzada de pánico al pensar en el sobre y en Ann. Si Appleton sabía que ella tenía el comprometedor documento, o sospechaba tan siquiera que lo tenía, la joven corría un peligro mortal. El mismo que corrían todos cuantos tenían algo que ver con él. El viejo de la fonda se había limitado a realizar un acto de caridad con un desconocido pero esto le había costado la vida, pues cayó abatido de un disparo con el único y exclusivo fin de que su muerte sirviese para acarrear la del hombre al que había socorrido.
Appleton sabía sin duda que Ann había hablado con él. Probablemente fue la aparición de la joven en escena (tal vez indicio de que él se disponía a hacer algo), lo que precipitó su captura y su condena.
Pensó que quizás debiera advertirla, del modo que fuese. ¿Pero, cómo? ¿Con una llamada telefónica? No tenía ni siquiera dinero para una ficha. Sin contar con que esto sería indudablemente una estupidez, pues lo más probable era que ella tuviera su teléfono intervenido. Y además, sin duda, la vigilaban.
¿Ponerse en contacto con Chapman? Esto, además de ser peligroso para él mismo, lo sería también para el propio Chapman y Ann. Lo más probable era que Appleton supiese también que Chapman había ido a visitarle, y no se requería mucha imaginación para relacionar a Chapman con Ann.
Lo mejor que podía hacer, se dijo Frost, era permanecer alejado de ambos. Hubiera debido advertirles a los dos, pero esto sería más peligroso para ellos que dejarlos en la ignorancia.
¡Ojalá Ann no tuviese el dichoso papelito! Así no correría peligro. Pero la única manera de evitar que cayese en manos de Appleton y Lane, había sido confiárselo a ella. Era indudable que después que fue juzgado y condenado, incluso mientras el tribunal aún estaba reunido, su habitación habría sido cuidadosamente registrada, en un intento por localizar el documento.
¿Y cuál debía de ser su contenido? El recordaba haber visto sólo una línea. Se refería a hacer una lista de algo, o añadir algo a una lista. Por más que se esforzaba por recordar aquella sola línea, no lo conseguía.
Aquello no tenía sentido, se dijo. ¿Una lista? ¿Qué lista? ¿Y qué podía tener de importante una lista que solamente el simple temor de que él la hubiese leído había acarreado su desgracia y había hecho que fuese perseguido como un perro rabioso?
Todo había empezado por una estúpida equivocación... el error de un botones que dejó un dossier que no era para él sobre su mesa. Vino después su embarazosa devolución de la carpeta a Lane, seguida por sus explicaciones. Hubiera tenido que molestarse por segunda vez y devolver también el papel que había caído de la carpeta. Pero éste le pareció tan trivial y poco importante, que entonces creyó que no valía la pena hacerlo.
¡De qué sucesos tan insignificantes en apariencia depende a veces el destino de los hombres!, pensó.
Adoptó un paso firme y seguido, arrimándose en lo posible a la sombra de las paredes. Sabía que era esencial poner la mayor distancia entre él y el callejón donde el viejo había sido asesinado. Pero mucho antes de que amaneciese tenía que encontrar un escondrijo, una madriguera donde pudiera pasar las horas diurnas. Y cuando cayese la noche, debía continuar su fuga para interponer la mayor cantidad de tierra posible entre él y sus implacables perseguidores.
25
Dos viejos se encontraron en un parque para echar una partida de ajedrez.
—¿Te has enterado de las últimas noticias—dijo uno de los compadres al otro—sobre el Centro de Hibernación?
—Dicen tantas cosas—contestó el otro, colocando las piezas sobre el tablero—, que uno ya no sabe a qué carta quedarse. Figúrate que ahora dicen que si resuelven ese asunto de la inmortalidad, ya no tendremos ni que morirnos. Nos pondrán a todos en cola, del primero al último, nos pincharán en el brazo y volveremos a ser jóvenes y viviremos siempre. No te digo nada, amigo.
Su viejo compadre meneó dubitativamente la cabeza.
—No es eso a lo que me refiero. Lo que te voy a decir lo sé de muy buena fe, pues mi sobrino tiene un cuñado que trabaja en un laboratorio del Centro, y fue él quien se lo dijo. Te aseguro que más de cuatro se van a llevar una gran sorpresa.
—¿Qué sorpresa? —preguntó el otro, impaciente.
—Bien, acaso no sea ésta la palabra. Quizás no se sorprendan, al fin y al cabo. Es difícil sorprenderse cuando uno está muerto.
—Ya te vuelves a ir por las ramas—gruñó el otro—. ¿Por qué no desembuchas de una vez y sin rodeos?
—Hombre, te estaba preparando. Hay que empezar por las líneas generales.
—Pues a ver si lo sueltas y podemos empezar la partida.
—Pues parece ser—dijo por fin el otro—que han descubierto una especie de bacteria, me parece que es eso lo que dijo, que vive dentro del cerebro, y que sigue viviendo tan campante después que han congelado el cuerpo. Parece ser también que a esas bacterias no les molesta que el cerebro esté congelado, pues siguen viviendo, multiplicándose y comiéndose el cerebro.
—No lo creo—dijo su interlocutor—. He oído historias como ésta docenas de veces y puedo asegurarte, John, que todas ellas son solemnes paparruchas. No me sorprendería que fuesen los Santos quienes las ponen en circulación para desorientarnos. Pero vamos, hombre, si de verdad tuviésemos esas bacterias en la cabeza, ¿cómo es que no se nos comen el cerebro mientras aún estamos vivos?
—Pues esto es precisamente lo bueno del caso—repuso el llamado John—. Cuando estamos vivos, tenemos en el cerebro unas cosas que creo se llaman anticuerpos, que mantienen a esas condenadas bacterias a raya. Pero cuando el cerebro está congelado, ya no puede fabricarse anticuerpos y las bacterias campan por sus respetos. Te aseguro que hay miles de personas en las cámaras frigoríficas que ya no tienen cerebro: sólo un cráneo vacío abarrotado de bacterias.
26
Frost adoptó una decisión; para llevarla a efecto, tenía que robar un automóvil.
No le resultó fácil hacerlo. Tenía que encontrar un coche cuyo dueño hubiese olvidado por distracción las llaves en el contacto. Recordaba vagamente que se podía hacer un puente para arrancar el motor sin llaves de contacto, pero no sabía ni por dónde empezar. Además, le dominaba un miedo irracional a la electricidad, que le producía una gran repugnancia a tocar hilos conductores.
En la cuarta noche de su búsqueda, encontró un coche estacionado detrás de un supermercado con las llaves de contacto puestas. Reconoció los alrededores para asegurarse de que no había nadie que pudiese dar la alarma cuando se llevase el vehículo. Era muy probable, se dijo, que perteneciese a alguien que trabajaba hasta muy tarde en el supermercado. En la parte posterior de éste había unas ventanas iluminadas, pero estaban demasiado altas para que pudiese atisbar por ellas y ver quién se encontraba en el interior.
Se sentó ante el volante y puso el motor en marcha. Conteniendo el aliento, sacó despacio el coche del aparcamiento y bajó por la rampa hasta la calle. Cuando estuvo a una docena de manzanas de distancia, volvió a respirar.
Media hora después detuvo el coche y examinó las herramientas que contenía la maleta, tomando un pequeño destornillador. Cosa de un kilómetro más allá, en una zona residencial con las calles oscurecidas por hileras de grandes olmos, se detuvo junto a otro automóvil. Por medio del tacto, pues trabajaba sin luz, y haciendo el menor ruido posible, cambió sus placas de matrícula por las del coche aparcado, colocando a éste las del suyo.
Al alejarse, se dijo que tal vez era una pérdida de tiempo haber cambiado las placas, pero de todos modos dentro de unas horas alguien denunciaría el robo de su coche, y el cambio de placas quizás sirviese para embrollar un poco más las cosas y confundir su pista.
A aquella hora y en el extremo oeste de la ciudad apenas había tránsito. Durante las noches en que buscó un coche con las llaves puestas, se había ido desplazando lentamente hacia el oeste, hacia los límites de la ciudad, donde empezaban las regiones desiertas. En la primera noche de su huida del callejón, ya se dijo que tendría mayores probabilidades de ocultarse fuera de las grandes aglomeraciones humanas. La escasa población que había en las regiones salvajes se hallaba muy dispersa, y había grandes zonas, antiguamente tierras de cultivo, que ahora se hallaban cubiertas por la maleza. Y además, en el fondo de su espíritu abrigaba la insistente idea de que Appleton no le creería capaz de abandonar la ciudad.
No ignoraba que lejos de la ciudad se enfrentaría con graves problemas. En primer lugar, la comida. Pero sentía una vaga confianza, bastante infundada, que le decía que saldría adelante. Se aproximaba la estación de las frutas y las bayas, confiaba en capturar algún pez y quizás construir trampas para atrapar pequeños animales. Gracias a Ann, se hallaba bastante bien pertrechado. Llevaba constantemente en los bolsillos, por el temor a tener que abandonar de improviso su refugio del sótano, las chucherías que ella le había enviado: anzuelos y sedal, un encendedor con carga extra y piedras y mechas de recambio, un grueso cuchillo de bolsillo, unas tijeritas, un peine, un abrelatas (que de nada le serviría sin duda en aquellas salvajes regiones), y, por último, un pequeño botiquín. Estaba seguro de que con todo esto podría arreglárselas, aunque no sabía exactamente cómo.
Evitó pensar en otros problemas. Todo su afán consistía entonces en salir de la ciudad... y encontrar un
sitio donde no tuviera que estar huyendo y ocultándose constantemente, siempre bajo el temor de que alguien le reconociese y le denunciase.
La idea de huir a las regiones salvajes se formó en su mente durante la primera noche de su huida. Solamente después decidió irse mucho más al oeste de lo que al principio había pensado... en realidad, se puso como objetivo la vieja casa de campo donde había pasado sus vacaciones de niño. De momento se resistía a aceptar la idea, pues la superficie de su mente protestaba y le decía que era una estupidez, pero algo más profundo le impelió a terminar haciendo caso omiso de la prudente voz de la razón.
Durante las horas diurnas, mientras permanecía agazapado en sus escondrijos, se esforzaba por analizar las razones de aquel impulso que le llevaba en busca de los parajes de su infancia. ¿Sería tal vez una necesidad de identificarse con algo concreto? ¿Sería la necesidad anhelante, aunque no reconocida, de pisar un terreno familiar, de decir que estaba en un lugar conocido, lleno de recuerdos personales...? ¿Sería un intento de volver a las raíces, por endebles que éstas fuesen?
Lo ignoraba. No podía saberlo. Únicamente se percataba de que algo más poderoso que su sentido común le impulsaba hacia la vieja y abandonada alquería.
Y, finalmente, se dirigía hacia ella.
El viaje hubiera sido más corto si hubiese utilizado una de las grandes autopistas que partían de la ciudad en todas direcciones. Pero las evitó cuidadosamente, pues era demasiado arriesgado tomarlas. No podía exponerse a cruzarse con el tránsito que circulase por ellas.
No tenía mapas ni idea precisa de hacia dónde se dirigía. Lo único que sabía era que tenía que ir hacia el oeste. La luna se hundía por el cielo del oeste cuando encontró el coche y la luna se convirtió en su guía.
Durante más de una hora cruzó a través de barrios residenciales, que alternaban con pequeños centros comerciales. Empezó a encontrar entonces con mayor frecuencia grandes espacios abiertos situados entre pequeñas zonas pobladas. Se metió por una carretera, no una calle sino una carretera, estrecha y llena de baches, y se puso a seguirla.
La carretera terminó por convertirse en un mal camino sin asfaltar, cubierto de una espesa capa de polvo. Las casas fueron escaseando, hasta faltar casi por completo. Contra el cielo se recortaban boscosas colinas.
Al llegar a lo alto de una larga loma pelada que el camino ascendía describiendo numerosas curvas y recodos detuvo finalmente el coche y salió de él, para mirar hacia atrás.
Extendiéndose hacia el este, el norte y el sur, hasta allá donde la vista alcanzaba, vio las luces de la ciudad que acababa de abandonar. Frente a él sólo había oscuridad, sin una sola chispa de luz.
Permaneció en lo alto de la loma, llenándose los pulmones de aire fresco que aspiraba profundamente... un aire que ya le traía el frío y la pureza de las tierras vírgenes, mezclados con el aroma del pino y la hierba... Finalmente lo había conseguido. La ciudad quedaba a sus espaldas.
Volvió a meterse en el coche y continuó. El camino no se hacía mejor y su velocidad era muy reducida, pero seguía siendo un camino y le llevaba en derechura al oeste.
Al amanecer lo abandonó, atravesando una cuneta poco profunda, metiéndose con el coche en un antiguo campo de labranza cubierto de hierbajos y maleza, para detenerse finalmente al amparo de un robledal.
Salió del coche y se desperezó, sintiendo la garra del hambre en sus entrañas. Pero esta mañana, se dijo, por primera vez en muchas semanas, no tendría que acurrucarse en un escondrijo.
27
Después de una hora de espera, Ann Harrison fue recibida por Marcus Appleton.
Este se mostró afable. Sentado ante su mesa parecía un próspero y activo hombre de negocios.
—Me alegro mucho de verla, Miss Harrison—le dijo a guisa de salutación—. He leído muchas cosas sobre usted. Según creo, acerca de las objeciones que usted presentó en un juicio.
—Pero que sirvieron de muy poco para mi cliente —observó Ann.
—Sin embargo, creo que hizo bien en presentarlas. Gracias a esa clase de objeciones se van perfilando las leyes.
—Le agradezco el cumplido—dijo Ann—. Si es que debo tomarlo como un cumplido...
—Oh, sí—repuso Appleton—. Y de los más sinceros. ¿Y ahora, si me permite, puedo preguntarle a qué debo el placer de su visita? ¿En qué puedo servirla?
—Para empezar —dijo Ann— podría dejar de interferir mis teléfonos. Y después, podría ordenar a sus esbirros que dejasen de seguirme. Y por último, podría decirme qué se propone.
—Pero, mi querida señorita...
—Puede ahorrarse el aliento—le dijo Ann—. Sé que tiene mi teléfono intervenido. Quizás desde la central. Tengo preparadas ya sendas querellas contra usted y la Compañía Telefónica, por allanamiento de mi intimidad y la intimidad de mis clientes, que es mucho más importante que la mía propia, y...
—No conseguirá usted nada—dijo Appleton, abandonando bruscamente su tono cortés.
—Pues yo creo que sí —repuso Ann, flemática—. Cualquier tribunal aceptará mi demanda, pues se trata de una flagrante violación del secreto profesional de un jurisconsulto, y una intromisión entre las relaciones de éste con sus clientes. Como usted comprenderá, esto constituye un atentado contra los mismos fundamentos de la justicia.
—No tiene usted pruebas.
—Permítame discrepar—contestó Ann—. Prefiero no discutir este asunto. Pero aunque las pruebas que poseo no se considerasen suficientes, y creo que lo son, sigo convencida de que el tribunal ordenaría que se abriese una investigación para comprobar mis acusaciones.
—¡Esto es absurdo! —estalló Appleton—. Los tribunales no tienen tiempo ni ganas de investigar todas las necias acusaciones que el primer desocupado les exponga.
—Todas, tal vez no. Pero una acusación de esta clase...
—Lo único que conseguirá con eso —dijo fríamente Appleton—será que la expulsen del Colegio de Abogados.
—Quizás esto ocurriese—dijo Ann—si usted tuviese a los tribunales en su poder tan completamente como usted supone. Pero no creo que le obedezcan hasta tal punto.
Appleton barbotó:
—¡Que yo poseo los tribunales!
—Los tribunales y la prensa—añadió Ann tranquilamente—. Pero usted no posee los rumores. Estos escapan a su control. Y si los tribunales tratasen de amordazarme y la prensa guardase silencio, aún así circularían rumores. Créame, Mr. Appleton, yo trataría de que se formase un escándalo mayor de lo que usted puede imaginar.
Appleton dejó de farfullar.
—¿Conque ahora me amenaza, eh? —dijo con una voz tan fría que casi era chillona.
—Oh, yo no me rebajo a eso—repuso—. Aún tengo fe en la justicia que se administra en este país. Aún creo en la imparcialidad de los tribunales. Y creo también que no ha conseguido poner el bozal a todos los periódicos.
—Por lo visto, tiene usted una opinión muy baja del Centro de Hibernación.
—Así es, en efecto—repuso ella—. Se lo han anexionado todo. Han suprimido todo lo que les molestaba. Han detenido el progreso. Han convertido a los seres humanos en borregos. Aún existen gobiernos, pero no son más que simples fantasmones que saltan así que ustedes levantan un dedo. Y a cambio de todo esto aseguran ofrecernos algo, y, en efecto, nos lo ofrecen, pero a un precio fabuloso.
—De acuerdo—dijo él, recobrando en parte su compostura—. Suponiendo que sea verdad lo de sus teléfonos y nosotros dejásemos de interferirlos, y ordenásemos a los que usted llama nuestros esbirros que dejasen de seguirla, ¿qué más querría que hiciésemos?
—Sé, por supuesto—prosiguió Ann—, que no harán ninguna de estas cosas. Pero si las hiciesen, aún podrían hacer otra. Usted sabe mejor que yo de qué se trata.
—Miss Harrison —dijo Appleton—, voy a ser tan franco con usted como usted lo ha sido conmigo. Si le hemos prestado una atención excesiva es porque sentimos curiosidad acerca de sus relaciones con Daniel Frost
—No tengo la menor relación con él. Sólo le he visto una vez.
—¿Fue usted a visitarle?
—Fui a pedirle su ayuda para un cliente mío.
—¿Para ese Franklin Chapman?
—Le agradecería que no emplease ese tono despectivo para referirse a él. Chapman fue condenado de acuerdo con una ley anticuada y excesivamente rigurosa, que forma parte integrante de esta terrible época de frenética desesperación que el Centro de Hibernación ha impuesto al mundo.
—¿Pidió usted a Frost que ayudase a Chapman?
Ella hizo ademán afirmativo
—Me dijo que nada podía hacer, pero que si más adelante se le presentaba ocasión de ayudar a mi cliente, lo haría con mucho gusto.
—Entonces, Frost no es cliente suyo.
—No.
—¿Le dio un papel?
—Me entregó un sobre cerrado. Ignoro su contenido.
—¿Y a pesar de eso, sigue afirmando que no es su cliente?
—Mr. Appleton, como ser humano, él me confió un sobre, considerándome otro ser humano como él. Es así de sencillo. No hace falta que le busquemos complicaciones.
—¿Y dónde está ese sobre?
—Vaya —repuso Ann, mostrando cierta sorpresa—, ¿no lo tiene usted? Algunos de sus hombres pusieron mi bufete patas arriba. No sólo eso, sino también el piso donde vivo. Estaba segura de que se lo habrían entregado. Si usted no lo tiene, no sé dónde puede estar.
Appleton se quedó muy quieto y se puso a mirarla fijamente, sin tan siquiera parpadear.
—Miss Harrison —consiguió articular por último—, es usted el pez más frío que me he echado a la cara.
—Estoy acostumbrada a meterme en la boca del lobo —repuso Ann—. Los lobos no me dan miedo.
Appleton hizo un gesto vago con la mano, y agregó:
—Usted y yo hablamos el mismo lenguaje. Vino a hacer un trato conmigo, ¿no?
—Vine a pedirle que me dejase en paz—contestó ella.
—Deme el sobre, y Frost volverá a ocupar su empleo con todos los honores.
—La sentencia anulada—dijo ella con acritud—. Los tatuajes borrados. Sus bienes y su empleo, devueltos. Sus recuerdos borrados de su mente y los rumores aplacados.
Él hizo un gesto de asentimiento.
—Podríamos hablar de ello.
—Hombre, qué amable es usted—dijo ella—. Con lo fácil que le resultaría matarme.
—Usted nos toma por monstruos, Miss Harrison—dijo Appleton en tono compungido.
—Pues claro que sí.
—¿Y del sobre, qué?
—Supongo que es usted quien lo tiene—replicó Ann.
—¿Y si yo no lo tuviese?
—En ese caso, no sé dónde está. Aunque todo esto no nos lleva a ninguna parte. Yo no vine aquí para hacer lo que usted llama un trato.
—¿Pues a qué ha venido?
Ella movió la cabeza.
—Yo no tengo autoridad para eso. Cualquier clase de trato tiene usted, que hacerlo con Daniel Frost.
—Pues vaya y dígaselo.
—Sí—repuso ella con tono festivo—. Eso mismo es lo que voy a hacer.
Appleton se inclinó hacia adelante con presteza algo excesiva, como si no quisiera demostrar su interés, pero no pudiera controlarse.
—Pues hágalo en seguida—le dijo.
—Me disponía a añadir que con mucho gusto se lo diría, si conociese su actual paradero. Realmente Mr. Appleton, estamos perdiendo el tiempo. A mí este asunto no me interesa y dudo que a Mr. Frost le interese más que a mí.
—Pero él...
—El sabe tan bien como yo—le interrumpió Ann— que no puede confiar en usted.
Se levantó de la silla y se dirigió a la puerta. Appleton se puso desmañadamente en pie y salió de detrás de la mesa.
—Respecto a la otra cuestión... —dijo.
—He decidido presentar esas demandas —le informó Ann—. La verdad, yo tampoco confío en usted.
Mientras bajaba en el ascensor, la asaltaron sus primeras dudas. ¿Qué había conseguido en realidad?, se preguntó. En primer lugar, había puesto a Appleton sobre aviso, informándole de que ella sabía que la vigilaba. Y por otro lado había descubierto que él estaba tan a oscuras como ella acerca del actual paradero de Daniel Frost.
Cruzó el vestíbulo y salió al aparcamiento. Esperándola junto a su coche estaba un hombre alto, huesudo y de pelo canoso. Mostraba una barba de ocho días, también entrecana.
Cuando la vio acercarse, abrió la portezuela y dijo:
—Miss Harrison, usted no me conoce pero soy un amigo y usted necesita un amigo. Sé que ha ido a ver a Appleton y...
—Por favor —dijo Ann—. Se lo ruego, déjeme en paz.
—Soy George Sutton—respondió el hombre alto, sin pestañear—, y pertenezco a esa sociedad que llaman los Santos. Appleton daría su mano derecha por capturarme. Soy un Santo desde mi nacimiento y lo seré hasta que muera. Si no me cree, vea esto.
Se desabrochó la camisa y señaló con el índice su costado derecho.
—No tengo cicatriz—dijo—. Nunca me pusieron un trasmisor.
—La cicatriz puede haberse borrado.
—Se equivoca usted—repuso él—. La incisión siempre deja una cicatriz. A medida que uno crece, hay que implantar nuevos trasmisores. Como usted sabe, el definitivo se implanta alrededor de los veinte años.
—Métase en el coche—le dijo ella en tono tajante—-. Así de pie llamamos demasiado la atención. Pero si no es un Santo...
—Tal vez piensa que estoy al servicio del Centro. Me considera. ..
—Vamos, suba—le ordenó ella.
Salieron a la calle y el coche fue engullido prontamente por la densa circulación que seguía el río.
—Vi a Daniel Frost —dijo Sutton— en su primera noche de ostracismo. Uno de mis hombres lo trajo a nuestro refugio y pude conversar con él...
—¿Y qué le dijo usted?
—Muchas cosas. Hablamos de nuestra campaña de propaganda y él más bien la criticó. Yo le pregunté si leía la Biblia y si creía en Dios. Nunca dejo de hacer estas dos preguntas. Señorita, me hace usted una pregunta muy extraña... ¿qué tiene que ver de qué estuvimos hablando? ¿Qué importa eso ahora?
Se lo pregunto porque sé algo de lo que hablaron.
—¿Así, le ha visto usted después de eso?
—No, no le vi.
—Había otro hombre...
—Ese fue—repuso Ann—. Dan le dijo que usted le había hecho esas preguntas sobre la Biblia y Dios.
—Eso la tranquilizará respecto a mí.
—No sé—dijo ella con voz tensa—. Supongo que sí, aunque no puedo asegurarlo. Todo esto ha sido una verdadera pesadilla. Moverse a ciegas, sabiéndome observada... Supe desde el primer momento que me vigilaban; los vi. Y estoy segura de que mi teléfono estaba intervenido. Pero no me resigné a esta situación. No podía estar mano sobre mano, y por eso me fui a ver a Appleton. Pero usted... ¡usted también me ha estado vigilando!
Sutton inclinó afirmativamente la cabeza.
—A usted, a Frost y a ese otro hombre... a Chapman. Señorita, nosotros no nos limitamos a pintar frases subversivas en las paredes, sino que hacemos muchas otras cosas. Luchamos contra el Centro de Hibernación, con todos los medios a nuestro alcance.
—¿Y eso, por qué?
—Porque no sólo son nuestros enemigos, sino que son los enemigos de todo el género humano. Nosotros somos los últimos restos de la antigua humanidad. Somos su movimiento de resistencia. Ellos nos han impulsado a la clandestinidad.
—Lo que deseo saber es por qué nos vigilan.
—Esto no se puede separar de aquello. Pero lo hacemos también porque podemos ayudarles. Asistimos al asesinato del pobre viejo de la fonda. Nos disponíamos a acudir en ayuda de Frost, pero éste no la necesitó.
—¿Y saben dónde está ahora?
—No. Únicamente sabemos que robó un coche. Esto nos hace suponer que salió de la ciudad. Hemos perdido su rastro, pero la última vez que le vimos se dirigía al oeste.
—¿Y usted suponía que yo conocería su paradero?
—Pues verá, no, no lo considerábamos probable. Y no nos hubiéramos puesto en contacto con usted si no hubiese ido al Centro de Hibernación.
—¿Pero eso qué tiene que ver? Supongo que tengo derecho...
—Claro que tiene usted derecho. Pero ahora Appleton sabe que usted sabe que la vigila. Mientras se hacía la loca y no dijo nada, estaba segura.
—Eso quiere decir que ahora no lo estoy.
—Usted sola no puede luchar contra el Centro de Hibernación—prosiguió Sutton—. Es una lucha imposible. Un día sufriría un accidente, tendría una desgracia... No sería la primera vez que ocurre.
—Pero yo tengo algo que él desea.
—No algo que él desee, sino más bien algo que él no desea que nadie más tenga. La solución es muy sencilla. Eliminado Frost y eliminada usted, se encontrará a salvo.
—¿Así, está usted enterado de este asunto?
—Señorita—contestó Sutton—, sería un solemne imbécil si no dispusiese de fuentes de información en el Centro.
Efectivamente, así era, pensó ella. No se trataba de una partida vulgar de fanáticos, ni un grupo de muchachos dedicados a embadurnar las paredes, sino un verdadero ejército clandestino de rebeldes, perfectamente organizado y disciplinado, que desde hacía muchos años, trabajando en la sombra con decisión y osadía, habían causado más quebraderos de cabeza al Centro de Hibernación de lo que el público en general suponía.
Pero se hallaban condenados al fracaso, pues nadie podía oponerse a la fuerza y al poder de una estructura, de un centro que era el verdadero dueño del mundo y que, además, ofrecía a las masas la promesa de la vida eterna.
Aunque era natural que en el interior de aquella gigantesca estructura proliferasen los espías. No sólo de los Santos, sino de cualquiera que pudiera beneficiarse de ellos. Y con la codicia originada por la acuciante necesidad de amasar una fortuna en previsión de la segunda vida, siempre habría gente dispuesta a venderse al mejor postor.
—Supongo que tendría que darle las gracias —dijo Ann.
—No hace falta.
—¿Dónde quiere que lo deje?
—Miss Harrison—dijo Sutton—, tengo algo más que decirle y le agradecería que me escuchase.
—Le escucharé con mucho gusto.
—Ese papel que usted tiene...
—De modo que usted también lo quiere.
—Si algo le ocurriese a usted, si...
—No siga —le atajó Ann—. Este papel no es mío. Pertenece a Daniel Frost.
—Pero si se extraviase... ¿No comprende usted que es un arma? No conozco su contenido, pero nosotros...
—Le entiendo. Ustedes se valen de todas las armas posibles. Las que sean. No importa cómo las consiguen. No importa lo que sean.
—No es precisamente un cumplido, pero no anda usted muy equivocada.
—Mr. Sutton—dijo Ann—, voy a acercarme al bordillo. No pararé, pero aminoraré la marcha. Y le ruego que se apee.
—Como usted guste.
—Se lo ruego—dijo ella—. Y le ruego también que me dejen en paz. Ya tengo bastante con un espía que siga mis pasos. Dos, es demasiado.
Había cometido un error, se dijo, yendo a ver a Marcus Appleton. Dijera lo que dijese, aquel asunto no podía resolverse ante un tribunal. Y tirarse un farol, por convincente que resultase, era algo que a la larga traía malas consecuencias Por lo visto, había poderosos intereses en juego y demasiadas personas implicadas en aquellos acontecimientos. Era imposible esquivarlas a todas.
De momento, sólo podía hacer una cosa. No debía regresar a su bufete ni a su residencia. No había duda de que el cerco se estrecharía a su alrededor, pero si no perdía la cabeza, aún podría zafarse de su mortal abrazo.
Aminoró la marcha del automóvil y Sutton saltó pesadamente a la acera.
—Gracias por llevarme—le dijo.
—De nada—contestó ella, incorporándose de nuevo a la lenta circulación.
Llevaba algún dinero en el bolso, junto con sus tarjetas de crédito, y no había razón alguna para que volviese a su casa.
Estaba en un brete, pensó para sus adentros. Aunque en realidad no era bien así. Iba en busca de alguien, no huyendo de alguien.
¡Dios quiera que aún se encuentre bien!, rogó interiormente.
28
Frost se había desviado muy al sur de Chicago. Una mañana distinguió desde muy lejos las torres y bloques de mampostería, desdibujados por la bruma y la distancia, que se alzaban junto a la orilla inferior del lago. Se encontraba ya al oeste del mismo y se dirigía hacia el norte, siguiendo constantemente las estrechas y serpenteantes carreteras antiguas. A veces se convertían en un mal camino o se hacían impracticables, y entonces se veía obligado a dar media vuelta y a rehacer el camino en busca de otra de las primitivas carreteras cubiertas de hierba que le llevasen en la dirección deseada.
Todo el viaje desde la costa este fue así, y su avance había sido muy lento. Aunque nada le obligaba a tener prisa. Tanto le daba ir a un sitio como a otro, solía repetirse. En realidad, no tenía punto de destino fijo; el que se había asignado no era más que una fantasía cargada de emoción, desprovista de significado y propósito reales Aquel acogedor refugio no era más una ilusión: cuando llegase a él lo encontraría tan inhóspito y vacío como cualquier lugar a lo largo de las carreteras que había recorrido. Pero aunque lo sabía, seguía avanzando hacia él, impulsado por un íntimo anhelo que no lograba entender.
Se tropezó con muy pocas personas. Las regiones que atravesaba estaban casi despobladas. De vez en cuando encontraba una familia que vivía de cualquier manera—hubiera sido mejor decir que acampaba—en alguna casa de labor abandonada. Otras veces cruzaba pequeñas aldeas aún habitadas por algunas familias, que se negaban tercamente a integrarse en el éxodo definitivo de la población hacia las grandes urbes, y que seguían vegetando en un pequeño núcleo de población rodeado por construcciones abandonadas y en ruinas, que en otros tiempos albergaron a una próspera y floreciente comunidad.
Otras veces pasaba frente a estaciones de salvamento y rescate con los vehículos y los helicópteros preparados en sus rampas, dispuestos a salir instantáneamente en busca de un cuerpo, cuando el monitor alojado en el edificio indicase que había dejado de recibir la señal de un trasmisor, lo cual indicaría que un corazón había dejado de latir; inmediatamente daría con la mayor precisión las coordenadas geográficas del trasmisor parado.
En aquellas estaciones debían tener muy poco trabajo, se imaginaba Frost, porque a causa de la escasísima población de aquellas regiones, debían de pasar meses sin que se registrase un sólo fallecimiento dentro de la zona cubierta por la estación. Pero aún así, e incluso en aquellas zonas donde durante largos períodos de tiempo quizás no hubiese más señales que las emitidas por algún viajero ocasional, las estaciones se hallaban siempre dispuestas, para el caso de que dentro de su radio de acción alguna vida se extinguiese.
La verdad era que a pesar de lo que dijese, a pesar de los rumores y de las críticas, el Centro de Hibernación seguía manteniendo encendida la antorcha de la antigua fe, y mantenía aún la tradición de servicio al público implícita en el mismo propósito que animó su fundación. Así era como tenía que ser, se dijo Frost sin poder contener su orgullo. Pues la fe era el único cimiento sólido sobre el que podía edificarse una estructura social.
Las carreteras que recorría no le permitían hacer muchos kilómetros diarios. La necesidad de encontrar alimentos aún retrasaba más su progresión. Recorría los campos en busca de bayas y recogía frutos, muchos de ellos aún en agraz, en los raquíticos árboles que aún sobrevivían en antiguos huertos. Era más afortunado con la pesca, que practicaba en los riachuelos que encontraba a su paso y en algunos ríos. Se hizo un arco con una fuerte rama de nogal y, aguzando varas de fresno, se fabricó varias flechas, y luego se pasó varias horas tratando de aprender el manejo de su primitiva arma. Pero el arco y las flechas no le compensaron el tiempo invertido en su construcción. Obra de sus manos inexpertas, el arco resultó un arma de muy poca precisión. El único animal que consiguió cazar con él fue una vieja marmota, de carne dura y correosa, aunque carne al fin y al cabo, y la primera que había probado en muchas semanas.
En una granja abandonada encontró una cacerola bastante oxidada, pero aún intacta. Pocos días después, cuando se hallaba de caza a orillas de un estanque de aguas cubiertas de espuma, capturó una tortuga que se había alejado demasiado del agua, y la mató y la puso a hervir en la cacerola. La sopa le hizo hacer algunas muecas, pero era sustanciosa y esto era lo que importaba.
Empezó a dominarle una sensación de paz. Ya no tenía que ocultarse ni correr; avanzaba tranquilamente por una larga y serpenteante avenida de tiempo tranquilo. Cuando encontraba un lugar que le gustaba, acampaba en él durante varios días para dedicarse a descansar, a la pesca, a nadar, a la recolección y a comer. Trató de ahumar alguno de los pescados que capturó, para disponer de una reserva de víveres por si venían malos tiempos. El intento terminó en un fracaso.
Ya no volvía la cabeza para mirar el camino recorrido. Era indudable que Marcus Appleton no había renunciado a darle caza, pero lo más probable era que todavía creyese que su presa se ocultaba en la ciudad. El robo del coche debió haber sido denunciado hacía tiempo, y el automóvil por el que cambio las placas de matrícula posiblemente había sido descubierto, pero era imposible atribuirle el robo a él, de eso estaba seguro. No era fácil identificar y recuperar un coche robado, porque todos los coches eran iguales, fabricados todos ellos por una sola compañía que ya no se preocupaba, al no existir competencia ni demanda superior a la oferta, en cambiar de modelo todos los años... ni siquiera cada diez o cada veinte años.
Todos los automóviles eran de serie, y reunían determinadas especificaciones comprobadas por la experiencia. Todos eran utilitarios, es decir, pequeños, a fin de ocupar menos espacio. Todos estaban impulsados por baterías eternas... todos eran silenciosos, no despedían humos por el escape, su velocidad máxima era reducida y tenían el centro de gravedad muy bajo. Era el tipo de coche más adecuado para circular por las calles atestadas, que era donde más se utilizaban. Además todos se hallaban provistos de dispositivos de seguridad destinados a proteger a sus ocupantes.
Chicago había quedado bastante atrás y él continuaba hacia el norte. El día que llegó junto al río, supo exactamente dónde estaba. El viejo puente de hierro, rojo de orín, aún cruzaba la corriente y hacia el este distinguió las grises y decrépitas ruinas de una aldea desierta; al oeste, poco después del puente, había un antiguo camino que flanqueaba el río y discurría entre el agua y los contrafuertes de caliza, cubiertos de árboles.
Poco más de treinta kilómetros, pensó... treinta kilómetros y estaría en casa. Aunque, se dijo al pensarlo, sabía muy bien que no era su casa, ni nunca lo había sido. Era únicamente un sitio familiar, un lugar que recordaba de su infancia.
Hizo girar el coche a la derecha y embocó la carretera del río, en realidad un camino estrecho con profundas roderas entre las que crecía una faja de hierba, con los árboles tan cerca por uno de sus lados que sus ramas rozaban la carrocería.
Cien metros más allá los árboles cesaban y ante él se abrió un pequeño prado, que probablemente en otros tiempos había sido un trigal o unos pastos. Después del prado recomenzaban los árboles y los arbustos. A muy corta distancia de allí, en la ladera de la colina, se veían unas cuantas construcciones rurales muy deterioradas, entre las que crecía la hierba y la maleza.
En el centro del claro, casi tocando al camino, había un campamento formado por un círculo de tiendas sucias y remendadas. Finas volutas de humo azulado se elevaban de algunos fuegos sobre los que pendían cacerolas. Tres o cuatro automóviles destartalados y enmohecidos estaban junto a las tiendas, y por el prado pastaban unos animales que debían de ser caballos, según conjeturó Frost, ya que no había visto jamás uno. Vio también perros y personas, que se volvieron, todos a una, para mirarle. Algunos empezaron a correr hacia él, llamándose unos a otros con agudos gritos de triunfo.
Le bastó un breve instante a Frost para comprender que había topado con una partida de Holgazanes, una de aquellas extrañas y perversas tribus que vagaban por la campiña y constituían aquel mínimo porcentaje de vagos y maleantes que en el transcurso de los años había resistido todos los intentos por integrarlos en la estructura económica de la sociedad. En realidad era muy pocos, pero él había tenido la desgraciada ocurrencia de tomar aquel camino, que le condujo indefectiblemente en derechura hacia ellos.
Se disponía a parar el coche cuando cambió de idea y aceleró, aumentando la velocidad con la esperanza de cruzar frente al campamento, antes de que aquella horda llegase a la carretera para interceptarla.
Por un momento pareció como si fuese a lograrlo, porque había dejado ya atrás al grupo mayor de hombres vociferantes. Mirando por la ventanilla hacia un lado, vio sus rostros barbudos, sucios y crispados, sus bocas abiertas para gritar y sus labios contraídos mostrando sus dientes.
Pero de pronto la oleada de cuerpos se abalanzó sobre el coche, chocó contra él impetuosamente, sacudiéndolo de manera alarmante, sacándolo de las roderas, y después levantándolo lentamente por un lado, mientras las dos ruedas opuestas, aún en contacto con el suelo, seguían impulsándolo un poco. Pero cuando llegaron los que habían quedado rezagados, empujaron todos a una, sin dejar de vociferar, y lo volcaron.
El coche cayó de costado sobre el suelo y resbaló un trecho, vibrando. Alguien abrió la portezuela de un tirón y por ella se introdujeron varias manos, que tiraron de Frost hacia arriba. Una vez lo hubieron sacado del vehículo, lo arrojaron al suelo. El se incorporó lentamente y se puso en pie. Los Haraganes le rodeaban como una manada de lobos, pero la furia parecía haber desaparecido de sus rostros y en ellos sólo se pintaba una expresión burlona.
Un hombre situado en primera fila le señaló con un gesto de suficiencia.
—¿Qué amable ha sido este caballero—dijo en son de mofa—de venir a entregarnos un coche? Con la falta que nos hacía. Los nuestros están tan viejos, que ya no hay quién los ponga en marcha.
Frost no contestó. Paseó su mirada por el semicírculo de caras y vio que todos aquellos rufianes se reían y se burlaban de él. Entre ellos había algunos niños, mozalbetes desgarbados que le hacían muecas de mofa.
—Los caballos no están mal—comentó un tipo con el labio inferior colgante— pero no admiten comparación con los automóviles. No corren tanto como ellos y es una lata tener que cuidarlos.
Frost continuó en silencio, principalmente porque no sabía lo que sería más prudente decir. Era evidente que aquella gentuza quería quedarse con el coche y nada podía hacer por impedirlo, pensó. Ahora todos reían, por su buena suerte y a sus expensas, pero comprendió que si decía algo inoportuno, las cosas podían ponerse feas para el.
—Padre—gritó una aguda voz juvenil—, ¿qué lleva este hombre en la frente? ¿Qué es esa señal roja que tiene? ¿Qué es eso, padre? Se produjo un súbito silencio. Las risas cesaron. Los rostros de los hombres adquirieron una expresión torva.
—¡Es un exiliado! —gritó el del labio colgante—. ¡Amigos, este hombre ha sido condenado al ostracismo!
Frost giró con serenidad sobre sus talones y dio un tremendo salto. Asió con las manos el lado superior del coche y, con un solo impulso, saltó sobre él. Cayó de pie al otro lado, tropezó, y vio al grupo de Haraganes avanzando hacia él por ambos lados del coche. Empezó a correr dando traspiés y vio que no tenía escapatoria. Ante él se extendía el río y los Haraganes le cerraban el paso por ambos lados. Volvieron a oírse gritos y carcajadas, pero eran unas risas malévolas, como aullidos de hienas histéricas.
Algunas piedras pasaron silbando junto a él, hundiéndose en el suelo o rebotando entre la hierba, y él agachó la cabeza para protegerla, pero una pedrada le alcanzó en la mejilla, y el golpe repercutió en todo su cuerpo, haciéndole parecer por un instante que le habían arrancado la cabeza, por el intenso dolor que sintió en la mandíbula y el cráneo. Se elevó una niebla del suelo, que oscureció su visión, y sintió que caía hacia ella. De pronto, sin darse cuenta de lo que pasaba, se encontró tendido en el suelo, y vio unas manos que se le tendían con avidez, para levantarlo y llevárselo.
A través de la neblina que llenaba su mente y el vocerío ensordecedor que le rodeaba, se abrió paso una poderosa voz ronca, que se impuso a todas las restantes:
—Esperad un momento, muchachos—rugió—. No le echéis al agua así. Seguro que se ahogará si no le quitáis los zapatos.
—Pues es verdad —gritó otra voz—. Démosle una posibilidad por lo menos. A descalzarlo.
Notó que tiraban de sus zapatos y que se los quitaban. Trató de gritar pero sólo consiguió emitir un sonido ronco.
—Los pantalones se le empaparán de agua—gritó el hombre de la voz de trueno.
Y otro añadió:
—Los del rescate ni siquiera podrán pescarlo si se ahoga.
Frost se debatió desesperadamente, pero eran demasiados los que le sujetaban y apenas pudo luchar cuando le quitaron los pantalones, la chaqueta, la camisa y sus restantes prendas.
Entonces le asieron dos hombres por los pies y dos por los brazos, mientras otro vociferaba:
—¡A la una... a las dos... y a las tres!
Cada vez que contaban lo balanceaban con más impulso, y al llegar a tres lo soltaron y salió volando hacia el río, tan desnudo como cuando vino al mundo, y vio como las aguas del río subían a su encuentro.
Cayó en ellas con las piernas y los brazos abiertos, y la líquida superficie le golpeó como un puño doblado. Se hundió debatiéndose desesperadamente, rodeado por las frías aguas azul verdosas. Haciendo un esfuerzo, consiguió volver a la superficie y empezó a mover manos y pies, más por instinto que deliberadamente, para mantenerse a flote. Chocó contra algo duro y extendió un brazo para evitarlo, pero notó en su piel la aspereza de la madera. La rodeó con un brazo y comprobó que flotaba y le sostenía: era un tronco de árbol, que la corriente arrastraba a la deriva. Lo rodeó entonces con los dos brazos y se apoyó en él. Sintiéndose más seguro, miró entonces hacia atrás.
En la orilla del río los Haraganes saltaban y brincaban en una grotesca danza guerrera, gritándole cosas que no entendía mientras uno de ellos, al extremo del brazo levantado, blandía sus pantalones como si fuesen la cabellera arrancada a un enemigo.
29
En algún momento de aquella noche el viento volvió a derribar la cruz.
Ogden Russell se incorporó para frotar sus ojos llenos de sueño.
Después se sentó en la arena y se quedó mirando a la cruz caída. Esto ya pasaba de la raya, pensó. Aunque ahora ya debía estar acostumbrado a ello. Había hecho lo imposible por mantener la cruz erguida. Había recogido troncos arrastrados por el río para apuntalarla. Había encontrado piedras en la orilla y, apelando a todas sus fuerzas, consiguió arrastrarlas por la arena hasta formar con ellas un círculo al pie de la cruz. Cavó hoyo tras hoyo para plantarla y empleó un grueso tronco para apisonar fuertemente la arena que rodeaba su base.
Pero todo fue inútil.
Todas las mañanas, al despertar, encontraba la cruz caída.
¿Y si acaso esto fuese, se preguntó, un signo persistente de que no encontraría el consuelo y la fe que buscaba, y que más valía que abandonase su búsqueda? ¿Y si fuese una prueba a que le sometía el Cielo, para saber cuál era su temple y si era digno de obtener lo que buscaba?
En este caso, ¿qué pecados había cometido? ¿Cuáles habían sido sus fallos?
Se había pasado muchas horas de rodillas, abrasado por el cálido reflejo del sol en las aguas del río y en la arena, hasta que su cuerpo se cubrió de horribles llagas. Había llorado, rezando e invocando al Señor hasta que las piernas se le agarrotaron por falta de circulación y su voz enronqueció. Había practicado interminables ejercicios espirituales y de su alma había brotado un ansia y un anhelo tan grandes, que hubieran fundido un corazón de piedra. Y se había alimentado exclusivamente de los mejillones de río y de pescado, a los que añadía algunas bayas y berros, hasta que su cuerpo quedó reducido a la piel y los huesos, y el hambre se le clavaba en el estómago como un cuchillo.
Pero nada sucedió.
No había recibido ningún signo.
Dios seguía sin escuchar sus plegarias.
Y esto no era todo. Había consumido la última leña que le quedaba, procedente de los dos viejos pinos que encontró al borde del cañaveral que crecía junto a la playa arenosa. Había desenterrado la última de las raíces que pudo encontrar la víspera, y entonces no le quedaba más leña que la representada por algún que otro tronco arrastrado por el río y las ramas muertas de los sauces, que por cierto eran muy mal combustible, pues se consumían rápidamente y quedaban convertidas en unas cenizas esponjosas.
Y como si aún no tuviese bastante con estas tribulaciones, a ellas se añadía el hombre de la canoa que, durante todo aquel verano, había merodeado por el río e incluso había querido trabar conversación con él, incapaz de entender que un anacoreta como Dios manda no debe hablar con nadie.
Efectivamente, había huido de sus semejantes. Había vuelto la espalda a la vida, para refugiarse en este lugar, donde ni las gentes ni el mundo le perseguirían. Pero el mundo aún seguía entrometiéndose en su vida, se dijo, bajo la forma de un hombre que recorría aquellas aguas en una canoa, tal vez para espiarlo, aunque no comprendía el interés que alguien pudiese tener en espiar a un pobre y humilde mendigo como él.
Russell se puso lentamente en pie y, con ambas manos, se limpió la espalda y las piernas de arena. Miró de nuevo a la cruz y comprendió que tenía que hacer algo mejor para mantenerla en pie. La única solución, se dijo, consistía en nadar hasta la orilla del río para buscar allí un tronco de mayores proporciones, con el que haría un nuevo soporte para la cruz, que hundiría más profundamente en la arena. Así, bien afianzada, soportaría mejor el peso de los brazos y no se caería con tanta facilidad.
Cruzó la barra de arena hasta la orilla del río y, formando cuenco con sus dos manos, se arrodilló para recoger un poco de agua fresca con que lavarse la cara. Después, siguió arrodillado, contemplando la superficie acuática, de color gris acerado y cubierta de una leve neblina, que con una fuerza tranquila discurría sobre el fondo agreste del bosque, cuyos primeros árboles casi hundían sus raíces en el agua de la otra orilla.
Sus acciones habían sido sabias y prudentes, se dijo. Había cumplido todas las antiguas reglas de la vida monástica. Había ido a vivir a un desierto, perdido en una región remota y salvaje, y se había aislado del mundo en aquel islote arenoso en medio del río, donde nada ni nadie podía distraerlo de su contemplación. Con sus propias manos había construido y levantado aquella tosca cruz. Tan frugal era su alimentación, que había estado a punto de morirse de hambre. Había invocado a Dios en la forma debida: llorando y rezando, mortificando tanto el espíritu como la carne.
Pero aún había algo que le remordía la conciencia. Una .sola cosa. Durante todas aquellas semanas, había intentado olvidarla, se había esforzado por no admitirlas, por manifestarla. Había tratado de mantenerla enterrada en su mente. Hizo todo cuando pudo por olvidarla, para apartarla de su espíritu y su conciencia.
Pero aquello reaparecía constantemente en la superficie de su mente y no lograba apartarlo de ella. Y allí, en la quietud de aquel día que empezaba, tenía que afrontarlo cara a cara.
¡El trasmisor que llevaba en su pecho!
¿Cómo podía buscar la eternidad espiritual si allí seguía aferrado a la promesa de una eternidad física? ¿Cómo podía jugar a cartas con Dios, guardándose un triunfo oculto en la manga?
¿No debía librarse del trasmisor, si quería que sus ruegos fuesen escuchados, convirtiéndose así en un hombre mortal?
Anonadado, se postró de bruces en la arena.
Notó los húmedos granos clavados en su mejilla y, cuando movió los labios, a sus comisuras se adhirieron granitos de arena.
—¡Oh, Dios mío—musitó en su temor e indecisión—, eso no, eso no, eso no...!
30
Los mosquitos y las moscas le molestaban de una manera indecible y la dura tierra del camino carretero que seguía estaba tan recalentada por el sol, que le quemaba las desnudas plantas de los pies.
Cuando finalmente consiguió llevar el tronco flotante lo bastante cerca de la orilla como para hacer pie en el fondo, se vio obligado después a caminar cosa de un kilómetro a través del tupido bosque que cubría las márgenes del río, antes de llegar al camino. Mientras cruzaba la espesura sufrió el desagradable contacto de las ortigas, y, pese a sus intentos por evitarlas, no tuvo más remedio que atravesar zonas cubiertas de zarzales. Llegó al camino con el cuerpo irritado y lleno de rasguños, y convencido de que le esperaban muy malos momentos.
Durante algunos kilómetros caminó bajo el temor de que los Haraganes hubiesen decidido salir en su persecución, pero no vio ni rastro de ellos y poco a poco se convenció de que ya no se ocupaban de él. Se habían divertido a su costa y con esto tenían bastante. Se habían quedado con su coche, sus ropas y todas sus posesiones y después lo habían zambullido en el río, en medio de gran algazara, y asunto concluido. En realidad, no eran mala gente, pensó. Si hubiesen sido malos, no estaría él aquí, caminando ceñudo por un camino de tierra, dando manotadas para ahuyentar a moscas y mosquitos, y sintiendo un picor insoportable en todo el cuerpo.
Llegó a un arroyo cruzado por un viejo puente de piedra, medio en ruinas. Bajo su arco las aguas corrían perezosamente, sobre un lecho de limo aluvial negruzco, de muy poca profundidad.
Frost cruzó el puente y continuó por el camino cubierto de hierba, manoteando sin cesar para apartar de sí a los molestos insectos, que formaban enjambres a su alrededor. Pero parecía tarea inútil. De vez en cuando se daba una palmada en el cogote, y apartaba la mano manchada de sangre procedente te las docenas de mosquitos aplastados, tan absortos en su festín que no veían venir el manotazo.
A la caída de la tarde comprendió que la situación parecía empeorar. Con la llegada de la noche las moscas desaparecían, pero se alzarían verdaderas nubes de mosquitos de las ciénagas y los lodazales de las tierras bajas. Los pocos que entonces le atacaban no eran más que las avanzadillas de los que se lanzarían sobre él cuando la oscuridad hubiese caído.
Cuando llegase la mañana su cuerpo estaría cubierto de verdugones y él se sentiría medio atontado por el veneno que le habrían inyectado los insectos. Probablemente tendría los ojos tan hinchados, que ni siquiera los podría abrir. Se preguntó vagamente si los mosquitos podrían llegar a matar a un hombre.
Si pudiese encender una hoguera, el humo le protegería... y en una isla arenosa del río, la brisa ahuyentaría a los diminutos atacantes. También, si pudiese trepar por los contrafuertes y llegar a una cumbre venteada, conseguiría dejar atrás al grueso de los mosquitos cuando llegase la noche.
Lo de la hoguera estaba descartado. Y la idea de ascender hasta la cumbre de la escarpadura, o de abrirse paso a través de la espesura hasta la orilla del río, le producía horror, al pensar en las ortigas, y en las posibles serpientes de cascabel que podría encontrar, y, además, aunque consiguiese llegar al río, no sabía si podría alcanzar a nado un islote. Este podría encontrarse muy alejado y, por otra parte, él no era muy buen nadador.
Pero comprendió que debía hacer algo. La tarde ya estaba muy avanzada y el tiempo apremiaba.
Se detuvo en el camino para mirar hacia la ladera del monte, cubierta de árboles y maleza y rematada por grandes peñascos.
Tenía que haber otra solución, pensó. Poco a poco una idea se fue abriendo paso en su cerebro. Dio media vuelta y regresó al rústico puente, bajando por la orilla hasta el arroyuelo. Agachándose, recogió un puñado de fango. Era negro, pegajoso y maloliente. Pero ni corto ni perezoso, empezó a frotarse con él el pecho, tomó después una nueva cantidad y se lo extendió por brazos y hombros. Tomándolo a puñados, siguió embadurnándose cuerpo y espalda. Después con mayor cuidado, se lo aplicó al rostro. El fango no se desprendía y constituía una excelente capa protectora. El agudo zumbido de los mosquitos seguía sonando en sus oídos y los veía volar en enjambres ante sus ojos, pero no se posaban en el cieno que le recubría el cuerpo.
Continuó embadurnándose con el limo negruzco, procurando que ninguna zona de su cuerpo quedase descubierta. Le pareció que el frescor del cieno, e incluso alguna cualidad antiséptica que éste poseyese, le calmaban el picor y el dolor que le había causado las picaduras de los mosquitos y el contacto con las ortigas.
Pensó de pronto que, allí agazapado, en el lecho de aquel fangoso arroyo, convertido en un salvaje desnudo, estaba mucho peor que en las calles de la ciudad. Porque ahora no tenía nada, absolutamente nada. Allí, casi al final de un camino que había seguido sin saber por qué lo tomaba, se hallaba finalmente derrotado. Hasta entonces había conservado una débil y remota esperanza, pero ahora ya ni esto le quedaba. No se sentía capaz de afrontar aquella situación. No tenía medios ni conocimientos que le permitiesen hacerle frente.
Tal vez, llegada la mañana, volvería a la carretera para solicitar su ingreso en la partida de Haraganes... si es que éstos aún seguían allí y querían aceptarle. No era la clase de vida que él deseaba, pero al menos podrían darle unos pantalones y unos zapatos. A cambio de su trabajo, sin duda le darían de comer.
Pero lo más probable era que le echasen sin contemplaciones. Llevaba en su frente el signo infamante y la prohibición de tener tratos con él se extendía incluso a los Haraganes. Había sin embargo la remota posibilidad de que su condición les importase un bledo. Tal vez le dejarían ingresar en la tribu como una especie de bufón, para divertirse a su costa.
Se estremeció al pensar en ello, al pensar que se hallaba reducido a una condición tan mísera, que semejante pensamiento pudiese cruzar por su mente.
O tal vez hubiese llegado ya el momento de adoptar la última y desesperada decisión: buscar la estación monitora más próxima y solicitar la muerte. Y dentro de cincuenta años, de cien o de mil, empezar una segunda vida tan desnudo e inerme como entonces. Naturalmente, le borrarían las marcas del ostracismo cuando lo resucitasen, y volvería a ser un hombre normal, pero ahí terminaría todo. Sin duda le darían una ropa con que cubrir su desnudez y tendría que hacer cola en los comedores gratuitos, perdida toda dignidad y toda aspiración a una vida mejor. ¡Pero tendría la inmortalidad... ah, sí, tendría la inmortalidad!
Incorporándose, ascendió un trecho por el arroyo, hasta el lugar donde había visto unos zarzales con moras. Recogió y comió varios puñados de ellas, volvió después a la arcada del puente y se sentó. Recogió más limo del fondo del arroyo y lo aplicó a diversas partes de su cuerpo que habían quedado descubiertas.
Le resultaba evidente que ya nada podía hacer en aquellos momentos. La noche estaba cayendo y empezaban a surgir ejércitos de mosquitos. Tendría que pasar la noche allí, a la mañana siguiente desayunaría con moras y repararía los desperfectos sufridos por su capa protectora de fango y después seguiría su camino.
Cayeron las tinieblas y las luciérnagas empezaron a volar, trazando breves rayas de frío fuego verde sobre la ladera del monte y la espesura que cubría la orilla del río. Un chotacabras lanzó su grito solitario y otro le contestó. Entre la enmarañada espesura de las orillas del río gruñó un mapache. E1 cielo del este estaba teñido por una luz dorada y surgió la luna, casi llena. El zumbido de los mosquitos llenaba todos los recovecos de la noche; algunos le picaron en los párpados y las orejas, y él los ahuyentó. Su sueño fue intranquilo, pues se despertaba constantemente con sobresalto, sin acordarse a veces de dónde estaba y necesitando varios segundos para centrarse. Oía corretear entre la hierba a los pequeños merodeadores nocturnos. Un conejo salió de un salto al camino, se detuvo junto al puente y miró con solemnidad hacia abajo, con sus largas orejas inclinadas hacia adelante, tratando de averiguar qué sería la extraña figura acurrucada a orillas del arroyo. En la distancia se oyeron breves y excitados ladridos, y de las peñas que coronaban la escarpadura llegó a oídos de Frost el maullido de un felino, helándole la sangre en las venas.
Su sueño fue intranquilo y entrecortado. Y cuando se despertaba su mente, esforzándose por divorciarse de la realidad, evocaba tiempos pasados. Recordaba entonces al viejo que le dejaba comida junto a los cubos de basura la visita de Chapman en el sótano, el viejo canoso que le preguntó si creía en Dios y aquella breve velada que pasó con Ann Harrison a la luz de las velas y aspirando el perfume de las rosas.
¿Por qué, se preguntó, aquel viejo le había ofrecido comida... a él, un desconocido, un hombre con el que ni siquiera había hablado? ¿Tenía algún sentido la vida de la humanidad actual? ¿Qué finalidad podía tener una vida tan desprovista de sentido?
A veces, en el curso de aquella larga noche, comprendió lo que tenía que hacer, supo de una manera confusa que debía asumir una responsabilidad que hasta entonces había ignorado. Este conocimiento no le llegó de pronto; se fue formando en su mente de una manera paulatina, como si fuese una lección aprendida fragmentariamente y a costa de grandes esfuerzos.
No debía regresar al campamento de los Haraganes. No debía solicitar la muerte. Mientras tuviese un hálito de vida, debía mantenerse fiel a un propósito que se le escapaba. Se había puesto en camino para alcanzar la casa de campo de su niñez, sin saber por qué, y debía continuar hasta llegar a su punto de destino. Tuvo la sensación de que no era él solo quien estaba empeñado en aquel viaje al parecer insensato, sino también Ann, Chapman, el extraño individuo que le hizo todas aquellas preguntas y el viejo asesinado en el callejón... o al menos su recuerdo. Trató de hallar algún sentido en todo ello y le pareció que no tenía pies ni cabeza, pero sabía que su sentido estaba más allá de su comprensión. De una manera que no podía discernir, se había comprometido a seguir determinado curso de acción y debía seguirlo sin formularse preguntas.
¿Sería posible, se preguntó, que aquel extravagante impulso que le llevaba a realizar el viaje fuese el resultado de una especie de precognición, que operaba al margen de los procesos mentales normales? Tal vez fuese una facultad suplementaria o extraordinaria de la mente, que sólo funcionaba bajo una gran tensión y en momentos de grave peligro.
Por último llegó la mañana y efectuó un recorrido por el arroyuelo para recoger más moras. Después se untó concienzudamente de fango antes de reanudar su camino.
Tenía que recorrer aún unos veinticinco kilómetros y llegaría a la boca de una vaguada que descendía de las colinas y siguiendo por ella, alcanzaría finalmente la casa de campo. Se esforzó por recordar la configuración que tenía la entrada de la vaguada, pero lo único que pudo recordar fue que a poca distancia del camino brotaba una fuente de la montaña y que un reguero de agua helada, pues aún no había sido calentada por el sol, discurría por un badén para desembocar en un pequeño estanque de aguas recubiertas de espadañas y limo, situado a cierta distancia de la carretera. Tendría que orientarse gracias a la fuente y al estanque, pues apenas recordaba nada más.
El efecto urticante de las ortigas ya no le molestaba. Las moscas y los mosquitos, apenas le picaban ya.
Siguió caminando durante todo el día. Sentía un hambre feroz y una vez se detuvo al ver algunas setas al borde del camino, recordando que en los lejanos días en que pasaba allí el verano, solía ir a buscar setas con su abuelo. Estas le parecían iguales a las que recogía su abuelo, aunque no podía asegurarlo. El hambre y la prudencia libraron una batalla en su interior, finalmente ésta se impuso y continuó su camino, sin tocar las setas.
El día se fue haciendo caluroso y los cuervos graznaban a la orilla del río. Abrigada por las escarpadas colinas, la carretera no recibía ni un soplo de brisa. Frost caminaba en medio de una sofocante neblina, que no agitaba la menor ráfaga de viento. El barro que cubría su cuerpo se había secado y caía a pedazos, o era arrastrado por su copioso sudor. Pero había muy pocos mosquitos, ya que el sol abrasador les obligaba a refugiarse a la sombra.
El sol alcanzó el cenit y después empezó a descender hacia el oeste, hacia donde asomaban negros nubarrones de tormenta. El aire estaba completamente inmóvil. Nada se agitaba ni se oía el menor sonido. Se acerca una tempestad, pensó Frost, acordándose de su abuela y de lo que ésta le decía sobre las señales de mal tiempo.
Llevaba más de una hora buscando algún lugar conocido y deteniéndose de vez en cuando en lo alto de una prominencia para avizorar el terreno. Pero el camino seguía serpenteando entre tupidos muros de verdor, y cada kilómetro era igual al anterior.
Fue pasando el día y se fueron amontonando más nubarrones por el oeste. Cuando el sol se ocultó tras ellos, el aire refrescó un tanto.
Frost seguía caminando, un paso tras otro y luego otro... en una marcha que no parecía tener fin.
De pronto escuchó la canción que producía el agua corriente. Se detuvo y levantó la cabeza. Sí, allí estaba la vaguada, con el manantial y los característicos peñascos que surgían por la derecha, como una gran corona de piedra caliza, y con los cedros creciendo hasta la misma base de las peñas.
Como si aquel lugar hubiese surgido intacto del ayer, poseía una familiaridad inesperada. Pero a ella se mezclaba también un carácter extraño y remoto.
Vio algo que colgaba de un árbol al lado de la fuente. De la carretera subía un senderuelo hacia ella. En el aire flotaba un olor acre que no pudo identificar.
Frost notó que sus músculos se tensaban, mientras permanecía parado en mitad del camino, y una sensación de peligro inminente le erizó los cabellos.
El sol ya estaba totalmente oculto tras las imponentes nubes cumuliformes y los mosquitos volvían a salir de los más recónditos rincones del bosque.
Frost vio que el objeto colgado del árbol era una mochila, y al mismo tiempo identificó el olor acre como el de cenizas frías y mojadas. Alguien había encendido una fogata a orillas del manantial y se había ido, dejando la mochila colgada en una rama del árbol. No sabía si los acampadores se habían ido definitivamente o si pensaban regresar. Pero allí había una mochila, que posiblemente contenía comida.
Abandonando la carretera, Frost ascendió cautelosamente por el sendero. Penetró en las hierbas que lo bordeaban y vio extenderse ante él la pequeña zona pisoteada del campamento.
En ella se hallaba tendido alguien. Un hombre yacía en el suelo, de costado, con una pierna doblada casi hasta el vientre y la otra extendida. Incluso desde donde estaba, Frost pudo ver que la pierna extendida era de un diámetro casi doble del que debía tener normalmente, distendiendo hasta tal punto la tela del pantalón, que ésta aparecía brillante. La pernera estaba enrollada encima del tobillo y éste aparecía hinchado y tumefacto, de un color entre rojizo y violáceo, desbordando la tela del pantalón y el zapato.
Esta muerto, pensó Frost. ¿Cuánto tiempo llevará aquí? Y esto le pareció extraño, pues el helicóptero de una estación de rescate debería haber recogido el cadáver hacía mucho tiempo.
Frost dio unos pasos adelante y pisó unas ramitas caídas del árbol. Las ramitas, con sus hojas medio secas, crujieron al partirse con su peso.
El hombre tendido en el suelo se agitó débilmente, esforzándose por volverse de espaldas. Cuando volvió la cabeza para mirar en dirección al ruido, Frost vio que su cara era una máscara abotargada. Tenía los ojos tan hinchados, que no podía abrirlos. Movía los labios, pero de su boca no surgía ningún sonido. Tenía los labios agrietados y sanguinolentos. La sangre se había escurrido hasta su barba. Volvió a moverlos y esta vez logró emitir una especie de estertor.
La fogata apagada no era más que un montón de ceniza junto a la que había una pequeña cacerola volcada.
Frost se acercó en dos zancadas, la recogió del suelo, y corriendo fue a la fuente y la llenó de agua.
Luego se arrodilló junto al hombre y le incorporó con cuidado, haciendo que se apoyase en él. Acercó el agua a su boca y el hombre bebió, derramando parte del líquido y atragantándose.
Frost dejó la cacerola en el suelo y volvió a tenderlo suavemente de espaldas.
Un trueno prolongado pareció llenar el valle y los acantilados repitieron su eco. Frost levantó la mirada. El cielo se había cubierto de negros nubarrones. La tempestad que había amenazado toda la tarde estaba a punto de estallar.
Frost se levantó y descolgó la mochila del árbol, abriéndola Contenía unos pantalones, una camisa, algunos pares de calcetines, unas latas de conservas y una docena más de chucherías. Se dio cuenta entonces de que en el árbol estaba apoyada una caña de pescar.
Regresó junto al desconocido y éste levantó trabajosamente una mano. Le incorporó de nuevo y le dio más agua, volviendo a recostarle después.
—Ha sido una serpiente—musitó el hombre con voz ronca, apenas inteligible.
Resonó otro trueno. La oscuridad iba aumentando.
Una serpiente, había dicho el hombre. Quizás de cascabel. En aquellas regiones abandonadas por el hombre sin duda proliferaban las serpientes venenosas.
—No puede usted seguir aquí —dijo al hombre—. Tendré que llevármelo. Aunque le duela, tendrá que
aguantarse...
El hombre no respondió.
Frost le miró la cara.
Parecía estar dormido. Probablemente se hallaba en coma. Tal vez llevaba así muchas horas, quien sabe si algunos días.
No tenía otra alternativa, se dijo Frost, que la de llevar a hombros al desconocido hasta la casa de labor que estaba en lo alto del acantilado, instalarlo en una cama, poniéndolo lo más cómodo posible, y después encender fuego y hacer que comiese algo caliente. La tempestad estaba a punto de estallar y no podía dejarlo allí, expuesto al furor de los elementos.
Para subir hasta la casa necesitaría los zapatos que llevaba el hombre y también podría ponerse los pantalones y la camisa que contenía la mochila. Y comida también: se metería algunas latas de conservas en los bolsillos. Y cerillas... confiaba que el hombre tendría cerillas, o quizás un mechero. Tendría que llevarse asimismo la cacerola; podría atársela al cinturón. La necesitaría para calentar la comida.
Le quedaban aún tres kilómetros, aproximadamente. Tres kilómetros de subida, por un terreno terriblemente accidentado.
Pero tenia que hacerlo. Se hallaba en juego la vida de un hombre.
El desconocido murmuraba frases incoherentes.
—¿Quiere beber más? —le preguntó Frost
El hombre no pareció oírle. Acercando el oído a él, le pareció oírle murmurar:
—Jade... jade... mucho jade...
31
Franklin Chapman estaba sentado en el banco frente a la librería, esperando como había esperado todos los miércoles y sábados al anochecer, desde el día en que habló con Frost. De pronto le asaltó la primera punzada de dolor. Por un momento las luces callejeras y las ventanas iluminadas de la casa de enfrente, las negras siluetas de los árboles y la reluciente y asfaltada superficie del arroyo giraron vertiginosamente como un sombrío calidoscopio, mientras su cuerpo se doblaba al recibir la
cuchillada de fuego que le atravesó el pecho, el corazón y el brazo.
Se quedó acurrucado en el banco, apretándose fuertemente el vientre con las manos, y la cabeza caída sobre el pecho. Permaneció quieto y el dolor fue abandonando poco a poco su pecho y sus entrañas, pero el brazo izquierdo le quedó semiparalizado y latiéndole dolorosamente.
Se enderezó cautelosamente y el temor apareció en su cerebro, susurrándole al oído la sospecha de lo que podía haberle causado el dolor. Tenía que volver a casa, pensó o, mejor aún, tomar un taxi y pedir que le llevase al hospital más próximo.
Pero se dijo que tenía que esperar un poco más. Había dicho que esperaría de nueve a diez dos días por semana. ¿Y si resultaba que Frost necesitaba su ayuda?
La verdad era que no había tenido noticias de Frost desde la noche en que murió el cocinero en el callejón, a espaldas de la casa de comidas. Y Ann Harrison también había desaparecido, sin dejarle aviso de adónde había ido.
¿Qué podía haber sido de los dos?, se preguntó.
Se enderezó con cuidado y depositó su dolorido brazo en su regazo.
Era curioso que se encontrase tan aturdido. Pero apenas sentía dolor...
El dolor le asaltó de nuevo y volvió a doblarse en dos.
Soltó lentamente su respiración contenida cuando el dolor, después de asestarle aquella terrible puñalada, fue abandonando su cuerpo para dejarlo fláccido y tembloroso.
No debo morir, se dijo. Debo evitar morirme.
Se levantó trabajosamente y se quedó medio agachado junto al banco. Calle abajo distinguió la luz verde de un taxi. Corrió dando traspiés por la acera hacia la calle, al encuentro del taxi que venía en su dirección. Levantó el brazo derecho y empezó a agitarlo.
El taxi se acercó al bordillo y el taxista tendió el brazo hacia atrás para abrir la portezuela. Chapman entró a trompicones y se dejó caer en el asiento. Su respiración era afanosa y sibilante.
¿Adónde vamos, señor?
—Lléveme... —dijo Chapman, y se interrumpió asaltado por un súbito pensamiento. De momento, no a un hospital. Antes debía pasar por otro sitio.
El taxista le miraba, vuelto a medias en su asiento.
—¿Se encuentra usted bien, señor?
—Estoy bien, gracias.
—Pues tiene usted muy mal aspecto.
—Estoy bien—repitió Chapman. ¡Qué difícil le era pensar! ¡Cuánto le costaba mantener sus pensamientos en orden! Tenía la mente embotada y lenta.
—Lléveme—dijo—a una estafeta de Correos.
—Hay una en esta misma calle, pero las ventanillas ya están cerradas.
—No—susurró Chapman—. Esa no sirve. Tiene que ser una determinada.
Dio las señas de la estafeta al taxista.
El hombre le miró alarmado:
—Señor, me parece que usted no está nada bien.
—Le repito que estoy bien—dijo Chapman.
Se recostó en el asiento y vio desfilar la calle junto al vehículo. La mayoría de tiendas y almacenes estaban cerrados y oscuros. Algunas luces aún brillaban en las grandes masas oscuras que formaban los bloques de viviendas. Un poco más adelante cruzaron frente a una iglesia, con la cruz bruñida resplandeciendo al claro de luna. Una vez, recordó, él había ido a una iglesia... y para lo que le había servido.
La noche era tranquila y la ciudad estaba en calma, como todas las noches. Sentado en el taxi, veía como las casas pasaban raudas y en aquel espectáculo encontró una especie de paz. La tierra y la vida, pensó... y ambas eran buenas. Los círculos de luz que los faroles callejeros formaban en el pavimento, un gato que pasaba furtivamente, como parte integrante de la noche, los rótulos multicolores pintados en los escaparates de las tiendas... todas eran cosas que él había visto decenas de veces, pero sin verlas en realidad. Y entonces, recostado en el taxi en movimiento, las veía por primera vez, las veía como unidades aisladas que componían la ciudad que él conocía. Tuvo la sensación de que se despedía de todo aquello y que lo veía esforzándose por recordarlo cuando ya no existiese.
Aunque en realidad no iba a ningún sitio. Primero a la oficina de Correos, después a un hospital, y desde allí llamaría a su casa, porque si no llamaba, Alice se sentiría preocupada, y la pobre ya tenía bastantes preocupaciones para que él tuviese que darle una más. Pero no preocupaciones económicas. Esta idea le hizo sentirse muy satisfecho, al pensar en el libro y en que su mujer ya no volvería a estar preocupada por la falta de dinero.
El brazo le molestaba. Hubiera deseado que dejase de dolerle. Si no fuese por el brazo, se sentiría perfectamente. Tal vez algo débil y tembloroso, pero era el brazo lo que más le preocupaba.
El taxi se acercó a la acera y el conductor se volvió para abrir la puerta.
—Aquí es—le dijo—. ¿Desea que le espere?
—Sí, espere, por favor—dijo Chapman—. Vuelvo en seguida.
Subió la escalera con paso vacilante y haciendo un gran esfuerzo. Parecía tener las piernas de plomo y jadeaba cuando llegó al rellano superior.
Cruzó el vestíbulo y se dirigió al apartado de Correos que había alquilado una semana antes. Vio que el
sobre aún seguía allí... solamente un sobre.
De B a F y después volver a A. Hizo girar lentamente el botón, pero éste no funcionó. Hizo girar entonces la esfera graduada, repitió la combinación y esta vez la cerradura funcionó. Introduciendo la mano, retiró el sobre y después volvió a cerrar la portezuela metálica.
Cuando se dio la vuelta con el sobre apretado fuertemente en su mano, el dolor le asaltó de nuevo, como un brusco y terrible mazazo. Unas tinieblas atronadoras cayeron sobre él y se desplomó, sin notar el golpe cuando su cuerpo chocó contra el duro suelo.
Avanzando a tientas, en la silenciosa y radiante luz de un nuevo amanecer, el espíritu y la conciencia de Franklin Chapman entraron en aquel lugar que los humanos llaman Muerte.
32
La tempestad estalló pocos minutos después de que él emprendiera el camino, llevando al hombre en sus brazos. Frost avanzaba penosamente por un terreno iluminado por la luz cegadora de los relámpagos, mientras el fragor del trueno resonaba entre los breñales, la lluvia caía a torrentes y la tierra que pisaban sus pies parecía resbalar, con el agua que caía a torrentes por el sendero. Sobre su cabeza las copas de los árboles se agitaban como gigantescas criaturas agonizantes y en lo alto de los peñascos que coronaban el acantilado, el viento gemía y aullaba en los breves silencios que separaban a un trueno de otro.
El hombre que transportaba era grande y corpulento, y Frost tuvo que detenerse muchas veces para descansar, depositándolo en el suelo, para aliviarse de su peso pero sin soltarlo. Entre descanso y descanso continuaba ascendiendo paso a paso por el vertiginoso y empinado sendero que le llevaría a la cumbre del acantilado. El suelo estaba resbaladizo y peligroso por la lluvia. Más abajo oía el sordo rugido de las aguas torrenciales, que caían en la vaguada para bajar impetuosas hacia el río. Era más que probable que el lugar donde había encontrado al hombre, que llevaba en brazos, ya se encontrase anegado bajo más de un palmo de agua turbulenta.
La llegada de la tempestad había traído consigo una negra cerrazón y apenas podía ver a unos metros de distancia. Prefería no pensar en lo que aún le faltaba para llegar a la casa. Se limitaba a concentrarse en el siguiente paso que tenía que dar y después, cuando lo había dado, en el siguiente. El tiempo cesó de tener significado y el mundo se convirtió en un círculo de unos cuantos metros a su alrededor, dentro del cual avanzaba en medio de una niebla de gris eternidad.
De repente, los bosques se terminaron. Un momento antes estaban allí y de pronto salió de ellos. Ante él se extendía un antiguo campo de heno, con sus altas hierbas inclinadas todas hacia un lado bajo la furia del viento, y con sus tallos blanquecinos despidiendo un brillo espectral en aquella tétrica luz. El impetuoso viento formaba como una niebla sólida sobre el campo.
En una loma que dominaba el campo se levantaba una casa, una fortaleza contra la tempestad, rodeada por árboles de copa desmelenada. Encima del horizonte próximo había una masa oscura que debía de ser el granero.
Penetró caminando pesadamente en el campo. Allí el terreno ,no era tan empinado y la proximidad de la casa le hizo sacar fuerzas de flaqueza.
Después de cruzar el campo, se dio cuenta por primera vez desde que había iniciado el ascenso del calor que irradiaba el cuerpo que transportaba en brazos. Al subir por el sendero no fue más que una carga, un peso que tenía que sostener y transportar. Pero entonces, la carga volvió a convertirse en un hombre.
Penetró bajo los árboles que rodeaban la casa, mientras los relámpagos serpenteaban en el firmamento y el viento impetuoso le arrojaba la lluvia a la cara.
Cuando dio la vuelta al pórtico, la casa surgió ante él con su viejo aspecto familiar. Incluso bajo aquel diluvio se podía imaginar las dos mecedoras muy juntas bajo el pórtico, ocupadas por los dos ancianos que contemplaban el valle del río en un apacible atardecer estival.
Empezó a subir por los desvencijados peldaños, temiendo que se hundiesen bajo el desusado peso, pero lo soportaron y subió sin inconveniente al pórtico.
Ahora hay que abrir la puerta, pensó. No se le había ocurrido pensar que pudiese estar cerrada con llave. Pero abierta o cerrada, entraría... echaría la puerta abajo o forzaría una ventana. Era urgente poner al hombre que transportaba a resguardo de los elementos.
Cruzó las tablas del pórtico en dirección a la puerta pero de pronto ésta se abrió y una voz dijo:
—Póngalo aquí.
Una oscura silueta le precedió al interior de la casa y vio, arrimado a una pared, lo que parecía ser una cama.
Agachándose, depositó su carga en ella y después se enderezó. Tenía los brazos envarados, y le dolían todos y cada uno de sus músculos. Por un momento la habitación pareció girar a su alrededor, hasta que se detuvo.
La persona que le había abierto la puerta estaba sentada ante una mesa, en el extremo opuesto de la habitación. Una lengüecita luminosa tembló, para hacerse en seguida brillante y firme. Frost vio que era una vela. La última vez que había visto una vela fue aquella noche, que ya le parecía tan lejana, en que Ann Harrison y él se sentaron a cenar a la luz de unas velas.
Cuando el ocupante de la casa se volvió, vio que era una mujer... de rostro vulgar pero enérgico, posiblemente de unos sesenta años o quizás más... su rostro era el de una persona vieja pero tenía algo que la colocaba al margen del tiempo. Irradiaba calma y confianza. Llevaba el cabello recogido en un moño muy bajo y vestía un suéter raído con un agujero en el codo.
—¿Qué tiene? —preguntó, indicando al hombre tendido en el camastro.
—Una picadura de serpiente. Le encontré solo en un campamento junto a la carretera del río.
Ella tomó la vela y cruzó la habitación para entregársela.
—Sosténgala—le dijo—y hágame luz para que pueda examinarlo.
Se inclinó sobre el desconocido.
—Es en la pierna—dijo Frost.
—Ya lo veo—repuso ella.
Extendió las manos y agarró los desgarrados bajos del pantalón. Dio un enérgico tirón y la tela se desgarró ruidosamente. Apartó después los bordes de la tela para exponer bien la pierna.
—Baje más la vela—ordenó a Frost.
—Sí, señora—repuso éste.
La pierna aparecía cubierta de manchas negras y rojas. La piel, muy tensa a causa de la hinchazón, brillaba a la luz de la vela. Frost observó también algunas llagas purulentas.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—Lo ignoro. Lo encontré esta misma tarde.
—¿Y subió con él hasta aquí? ¿Con esta tempestad?
—No había más remedio—respondió él—. No podía dejarle allí.
—No es mucho lo que se puede hacer—dijo ella—. Podemos limpiarle las llagas. Darle un caldo caliente. Mantenerlo abrigado y cómodo.
—Por aquí no habrá ningún médico, supongo.
—Hay una estación de rescate a unos quince kilómetros—replicó ella—, y yo tengo un coche. Podemos llevarlo allí cuando amaine la tempestad. El camino es demasiado malo para ir con este tiempo. Hay demasiado peligro de corrimientos de tierra y podemos meternos en algún hoyo cubierto por el agua. Si conseguimos llevarlo hasta allí, lo transportarán a Chicago en helicóptero.
Se volvió a mirar hacia la cocina.
—Voy a encender fuego—dijo—para calentar agua. Usted mire de asearlo un poco mientras yo preparo el caldo. Trataremos de hacerle ingerir un poco.
—Me dijo algunas cosas, no muchas—observó Frost—. Sin duda deliraba, porque mencionó algo así como mucho jade. No sabe usted cómo pesaba. Me parecía transportar a un muerto. Y creo que poco le falta para estarlo. Sin embargo, aún está vivo porque su cuerpo despide calor.
—Sería un mal momento para que se muriese—comentó ella—. Y el sitio, aún peor. De todos modos, siempre es mejor aquí que abajo en el valle. Con un tiempo como éste, el equipo de rescate no conseguiría llegar hasta él a tiempo.
—Ya he pensado en eso —dijo Frost.
—Usted vino aquí directamente. ¿Conocía esta casa?
—Viví en ella hace muchos años. No esperaba encontrarla ocupada.
—Me he permitido instalarme en ella —dijo la mujer—. Pensé que a nadie le importaría.
—Yo también lo creo así.
—Me parece que a usted tampoco le iría mal un poco de comida, y un buen descanso.
—Hay algo, señora, que tengo que decirle. He sido condenado al ostracismo, y, como usted sabe, no puedo hablar con nadie ni nadie puede...
Ella le atajó con un gesto:
—Sé lo que es el ostracismo. No es necesario que me lo explique.
—Es que creo que es mi obligación decírselo. Con esta mala luz usted no puede verme. Me he dejado crecer la barba para que me oculte las marcas más visibles. Si usted quiere, me quedaré para ayudarle a cuidar a este hombre y después me iré. No deseo comprometerla.
—Joven—repuso ella—la palabra ostracismo no significa nada para mí. Dudo de que tenga importancia alguna, por otra parte, en estas regiones salvajes.
—Pero yo no quiero que...
—Y si usted está condenado al ostracismo y tiene prohibido tratar con sus semejantes, ¿por qué ha intentado salvar a este hombre?
—No podía dejarle allí, para que muriese como un perro.
—Sí podía—repuso ella—. Al hallarse usted al margen de la sociedad, no tenía por qué preocuparse.
—Pero, señora...
—Yo creo que a usted le he visto antes —observó ella—, pero sin barba. Ya lo pensé cuando le vi a la luz de la vela por primera vez, aunque...
—No creo que me haya visto antes—repuso él—. Me llamo Daniel Frost y...
—¿Daniel Frost, del Centro de Hibernación?
—El mismo. ¿Pero cómo sabe usted?...
—Por la radio—contestó ella—. Tengo una radio y escucho las noticias. Dijeron que usted había desaparecido, al parecer a consecuencia de un escándalo. Pero no dijeron que le hubiesen condenado al ostracismo. Y ahora sé dónde le vi. Durante la fiesta de Año Nuevo, hace exactamente un año.
—¿La fiesta de Año Nuevo?
—Sí, hombre, el reveillon que organizó el Centro de Hibernación en Nueva York. Es posible que usted no se acuerde de mí, pues nadie nos presentó. Yo trabajaba en el proyecto del Viaje en el Tiempo.
—¡El Viaje en el Tiempo! —exclamó Frost. Acababa de saber quién era aquella mujer. Era la que B.J. decía que había que encontrar a toda costa, la investigadora que se había esfumado.
—Me alegro de conocerle finalmente, Daniel Frost—dijo ella—. Yo soy Mona Campbell.
33
Ann Harrison se daba perfecta cuenta de que habíavuelto a meterse en otro camino sin salida, pero poco podía hacer para remediarlo, como no fuese seguir hasta encontrar un lugar donde pudiese dar la vuelta, desandar lo andado y meterse con el coche por otro camino o carretera que la condujese hacia el oeste.
En otros tiempos, muy lejanos ya, las carreteras estaban numeradas y bien señalizadas, y se podían adquirir mapas en cualquier estaci6n de servicio. Pero en la actualidad los postes indicadores habían desaparecido en su mayoría y ya no existían estaciones de servicio. Con unos coches movidos por baterías eternas, ya no hacía falta estaciones de servicio.
En aquellas regiones salvajes había que fiarse de la intuición para escoger las carreteras, y aún así era necesario dar muchos rodeos y desandar lo andado para encontrar otro camino... Algunos días no se podían hacer más que unos pocos kilómetros, y nunca se sabía con certeza la región que se atravesaba. De vez en cuando se encontraban personas a las que se podía preguntar, y algunas veces la carretera pasaba por poblaciones más o menos conocidas. Pero con esta sola excepción, se tenía que viajar a tientas
El día era caluroso y la carretera discurría por una especie de túnel de verdor, que parecía retener el calor y aumentarlo. Incluso con las ventanillas abiertas era agobiante respirar.
La carretera se fue estrechando durante el último kilómetro, para terminar convirtiéndose en un mal camino cortado en la ladera del monte. Esta ascendía abruptamente por la derecha del monte, cubierto de un tupido bosque sembrado de peñascos grises manchados de musgo que asomaban sobre la tierra cubierta de una alfombra de hoja
rasca. Por la izquierda el terreno descendía bruscamente, igualmente boscoso y lleno de peñascos.
Ann hizo un trato consigo misma. Si dentro de cinco minutos no encontraba un lugar que le permitiese dar la vuelta, volvería marcha atrás hasta la bifurcación que había encontrado varios kilómetros antes. Pero su marcha tendría que ser muy lenta a causa de lo estrecho de la carretera, y no quería hacerlo a menos que fuese absolutamente necesario, pues la operación no dejaría de ofrecer cierto peligro.
Frente al coche las ramas de los árboles de ambos lados formaban un arco sobre el camino y algunas, muy bajas o salientes, rozaban el vehículo.
Ann vio el avispero demasiado tarde, e incluso cuando lo vio, no supo reconocer lo que era. Formaba una bola grisácea que parecía compuesta de papel sucio y colgaba de una de las ramas que chocó contra el parabrisas y después rozó el costado del coche.
Después de golpear el parabrisas, penetró súbitamente por la ventanilla abierta. Al mismo tiempo la pelota gris pareció estallar en una erupción de coléricos insectos.
Y en aquel mismo instante Ann reconoció el extraño objeto: era un avispero.
Las avispas chocaron contra su cara y se le metieron entre el cabello. Ella gritó y manoteó para apartarlas. El coche dio un bandazo, se balanceó y después se salió del camino. Chocó contra un árbol, rebotó, dio después contra un peñasco, que lo rechazó y finalmente se detuvo, aún sobre sus cuatro ruedas, con la parte posterior encajada entre dos árboles.
Ann consiguió encontrar la manija de la puerta y la accionó. La puerta se abrió y ella se dejó caer al exterior, rodando por el suelo. Se puso rápidamente en pie y echó a correr de una manera ciega y alocada, dándose manotazos por la cara y el cuello. Tropezó y cayó rodando, siendo detenida en su caída por un tronco de árbol tumbado en el suelo.
Una avispa caminaba por su frente y otra emitía un colérico zumbido entre sus cabellos. Notaba dos dolorosas picaduras en el cogote y otra en la mejilla.
La avispa que tenía en la frente levantó el vuelo. Ann se incorporó con lentitud y movió la cabeza. Ya no oía el zumbido. Al parecer, la avispa atrapada en sus cabellos también la había abandonado.
Se levantó trabajosamente, y comprobó que tenía numerosas desolladuras y contusiones, y unas cuantas picaduras más. Uno de sus tobillos estaba hinchado y le dolía. Se sentó trabajosamente en el tronco caído y la madera podrida se deshizo bajo su peso, con el resultado de que se hundió hasta tocar el suelo.
La rodeaba un agreste paisaje negro, gris y verde... y el silencio le pareció que era verde también. Nada se movía. La naturaleza parecía esperar al acecho, segura de sí misma. No tenía prisa.
Notó que iba a dominarlas una oleada de histerismo, e hizo un gran esfuerzo para no gritar. No era aquel el momento, pensó, de dejarse dominar por los nervios. Lo más prudente era permanecer un momento allí, coordinando sus pensamientos para pasar revista a la situación, y después subir a ver cómo había quedado el coche. Aunque estaba segura de que éste ya no podría volver al camino, aunque se encontrase en estado de funcionar. Aquellos coches se habían construido para las calles de las ciudades, no para un terreno abrupto como aquél.
Ya había sido una locura emprender aquel viaje. No debía haberlo emprendido nunca. Lo hizo, recordaba, impelida por dos motivos: su deseo de escapar a la vigilancia a que la tenía sometida el Centro de Hibernación y la remota esperanza de localizar a Daniel Frost.
¿Por qué le interesaba tanto Daniel Frost?, se preguntó. ¿Un hombre al que sólo había visto una vez, un hombre a quien había preparado la cena, para compartirla con él en una mesa adornada con velas y rosas? ¿Un hombre cuya conversación le había resultado agradable? ¿Un hombre que le había prometido ayuda, incluso a sabiendas de que no podía ofrecérsela, pues se enfrentaba con un terrible peligro personal? Pero un hombre que le había dicho que en su infancia pasó algunos veranos en una casa de campo cercana a Bridgeport, en Wisconsin.
Y un hombre que más tarde fue convertido en un paria.
Perros perdidos, pensó, y gatos sin hogar... a pesar de que ya quedaban muy pocos perros y gatos. Y causas perdidas. La atraían irresistiblemente; tenía un espíritu quijotesco que la llevaba siempre a salir en defensa de los débiles y los perseguidos. ¿Y qué había logrado con ello?
Había logrado esto, se dijo. Encontrarse en las profundidades de un bosque desconocido, en un camino probablemente sin salida, a cientos de kilómetros de la civilización... llena de picaduras de avispa y de cardenales, posiblemente con un tobillo dislocado y hecha una idiota.
Se levantó y permaneció un momento de pie, comprobando el estado de su tobillo. Aunque le dolía, comprobó que podía caminar.
Ascendió lentamente por el monte. Sus pies se hundían en el negro humus cubierto de una alfombra de hojas muertas, caídas en el curso de muchos años. Rodeó varios peñascos y, asiéndose a los arbusto y las ramas que facilitaban su ascensión.
A veces pasaba una avispa junto a ella, emitiendo su colérico zumbido, pero el enjambre parecía haberse ido a otra parte.
Cuando llegó al coche, le bastó una sola mirada para comprender que estaba inutilizado. Una rueda había quedado torcida después de chocar con un peñasco.
Se quedó mirando al vehículo averiado, pensando qué podría hacer.
Se llevaría el saco de dormir, desde luego... era muy ligero, aunque un poco voluminoso. Tantos víveres como pudiese transportar, el hacha para cortar leña, cerillas y otro par de zapatos.
De nada servía quedarse allí. En alguna de aquellas carreteras salvajes y abandonadas tal vez encontraría ayuda. De una manera u otra saldría del paso. Pero entonces, ¿qué haría? Solamente había recorrido unos cuantos centenares de kilómetros, y aun le quedaban muchos por delante. ¿Continuaría su loca odisea o regresaría a Manhattan y al Centro de Hibernación?
Un sonido la hizo volverse con rapidez... el suave ruido de unas ramas rozando contra el metal y un débil zumbido que sólo podía ser causado por un motor eléctrico.
¡Un coche subía por la carretera! ¿La estaría siguiendo a ella?
Sintió pánico, su fuerza y su valor la abandonaron y se dejó caer al suelo, acurrucándose junto al coche inservible, mientras el otro, oculto a su vista por el tupido follaje avanzaba lentamente por la carretera.
Debía de ser alguien que la había seguido, pensó, teniendo en cuenta que aquella carretera no parecía conducir a ninguna parte; era una carretera cada vez peor que sin duda dentro de poco se haría intransitable.
Dentro de pocos segundos el coche llegaría al lugar donde estaba el avispero. ¿Qué pasaría entonces? Los insectos no se tomarían tan a la ligera esta segunda intromisión. Excitados por la primera, se lanzarían furiosos sobre el nuevo intruso.
El rumor de las ramas y de la maleza que rozaban contra el metal del coche cesó bruscamente. El motor eléctrico emitía un suave ronroneo, en punto muerto. El coche se había detenido antes de llegar al avispero.
Oyó cerrarse de golpe una portezuela y las hojas crujieron bajo unos pasos decididos. Los pasos se detuvieron y se produjo un tenso silencio. Los pasos recomenzaron y volvieron a detenerse.
Un hombre carraspeó, como si se dispusiera a hablar y después decidiera no hacerlo.
Los pies volvieron a moverse... esta vez no caminaban, únicamente se agitaban indecisos.
Resonó una voz suave, de tono normal, como si su dueño temiera romper el mágico hechizo del bosque.
—Miss Harrison—dijo—, ¿está usted aquí?
Ella se incorporó a medias, sorprendida. Conocía aquella voz, por haberla oído antes, no recordaba dónde... y de pronto lo supo.
—Mr. Sutton—dijo con la mayor calma posible, resuelta a no gritar ni a revelar su excitación—, estoy aquí. ¡Tenga cuidado con el avispero!
—¿Qué avispero?
—Hay uno en el camino. Justo frente a usted.
—¿Está usted bien?
—Sí, estoy bien. Algo baqueteada, quizás. Verá, choqué con el avispero, el coche se salió del camino y...
Hizo un esfuerzo por interrumpirse. Las palabras le salían demasiado atropelladamente. Tenía que dominarse, luchar contra el histerismo.
Sutton abandonó el camino y bajó por la ladera del monte hacia ella. Ann vio venir en su dirección a aquel viejo alto y desgarbado de barba canosa.
Cuando llegó junto a ella, se detuvo para contemplar el coche.
—Está inservible—comentó.
—Sí... tiene una rueda rota y doblada.
—Me hizo usted correr mucho para alcanzarla —comentó el viejo.
—¿Y cómo consiguió localizarme?
—Por pura casualidad —repuso él—. Salimos en su busca una docena de nosotros. A cada uno se le asignó una zona distinta. Y yo tuve la suerte de seguir la buena pista. Hace un par de días, me detuve en un poblado, donde me dijeron que usted había hablado con ellos.
—Hice varias paradas para preguntar el camino.
El asintió, antes de proseguir:
—Después llegué a la casa de la bifurcación. Allí me indicaron que usted había escogido esta carretera. Y añadieron que no tiene salida, y que a usted le iría muy mal por estos vericuetos.
—¿Una casa, dice usted? Yo no vi casa alguna.
—Es difícil de ver—repuso él—. Queda algo escondida de la carretera, en lo alto de una loma. Supe que estaba allí, porque un perro salió ladrando a mi encuentro.
Ella se puso en pie.
—¿Y ahora, qué? —preguntó—. ¿Por qué me buscan?
—Porque la necesitamos. Usted puede hacer una cosa que nosotros no podemos hacer. Franklin Chapman ha muerto.
—¿Ha muerto?
—De un ataque cardíaco—explicó Sutton.
—¡El sobre! —gritó Ann—. ¡El era el único que sabía...!
—No se preocupe—repuso él—. Tenemos el sobre. Lo vigilábamos constantemente. Tomó un taxi y fue a una oficina de Correos...
—Sí, allí es donde estaba el sobre—asintió Ann—. Le dije que tomase un apartado de Correos bajo nombre supuesto, entonces le entregué el sobre y él lo echó al correo, dirigiéndolo a la dirección de su apartado, y lo dejó allí. Fue una maniobra jurídica, para que yo no pudiese saber dónde estaba el sobre.
—El taxista era uno de los nuestros —dijo Sutton—. Era uno de los que estaban encargados de vigilarle. Parecíamuy enfermo cuando subió al taxi y...
—Pobre Franklin—musitó ella.
—Cuando cayó al suelo, ya estaba muerto. No se enteró de nada.
—Pero no habrá segunda vida para él, no habrá...
—Habrá una segunda vida mucho mejor—le interrumpió Sutton—de la que ofrece el Centro de Hibernación.
34
Sentado en los peldaños del pórtico. Frost contemplaba el valle. Las primeras sombras de la noche cubrían ya el río y las tierras bajas, y por encima de las lejanas copas de los árboles volaba una larga hilera de negras siluetas. Era una bandada de cuervos que regresaba a sus nidos. En la otra orilla del río una cinta blanca serpenteaba entre las suaves colinas: era una antigua carretera casi completamente abandonada.
En la ladera, a sus pies, se alzaba el granero, con el palo del pajar medio inclinado y junto a él yacía una enmohecida máquina agrícola. En el extremo opuesto del campo, que llevaba tantos años en barbecho, una silueta oscura saltaba entre las altas hierbas. Debía de ser un perro salvaje o muy probablemente un coyote.
Recordó que en los años de su infancia el césped del prado estaba segado, los arbustos podados y los parterres de flores bien cuidados. Recordaba también que las cercas se reparaban constantemente y se pintaban, pero en la actualidad lo poco que quedaba en pie de ellas había perdido totalmente la pintura. La puerta del huerto colgaba de una sola bisagra, lamentablemente ladeada.
Frente a esa puerta estaba el coche de Mona Campbell. Las altas hierbas llegaban hasta las ventanillas y ocultaban las ruedas. Frost pensó que era una nota incongruente en aquel lugar. No tenía derecho a estar allí. El hombre había desertado de aquellos parajes y ahora tenía que dejarlos en paz, permitiendo que descansaran de su larga sujeción al hombre.
Se cerró suavemente la puerta a sus espaldas y unos pasos cruzaron el porche. Mona Campbell se sentó en el peldaño inferior.
—¡Qué vista tan hermosa! —comentó—. ¿No le parece?
El asintió con la cabeza.
—Sin duda pasó usted aquí días muy agradables, ¿verdad?
—En efecto—repuso Frost—pero... ¡hace tanto tiempo!
—No tanto —objetó ella—. Debe de hacer unos veinte años, ¿no?
—Ahora este lugar está vacío y solitario. No es lo mismo que entonces. Pero no me ha sorprendido encontrarlo así: ya me lo suponía.
—De todos modos, ha venido a refugiarse aquí—profirió ella.
—Vine movido por un impulso que no sabría explicar. No entiendo por qué vine, pero aquí estoy.
Continuaron sentados un momento en silencio y él observó que ella descansaba las manos en el regazo, sin moverlas... eran unas manos que mostraban algunas arrugas, pero pese a su pequeñez daban sensación de energía. En otros tiempos, pensó, aquellas manos debieron de ser bellas, aunque en cierto modo, aún no habían perdido su belleza.
—Mr. Frost—dijo ella, sin mirarle—, usted no mató a aquel hombre.
—En efecto—asintió él—, no le maté.
—Nunca creí que lo hubiese hecho—prosiguió ella—. Lo único que le obligaba a ocultarse y a huir eran las marcas de su rostro. ¿No se le ha ocurrido pensar que usted podría recuperar sus plenos derechos si me denunciaba?
—Ese pensamiento—admitió Frost—ha cruzado efectivamente por mi mente.
—¿Y lo ha tenido en cuenta?
—La verdad es que no. Cuando uno está acorralado, piensa en todos los medios de huir. Incluso piensa en cosas que sería incapaz de hacer. Aunque en este caso, desde luego, no creo que hubiese servido de gran cosa.
—Pues yo creo que sí—repuso ella—. Supongo que ellos darían cualquier cosa por encontrarme.
En una sombría hondonada un chotacabras lanzó las primeras notas de su canto nocturno. Ambos callaron unos instantes para escucharlo.
—Mañana me iré—dijo Frost, rompiendo el silencio—. No quiero aumentar sus dificultades con mi presencia. Al fin y al cabo, he podido descansar y comer durante una semana y ya es hora de que me vaya. Creo que usted haría bien marchándose también. Cuando uno está perseguido no es conveniente pasar mucho tiempo en un mismo sitio.
—No veo la necesidad de ello. Aquí no estoy en peligro —repuso ella—. Ellos ignoran mi paradero. ¿Cómo quiere que lo sepan?
—Pero recuerde que fue usted quien llevó a Hicklin a la estación de rescate.
—Fui de noche, y apenas me miraron. Les dije que iba en coche y le encontré tendido en la carretera.
—Es más o menos la verdad—admitió Frost—. Pero se olvida usted de Hicklin. El podría delatarla.
—No creo que lo haga. Acuérdese de que se pasó delirando casi todo el tiempo. Cuando hablaba, sólo pronunciaba frases incoherentes. Parecía tener la obsesión del jade.
—¿De modo que no piensa usted regresar jamás al Centro de Hibernación?
—No, jamás—repuso ella.
—¿Y qué piensa hacer, pues?
—No lo sé—repuso Mona—. Pero volver allí, jamás. Allí se vive fuera de la realidad. El Centro no es más que una fantasía... una dura y cruel fantasía. Cuando se ha palpado la realidad, cuando se ha vivido la realidad de la tierra desnuda, con su sucesión de albas y crepúsculos, escuchando el canto del chotacabras...
Se ladeó ligeramente para mirarlo de hito en hito.
—No me entiende, ¿verdad?
El movió negativamente la cabeza.
—Quizás la vida que llevamos no sea la adecuada—observó—. Creo que en eso estamos todos de acuerdo. Pero nos sacrificamos en aras de otra vida, y yo considero que esto es lo importante. Quizás los medios que empleamos no sean de los mejores. Dentro de varias generaciones, quizás encontremos unos medios mejores. Pero lo hacemos lo mejor que sabemos...
—¿Cómo puede decir eso, después de lo que le han hecho a usted? Después de ese infame juicio a que le sometieron, después de condenarlo al ostracismo, después de que incluso trataron de atribuirle un asesinato... ¿aún puede seguir creyendo en el Centro de Hibernación?
—Yo fui víctima de las maquinaciones de unos pocos —repuso él sosegadamente—. Eso no afecta a la validez o la falsedad de los principios en que se asienta el Centro. Tengo los mismos motivos y el mismo derecho de siempre para suscribir esos principios, que sigo considerando válidos.
—Si pudiera hacérselo entender—dijo ella—. No sé por qué me parece tan importante, pero tendría que hacérselo entender...
El miró su rostro preocupado, de facciones ajadas, miró su cabello fuertemente recogido en un moño, sus labios finos y rectos, sus ojos descoloridos, el semblante iluminado por una fervorosa luz interior que allí parecía completamente fuera de lugar. Mona tenía cara de maestra, pensó, pero aquel rostro ocultaba una mente tan precisa y metódica como un cronómetro de mil dólares.
—Quizás lo que me falta por entender—dijo suavemente—se encuentre en lo que usted no me ha contado, ni yo le he pedido que me cuente.
—¿Se refiere usted a los motivos de mi fuga? ¿Por qué me llevé mis notas?
—Sí a ello, más o menos. Pero no me lo cuente si no quiere. Hubo un tiempo en que me hubiera gustado saberlo; ahora me es indiferente.
—Huí—dijo ella—porque quería estar segura.
—¿De que lo que había descubierto era cierto?
—Sí, supongo que podemos decirlo así. Dejé de presentar informes regulares sobre los progresos que realizaba, pero llegó un momento en que ya no podía aplazar por más tiempo la presentación de un informe... ¿Cómo se lo diré...? Supongo que en ciertas cuestiones de gran importancia tenemos a veces la tendencia a no decir nada, a no dar el menor atisbo de lo que hemos descubierto hasta estar absolutamente seguros de ellos. Entonces sentí pánico... bien en realidad no fue pánico, sino que pensé que necesitaba un período de soledad, para ordenar mis ideas...
—¿Quiere esto decir que cuando se fue, pensaba regresar?
Ella hizo un gesto afirmativo.
—En efecto, esto es lo que pensaba. Pero ahora ya no puedo regresar. Sé demasiado. He descubierto mucho más de lo que suponía.
—¿Que el viaje por el Tiempo es mucho más complicado de lo que suponíamos? ¿Qué acaso...?
—No es más complicado de lo que suponíamos—ella le atajó—. La verdad no es nada complicado, por la sencilla razón de que el viaje por el tiempo es imposible.
—¿Imposible?
—Eso es... imposible. No es posible desplazarse en el tiempo, a través de él o alrededor de él. No podemos manipularlo. Se halla entretejido demasiado profundamente con lo que pudiéramos llamar la matriz universal. No podremos apelar al viaje por el tiempo para resolver nuestros problemas demográficos. O bien colonizamos otros planetas y construimos gigantescos satélites artificiales en el espacio, o bien convertimos a la Tierra en una sola y gigantesca ciudad... aunque es posible que tengamos que apelar a ambos expedientes a la vez. La solución que parecía ofrecernos el tiempo era la más fácil, por supuesto. Por eso el Centro de Hibernación sentía tanto interés por ella...
—Pero, ¿está usted segura? ¿Cómo puede afirmarlo con tanta seguridad?
—Gracias a las matemáticas—repuso ella—. Matemáticas no humanas. Me refiero a las hamalianas.
—Sí, sé de qué se trata—dijo él—. Me dijeron que usted trabajaba en ellas.
—Los hamalianos—continuó ella con voz suave—fueron sin duda un pueblo muy extraño. Un pueblo rigurosamente lógico no sólo muy interesado en los fenómenos superficiales, sino en las raíces fundamentales del universo. Investigaron la realidad y el propósito del universo y para ello crearon unas matemáticas que emplearon no sólo como apoyo de su lógica, sino como una herramienta lógica.
Mona le puso una mano en el brazo.
—Yo diría que consiguieron llegar a una verdad final —prosiguió—, si es que existe una verdad final.
—Pero otros matemáticos...
—Sí, otros matemáticos emplearon las matemáticas hamalianas. Y les produjeron gran perplejidad, porque sólo las consideraban como un sistema de axiomas formales. No vieron en ellas más que símbolos, fórmulas y postulados. Las utilizaron como una expresión física sin darse cuenta de que son mucho más que eso...
—Pero esto quiere decir que aún tendremos que esperar—profirió Frost—. Eso significa que parte de las personas congeladas tendrán que esperar, esperar hasta que podamos construirles alojamientos, o hasta que podamos encontrar otros sistemas solares con planetas tipo Tierra. Y esos planetas existen, naturalmente, pero son todos como Hamal IV. Hay que terraformarlos y entretanto, la población mundial, seguirá aumentando.
El la miró aterrorizado.
—Es un problema sin solución—murmuró.
Sí, era un problema sin solución. Habían esperado demasiado. Y lo habían hecho, porque creían tener la inmortalidad al alcance de la mano. Y habían esperado porque se podían permitir el lujo de esperar, porque dispondrían de todo el espacio que necesitasen cuando pudiesen viajar por el tiempo... pero ahora resultaba que el tiempo era inviolable.
—El tiempo es uno de los factores de la matriz universal—dijo Mona Campbell—. El espacio es otro factor y el tercero está constituido por materia y energía, que como usted sabe son lo mismo. Estos tres factores están íntimamente mezclados y entretejidos. Es imposible separarlos ni destruirlos. Tampoco podemos manipularlos.
—Conseguimos soslayar las limitaciones einstenianas —observó Frost—. Hicimos cosas tenidas por imposibles. ¿Por qué no podríamos también..?
—Tal vez—dijo ella—, aunque no lo creo.
—Esto no parece impresionarla mucho.
—¿Por qué tendría que impresionarme?—repuso ella—. Y aún no se lo he dicho todo. La vida también es un factor. Quizás debiera decir la vida y la muerte, en el mismo sentido que damos al binomio materia y energía, aunque supongo que la analogía no es totalmente exacta.
—¿La vida y la muerte?
—Sí, como la materia y la energía. Podríamos llamarla, si usted quiere, la ley de la conservación de la vida.
Frost se levantó tembloroso del escalón y descendió hasta el suelo. Se detuvo allí un momento, con la vista perdida hacia el valle, antes de volver junto a ella.
—¿Así, quiere usted decir con eso que nos hemos tomado todo este trabajo por nada?
—No lo sé—contestó ella—. Me he exprimido el cerebro tratando de averiguarlo, pero aún no puedo responder a su pregunta. Quizás nunca podré. Lo único que sé es que la vida no se destruye, no se agota ni se apaga de un soplo como la llama de una vela. La muerte consiste en una transformación de esta propiedad que llamamos vida, del mismo modo como la materia se transforma en energía o la energía en materia.
—¿Así, nosotros continuamos viviendo eternamente?
—¿Quiénes somos nosotros? —le preguntó ella a su vez.
Es verdad, se dijo Frost. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Una simple mota de consciencia que se yergue arrogante ante la inmensidad, el frío y el vacío del universo indiferente? ¿Un ser (o una cosa) que se cree importante, cuando en realidad no tiene ninguna importancia? ¿Un yo diminuto y vacilante que se imaginaba que el universo giraba a su alrededor... cuando el universo ni siquiera sabía que existiese, ni su existencia le preocupaba?
Ese pensamiento antropocéntrico, se dijo, pudo haber estado justificado en otros tiempos. Pero ahora, ya no. Ya no, si lo que afirmaba Mona Campbell era cierto. Porque si era verdad, entonces todos y cada uno de aquellos yo vacilantes eran parte fundamental del universo y a través de ellos éste expresaba su finalidad.
—Otra cosa—dijo—. ¿Qué piensa hacer con su descubrimiento?
Ella movió la cabeza con un gesto dubitativo, como si no supiera qué responder.
—¿Qué cree usted que pasaría si publicase mis cálculos? ¿Qué efecto tendría esto sobre el Centro de Hibernación? ¿Y sobre la gente tanto vivos como muertos?
—No lo sé—confesó él con franqueza.
—¿Y qué podría decir?—preguntó Mona Campbell—. No más de lo que le he dicho a usted. Que la vida prosigue continuamente, que es indestructible, como la energía. Que es tan eterna como el tiempo y el espacio, porque se confunde con éste en la urdimbre del universo. No podría ofrecerles ninguna esperanza ni promesa, fuera de la certeza de que la vida no termina. ¿Cómo podría decirles que la muerte tal vez fuese lo mejor que podría ocurrirles?
—¿De veras cree eso?
—Pues creo que sí.
—Pero dentro de veinte, de cincuenta, de cien años —dijo Frost— alguien volverá a descubrir lo que usted ha descubierto. El Centro de Hibernación está convencido de que usted ha descubierto algo importantísimo. Todos sabían que estaba trabajando con las matemáticas hamalianas. Designarán a otros investigadores para que continúen sus estudios, y llegarán a la misma conclusión.
Mona Campbell se sentó sosegadamente en la escalera.
—Es posible—dijo—. Pero en ese caso, la papeleta será de ellos, no mía. Me cuesta mucho asumir el papel de destructora de todo cuando ha edificado la especie humana en los últimos doscientos años.
—Pero a cambio, usted les ofrecerá una nueva esperanza. Confirmará la fe que la humanidad ha sustentado durante tantos siglos.
—Ya es demasiado tarde para eso —repuso ella—. Ahora estábamos creando nuestra propia inmortalidad, nuestra propia eternidad. La tenemos ya al alcance de la mano. No podemos pedir a la humanidad que renuncie a eso a cambio de...
—Y por esta razón no quiere regresar. No porque le dé miedo decirles que el viaje por el tiempo es imposible, sino porque esto equivaldría a saber que la vida no tiene fin.
—Eso es —asintió Mona—. No quiero convertir al mundo en una casa de orates.
35
Russell Ogden dejó de cavar cuando chocó con lo que tomó por una roca. No tenía otra herramienta que sus manos pero quería cavar un hoyo muy profundo para resolver de una vez el asunto de la cruz... aquella cruz que tenía que levantar todas las mañanas.
Se incorporó dentro del hoyo, que le llegaba a medio muslo, y dirigió una mirada a la cruz tendida en el suelo, con sus brazos ahora atados con sarmientos al corpulento tronco que había encontrado en la orilla y que consiguió llevar flotando hasta el islote.
El tronco era tan largo, que necesitaba excavar un hoyo muy profundo. Un hoyo más somero no hubiera sido tan fatigoso. Pero no tenía más remedio, si quería que la cruz se aguantase. Ni disponía de sierra o de hacha para acortar el madero.
Para que la cruz se mantuviese derecha, el hoyo tendría que tener una profundidad doble que la actual. Y esto le obligaría a empezar de nuevo en otro sitio, a varios metros de distancia, porque aunque pudiese cavar alrededor de la roca, no podría sacar a ésta de allí.
Se recostó cansadamente en las paredes del hoyo y golpeó furioso a la roca con el talón. Al golpearla se dio cuenta, asombrado, de que la roca no era tan dura como debiera ser.
Dejó de golpearla y permaneció recostado, pensando en la extraña blandura de la roca, y entonces cayó en la cuenta de algo más: ésta le había parecido mucho más lisa que una roca corriente y normal.
Movió la cabeza, desconcertado.
Si no era una roca, entonces, ¿qué podía ser?
Se agachó de nuevo en el hoyo, sin poder moverse apenas en su fondo, y pasó la mano sobre la supuesta roca. Sí, efectivamente ésta era muy lisa. La empujó con la palma de la mano y le pareció que aquella materia poseía una extraña elasticidad.
Intrigado y lleno de excitación, sacó varios puñados de arena de uno de los lados del hoyo y comprobó que podía profundizar a un lado de la supuesta roca.
Continuó extrayendo arena, tocó con los dedos el borde de la superficie dura y suave y tiró de ella, con toda la fuerza que le permitía su incómoda posición. Lo que le había parecido una roca se levantó y vio que no era piedra sino metal, desgastado y corroído y cayéndose a pedazos pardorrojizos. El viejo metal oxidado había permanecido intacto hasta aquel último momento.
Al levantar la oxidada placa metálica apareció una cavidad, medio llena de arena entre la que asomaban objetos envueltos en papel amarillento.
Rusell tendió la mano hacia ellos y extrajo uno de los pequeños envoltorios. El papel estaba amarillento y quebradizo y se deshizo al tocarlo. Cuando lo eliminó totalmente, vio que en la mano tenía un objeto esculpido con un intrincado dibujo.
Enderezándose, dejó que la plena luz del sol cayese sobre el objeto que tenía en la mano. Entonces vio lo que era: una figura tallada en jade, de un indudable valor artístico. La base verdeazulada representaba el agua de la que surgía una carpa de jade blanco, con cada una de sus escamas exquisitamente labrada. La labor del artífice era extraordinaria y la mano de Russell temblaba al contemplar aquella obra maestra.
Aquí había belleza, aquí había un tesoro, pensó, aquí, si cada uno de los envoltorios contenía otra figura de jade, había una fortuna que sobrepasaba todo cuanto se pudiera imaginar.
Depositó cuidadosamente la figurilla en la arena, al borde del hoyo, y se agachó con presteza para sacar los restantes envoltorios. Cuando terminó esta operación, tenía extendidas en la arena ante sus ojos más de dos docenas de figurillas de jade.
Las contempló, dispuestas en perfectas hileras, con ojos empañados por el llanto, mientras las lágrimas corrían por sus ásperas mejillas.
Durante semanas había estado rogando y suplicando, durante semanas enteras había impetrado la ayuda del cielo mientras comía mejillones, que detestaba, como único alimento, pero durante todo aquel tiempo, en la arena que sus pies hollaban, había permanecido oculto aquel tesoro, en un inesperado y misterioso escondrijo que esperaba ser descubierto desde tiempos ignorados, hasta el día en que él empezó a cavar aquel nuevo hoyo para erigir su cruz.
Un tesoro, pensó. No el tesoro que buscaba, pero indudablemente un tesoro, y que permitiría a su poseedor iniciar su segunda vida al amparo de preocupaciones económicas.
Salió del agujero y se puso en cuclillas al lado de las figurillas, para contemplarlas atentamente, tocando de vez en cuando alguna de ellas con el dedo, como si quisiera convencerse de que verdaderamente las había encontrado.
Un tesoro, pensó. Un tesoro que no había buscado, pero que encontró al buscar otro de carácter menos material.
¿Sería aquello, se preguntó, otra prueba más, como lo habían sido los mejillones, las incomodidades, la frustración y las penalidades que había sufrido en esta isla? ¿Habrían sido puestas allí las figurillas por un medio que él no alcanzaba a discernir, para saber si era digno de merecer aquel otro tesoro?
Quizás no debiera formularse tantas preguntas y limitarse a coger todos los objetos de jade y tirarlos al río, en prueba de que renunciaba a todos los bienes terrenales. Y después de haber hecho esto, continuar cavando el hoyo para poder plantar una cruz que resistiese los embates del viento. Y después de esto, como prueba suplementaria de su fe, arrancarse el trasmisor de su pecho y tirarlo también al río, cortando así el último vínculo que le unía a este mundo.
Debatiendo estos amargos pensamientos en su mente, caminaba arriba y abajo por la estrecha lengua arenosa, en el colmo de la aflicción.
¿Habría un fin para sus sufrimientos?, se preguntó. ¿Terminarían éstos alguna vez? ¿No había límite para el dolor que el hombre podía infligirse?
Todos los libros decían que Dios era bueno y misericordioso. Quería acercar a sí las almas de todos los hombres, para llenarlos con el goce de Su presencia. Y aquel camino estaba siempre abierto y despejado... bastaba con seguirlo para alcanzar la gloria eterna.
Pero en aquella isla no había encontrado la misericordia. No había recibido ninguna señal ni ningún aliento. No se le había mostrado ningún camino y los objetos de jade se encontraban en un mohoso recipiente metálico. Todo le hacía suponer que no había sido puesto allí por la divina intervención.
Al fin y al cabo, se preguntó, ¿qué necesidad tenía Dios de realizar semejantes intervenciones? ¿Qué le importaba él, a fin de cuentas? ¿Por qué tenía que interesarse por él, por un hombre necio y estúpido, si en el mundo había tantos millones de seres humanos? ¿Por qué había esperado él que lo hiciese? ¿Cómo podía haberlo esperado? ¿No era el mismo hecho de haberlo esperado un signo de vanidad, lo que ya de por sí constituía un pecado?
Tendió la mano hacia una de las piezas, que apretó fuertemente en su puño, para levantarlo después disponiéndose a arrojarla lejos. Sollozaba entrecortadamente y su barba estaba empapada por el llanto.
Echó el brazo hacia atrás pero algo se lo paralizó. Abrió el puño cerrado y la figurilla se deslizó de él, cayendo en la arena.
Y en aquel espantoso momento supo que había perdido, que le faltaba el don esencial de la humildad, que le hubiera abierto las puertas de la comprensión que buscaba con tanto afán y que, según entonces le parecía, había valorado en exceso... pues le había atribuido un precio que su tosca humanidad fundamental no estaba dispuesta a pagar.
36
Mona Campbell se había ido durante la noche. El coche había desaparecido y no se veían huellas de neumáticos en la hierba húmeda de rocío. Y no regresaría, porque el abrigo que había colgado en la percha de la puerta de la cocina también había desaparecido. No había dejado nada. En la casa no había nada que pudiese demostrar que ella había estado allí.
¡Qué vacía le parecía la casa! ¡Qué triste y desierta! Y no porque no viviese nadie en ella, sino porque ya no era una construcción destinada a albergar seres humanos. Pertenecía a otra época, a otros tiempos. El hombre ya no utilizaba casas como aquélla, aisladas en medio de grandes extensiones de tierra. En la actualidad los hombres vivían en altísimos bloques de cemento y acero que se apretujaban en lugares donde no quedaban espacios libres. El hombre, que en otras épocas había sido un ser errante y en ocasiones solitario, vivía ahora en rebaños y en los días venideros ya no habría casas aisladas ni construcciones individuales. El mundo se convertiría en una sola construcción gigantesca y los millones de seres humanos vivirían en profundas ciudades subterráneas o en altísimos rascacielos. Vivirían también en ciudades flotantes situadas en las superficies de los océanos y en ciudades protegidas por gruesas cúpulas en el fondo de los mares. Vivirían en grandes satélites que girarían en órbita, con miles de seres humanos en su interior. Y llegaría un tiempo en que irían a otros planetas ya preparados para acogerlos. Aprovecharían todo el espacio disponible y cuando ya no hubiese más, lo inventarían. Y no tendrían más remedio que hacer esto, porque únicamente tendrían espacio. El sueño del viaje en el tiempo nunca sería realidad.
Frost, de pie bajo el pórtico, dejaba vagar su mirada por la selvática desolación que antaño fueran campos de labor. El viejo seto se había convertido en un paravientos formado por árboles que se alzaban a gran altura en lugar de los arbolillos que él había visto de niño. Las cercas estaban rotas y no estaba lejano el día en que no quedaría ni rastro de ellas. Y al cabo de un siglo, al no haber nadie que los cuidase ni los reparase, la casa y el granero se hundirían también, para convertirse en un montón de maderas podridas.
Mona Campbell se había ido y él tenía que irse también. No porque tuviese que irse a ningún sitio determinado, sino sencillamente porque de nada servía seguir allí. Bajaría hasta la carretera y continuaría sin rumbo fijo, porque ningún propósito animaba sus pasos. Viviría de lo que encontrase. Estaba seguro de que ya se arreglaría y tenía pensado dirigirse hacia el sur, porque dentro de unos meses el frío llegaría a aquellas regiones y con el frío, la nieve.
O quizás mejor al suroeste, pensó. En dirección a las regiones desérticas y las montañas, porque eran lugares que siempre había deseado visitar.
¿Por qué se había ido Mona Campbell? Tal vez porque temía que él pudiese denunciarla, animado por la esperanza de que le devolviesen sus derechos humanos. O tal vez porque sabía que no debiera haberle confiado su secreto, y después de habérselo confesado se sintiese vulnerable.
Había huido no para salvarse a sí misma sino para salvar al mundo. Se convirtió en un ser solitario porque no podía soportar la idea de decir a la humanidad que había estado equivocada durante casi dos siglos. Y porque la esperanza que le habían dado las matemáticas hamalianas eran demasiado endebles y frágiles para alzarse contra la sólida estructura social que el hombre se había forjado.
Los Santos tenían razón, se dijo... como la había tenido la humanidad durante siglos, al sustentar la fe en otra vida. Pero sabía que los Santos rechazarían la evidencia de la continuidad infinita de la vida, al no encerrar ésta una gloria eterna, ni el eco de los angélicos clarines.
Lo único que prometía era perduración eterna de la vida. No decía qué forma adoptaría esta vida o siquiera si esta vida tendría una forma. Pero era una evidencia, pensó, y esto valía más que la simple fe, pues ésta nunca fue más, ni siquiera en el mejor de los casos, que una esperanza implícita en la evidencia.
Frost bajó del pórtico y empezó a cruzar el patio, en dirección a la desvencijada puerta del huerto. Podía ir a donde le pluguiese y más valía no demorarse. No tenía que hacer el equipaje ni planes que trazar, pues no poseía más que la ropa que llevaba puesta, que había pertenecido a un hombre llamado Amos Hicklin, y, a no animarle propósito definido, no tenía sentido trazar planes.
Había llegado ya a la puerta y tiraba de ella para abrirla cuando un coche salió de pronto de los bosques
contiguos a la casa y se acercó por el camino.
El se quedó estupefacto, con una mano en la puerta, y lo primero que pensó fue que Mona Campbell regresaba, por haber olvidado algo o haber cambiado de idea.
Vio entonces que en el coehe había dos personas y que ambas eran hombres. Sin darle tiempo a reponerse de su sorpresa, el coche se detuvo frente a la puerta.
Se abrió una portezuela y se apeó uno de los ocupantes del vehículo.
—Dan—dijo Marcus Appleton—, cuánto me alegro de encontrarte aquí. Y especialmente porque ha sido tan inesperado.
Hablaba en tono afable y cortés, como si fuesen buenos amigos.
—Creo que yo podría decir otro tanto—repuso Frost—. Hubo un tiempo en que esperaba encontrarme contigo a cada momento, pero hoy no, te lo aseguro.
—Eso no importa—dijo Appleton—. Todos los momentos son buenos. No esperaba cazar dos pájaros de un tiro.
—¿Dos pájaros? —dijo Frost, frunciendo el ceño—. No sé a qué te refieres, Marcus. Aquí únicamente estoy yo.
El que conducía había salido por el otro lado del coche y se acercó también. Era un tipo corpulento y bizco, y llevaba un pistolón al cinto.
—Clarence dijo Appleton a su guardaespaldas—, ve a la casa y tráeme a la Campbell.
Frost terminó de cruzar la puerta y se hizo a un lado para dejar paso al llamado Clarence. Vio como éste atravesaba el patio, subía la escalera y entraba en la casa. Se volvió entonces hacia Appleton.
—¿A quién esperas encontrar, Marcus?—le preguntó.
Appleton le dirigió una sonrisa.
—Vamos, no te hagas el tonto—repuso—. Lo sabes perfectamente. A Mona Campbell. Sin duda te acuerdas.
—Sí. La que investigaba el viaje por el tiempo, y desapareció.
Appleton hizo un gesto de asentimiento.
—Los técnicos de la estación de este sector vieron hace varias semanas que aquí vivía alguien, cuando sobrevolaron la casa en una misión de rescate. Luego, hará cosa de una semana, la misma mujer que habían visto aquí les llevó un hombre picado por una serpiente. Ella dijo que lo había encontrado en la carretera. Era oscuro y no pudieron verla bien, pero fue suficiente para que sacáramos nuestras propias conclusiones.
—Pues os habéis tirado una plancha—le dijo Frost—. Aquí no ha vivido nadie, únicamente yo.
—Dan—dijo Appleton—, pesa contra ti una acusación de asesinato. Si puedes facilitarme alguna información de utilidad, olvidaré que te he visto. Podrás irte adonde te dé la gana.
—¿Podré irme, dices? —repuso Frost, sarcástico—. No creo que llegue muy lejos. No tardarías en pegarme un tiro por la espalda.
Appleton movió negativamente la cabeza.
—Un trato es un trato—dijo—. Tú nos interesas, desde luego, pero la persona que venimos buscando, la que de veras deseamos encontrar, es Mona Campbell.
—Nada puedo decirte, Marcus —repuso Frost—. Si tuviera algo que decirte, me sentiría tentado de aceptar tu ofrecimiento... apostando conmigo mismo a ver si lo mantendrías. Pero Mona Campbell no ha estado aquí. Jamás he visto a esa mujer.
Clarence salió de la casa y se encaminó pesadamente hacia la puerta.
—No hay nadie ahí, Marcus —dijo—. No he visto rastro de alma viviente.
—En la casa, no—repuso Clarence.
—¿No te parece —le preguntó Appleton— que este caballero sabe algo?
Clarence volvió su cabezota hacia Frost y le miró bizqueando.
—Es posible—dijo—. Es posible que sepa algo.
—Por desgracia —observó Appleton— no se siente muy inclinado a hablar.
Clarence alzó una de sus manazas con tal rapidez, que Frost no pudo esquivar el golpe. Este le alcanzó de pleno en la cara y lo hizo caer hacia atrás. Chocó contra la cerca y se derrumbó al pie de la misma. Inclinándose, Clarence le agarró por la camisa, lo alzó como una pluma y le asestó un nuevo puñetazo.
En el cerebro de Frost estallaron brillantes luces de colores y se encontró caminando a gatas y meneando la cabeza para librarse de aquellas luces multicolores. Su nariz sangraba y tenía un gusto salado en la boca.
La manaza volvió a agarrarlo y le obligó a ponerse en pie. Aunque todo daba vueltas a su alrededor, trató de mantener el equilibrio.
—Espera—dijo Appleton a Clarence—. No le pegues más, de momento. Quizás ahora hablará.
Preguntó a Frost:
—¿Aún no tienes bastante?
—Vete al infierno—contestó Frost.
El puño volvió a golpearle, él cayó de nuevo y mientras se esforzaba por levantarse se preguntó vagamente por qué había dicho aquello. ¡Qué estupidez! Lo dijo sin pensarlo, sin proponérselo, y aquí estaba el resultado.
Se arrastró un trecho por el suelo hasta sentarse, y se quedó mirando a los dos hombres. Appleton había perdido su expresión complacida. Clarence le vigilaba con los puños cerrados.
Frost se llevó una mano a la cara. La retiró manchada de polvo y de sangre.
—Es muy sencillo, Dan—le dijo Appleton—. Lo único que tienes que hacer es decirnos dónde está Mona Campbell. Después podrás irte. Diremos que no te hemos visto.
Frost movió negativamente la cabeza.
—Si te niegas a hablar—prosiguió Appleton—, Clarence te matará de una paliza. Le gustan estos trabajillos y el muchacho lo hará durat. Y ahora se me ocurre que los técnicos de la estación de rescate tal vez no consigan llegar a tiempo. Son cosas que pasan a veces. Si llegan con retraso, la cosa ya no tendrá remedio, y será una verdadera lástima.
Clarence dio un paso hacia él.
—Hablo en serio, Dan—dijo Appleton—. No creas que bromeo.
Con un esfuerzo, Frost se arrodilló y después se puso en cuclillas. Clarence dio otro paso hacia él y se dispuso a atacarlo cuando Frost se lanzó de cabeza contra las dos enormes piernas que tenía delante, chocó de hombros contra ellas y después cayó tendido cuan largo era. Rodó ciegamente hacia un lado y trató de levantarse.
Clarence estaba tendido en el suelo. Tenía la cara bañada en sangre que brotaba de una herida hecha en la cabeza al caer. Se había golpeado la cabeza contra un poste de la cerca.
Vio entonces que Appleton se abalanzaba contra él, bajando la cabeza. Frost trató de apartarse a un lado, pero recibió un cabezazo y cayó con Appleton encima. Una mano de éste le agarró la garganta en un apretón brutal y sobre él vio una cara convulsa de ojos entornados y labios contraídos en una mueca feroz.
Le pareció que un trueno llegaba a sus oídos desde muy lejos. Pero tenía tal zumbido en el cráneo, que no podía asegurarlo. La mano clavada en su garganta le parecía de hierro. Asestó un puñetazo al rostro de su adversario, pero sus fuerzas eran escasas. Volvió a golpear una y otra vez, pero la férrea mano continuaba estrangulándole.
Un extraño viento alzó polvo y piedrecillas por los aires, y, en medio de la nube de polvo, vio contraerse el rostro de Appleton. Luego la mano que le aferraba el cuello soltó su presa, y el rostro desapareció de su campo de visión.
Tambaleándose, Frost se puso en pie.
Más allá del coche había aterrizado un helicóptero, cuyos rotores aún giraban lentamente. Dos hombres armados con rifles saltaron de la cabina. Cuando cayeron a tierra se enderezaron inmediatamente, sin soltar las armas. Frost vio a Marcus Appleton de pie a un lado, con los brazos colgantes. Clarence seguía tendido en el suelo.
Los rotores se pararon y reinó el silencio. En el fuselaje del helicóptero. Frost pudo leer: SERVICIO DE RESCATE
Uno de los hombres encañonó con el rifle a Marcus Appleton.
—Mr. Appleton—le dijo—, si tiene usted un arma, tírela al suelo. Queda usted detenido.
—Yo nunca llevo armas—contestó Appleton
Estaba soñando, se dijo Frost. Por fuerza aquello tenía que ser un sueño. Era demasiado fantástico y absurdo para que no lo fuese.
—¿En nombre de quién se me detiene? —preguntó Appleton.
Había un tono burlón en su voz, pues por lo visto no lo creía. Era evidente que no creía tampoco lo que estaba sucediendo Nadie, absolutamente nadie, tenía autoridad para detener a Marcus Appleton.
Pero otra voz dijo:
—Te detienen en nombre mío, Marcus.
Frost giró sobre sus talones y vio a B. J. en la escalerilla de la cabina del helicóptero.
—B. J.—le interpeló Appleton—, ¿no crees que estás muy lejos de tu casa?
B. J. no le contestó. Volviéndose hacia Frost, le preguntó:
—¿Cómo estás, Dan?
Frost se llevó una mano a la cara para enjugarse la sangre.
—Muy bien, gracias—repuso Frost—. Me alegro de verte, B. J.
El segundo hombre armado se acercó a Clarence, le obligó a ponerse en pie y se apoderó de su pistola. Clarence estaba aturdido, llevándose una mano a la herida de la cabeza.
B. J. había descendido al suelo y se alejaba del helicóptero. A continuación bajó Ann Harrison por la escalerilla. Frost se dirigió hacia el aparato. Se sentía mareado, las piernas le fallaban y le sorprendía que pudiese andar. Pero andaba, no tenía nada roto y no entendía una palabra de lo que sucedía.
—Ann—preguntó a la joven—, Ann, ¿quieres decirme qué pasa?
Ella se detuvo frente a él.
—¿Pero qué te han hecho?—le dijo.
—Nada que valga la pena—repuso él—, aunque no sé cómo hubiera terminado. Pero, dime, ¿qué es todo esto?
—El papel que tú tenías. Te acuerdas, ¿verdad?
—Ya lo creo. El que te di aquella noche. O que supuse que te daba. ¿Estaba de verdad en aquel sobre?
Ella hizo un gesto afirmativo.
—Parecía una tontería. Decía únicamente: "Poner a 2468934, ¿no es curioso que recuerde la cifra?, poner a 2468934 en la lista". ¿Te acuerdas, ahora? Tú dijiste que lo habías leído, pero no lo recordabas.
—Recordaba únicamente esto... que había que poner
algo en una lista. ¿Y qué significa?
—La cifra—terció B. J., colocándose a su lado—sirve para designar a una persona congelada en las cámaras. La lista era una lista secreta de personas que nunca serían reanimadas. Toda constancia de ellas sería borrada de los archivos. Desaparecerían de la especie humana.
—¡Nunca serían reanimadas! ¿Pero, por qué?
—Porque poseían cuantiosas fortunas—repuso B. J.—, que podrían escamotear. Esos capitales se harían desaparecer y los libros de registro se alterarían de manera que nadie pudiera reclamarlos si sus legítimos propietarios no
resucitaban ni se presentaban a pedir lo que era suyo.
—¡Lane! —exclamó Frost.
—Efectivamente, Lane, el jefe de la Sección de Finanzas. El podía amañar estas cuentas. Marcus escogía las víctimas... procurando que fuesen personas sin parientes ni amigos, ni ninguna clase de allegados. Es decir personas que nadie echaría de menos cuando resucitasen.
—Tienes que saber, B. J. dijo Appleton en tono normal, y sin el menor rastro de rencor en su voz—, que te demandaré por esto. Te dejaré sin un céntimo. Embargaré todos tus bienes. Me has calumniado en presencia de testigos.
—Permite que lo dude—le contestó B. J.—. Lane ya ha confesado.
—Lleváoslos—les ordenó.
Los dos hombres obligaron a Lawrence y a Appleton a a dirigirse al helicóptero.
B.J. preguntó entonces a Frost:
—¿Vendrás con nosotros?
Frost titubeó.
—Pues, la verdad, no sé...
—Las marcas pueden ser borradas —dijo B.J.—. Se publicará una declaración oficial rehabilitándote plenamente y agradeciéndote el gran servicio prestado. Tu empleo te espera. Tenemos pruebas de que tanto el juicio como la sentencia fueron completamente irregulares y amañados por Appleton. Y estoy seguro de que el Centro de Hibernación encontrará una manera de demostrarte, y de manera sustancial, su gratitud por haber interceptado ese documento...
—Pero si yo no lo intercepté.
—Vamos, vamos—le dijo B.J. con tono reprobador—, no trates de discutir conmigo. Miss Harrison nos ha informado plenamente. Ella fue quien nos lo trajo, demostrándonos de qué se trataba. El Centro tiene con ustedes dos una deuda contraída que nunca podrá pagarles.
Dio media vuelta con brusquedad, pronunciadas estas palabras, y se encaminó al helicóptero.
—En realidad no fui yo—dijo Ann—, aunque comprenderás que no puedo decirle quién fue. Fue George Sutton. El fue quien lo sospechó todo y quien logró reunir las pruebas.
—Un momento—dijo Frost—. ¿George Sutton? No recuerdo quién es...
—Pues lo conoces—dijo ella—. Recuerda al hombre que aquella noche fatídica te llevó a la guarida de los Santos, y al anciano caballero que te preguntó Si creías en Dios.
—¡Dan!
B.J. se había vuelto hacia ellos al llegar al pie de la escalerilla del helicóptero.
—Dime, B.J.
—Marcus vino aquí persiguiendo a Mona Campbell. Aseguró tener pruebas de que estaba escondida aquí, en este viejo caserón.
—A mí también me lo dijo—repuso Frost, imperturbable—. Se empeñó en que yo conocía su paradero.
—¿Y efectivamente lo conoces?
Frost movió negativamente la cabeza.
—No tengo ni idea —dijo.
—Bien—dijo B.J.—, otra pista falsa. Algún día la encontraremos.
Y trepó trabajosamente por la escalerilla.
—Imagínate—dijo Ann—, volverás. Y yo podré prepararte otra cena.
—Y yo—añadió Frost—, saldré a comprar rosas y unas velas.
Estas palabras le evocaron nuevamente el calor, el bienestar y la intimidad que aquella mujer era capaz de infundir a la habitación más destartalada... y recordó también que el vacío y la amargura de su vida se disiparon en su presencia, haciéndole experimentar una compañía una amistad que nunca había conocido antes.
¿Era esto amor?, se preguntó. ¿Cómo podía saberlo? En aquella primera vida del hombre apenas tenía éste tiempo de amar... ni casi tenía tiempo para averiguar que era el amor. ¿Y tendría tiempo para ello en una segunda vida? Tiempo, a buen seguro que si, pues dispondría de toda una eternidad, pero... ¿cómo sabía que no transportaría a aquel tiempo infinito el mismo sentido de desesperación económica, el mismo materialismo sórdido que había sustentado en su primera vida? ¿Sería un hombre distinto o seguiría siendo el mismo...? ¿Y si su primera vida le hubiese marcado de manera indeleble para toda la eternidad?
Ella se volvió para mirarle y vio que tenía las mejillas húmedas de llanto.
—Será lo mismo—musitó.
—Sí, le prometió él—. Será lo mismo.
Aunque sabía muy bien que no podía ser lo mismo. El mundo nunca podría volver a ser el mismo. Mona Campbell había descubierto una verdad que acaso nunca revelaría, pero dentro de pocos años otros la descubrirían también y el mundo terminaría por conocerla. De nuevo atravesaría una agonía de conciencia. La antigua seguridad, que parecía tan sólida, y la cómoda complacencia se hundirían y al Centro de Hibernación le saldría un rival que también prometería la vida eterna... pero esta promesa sería de misterio y de fe. Nuevamente el mundo de los hombres se vería triturado entre las ruedas de molino de las diversas opiniones.
—Dan, por favor, dame un beso y después subamos a bordo. B. J. estará extrañado de nuestro retraso.
37
El hombre permanecía sentado junto a la carretera con la mirada perdida en la distancia, pero sus ojos no veían nada, a pesar de que no estaban vacíos.
Llevaba únicamente unos pantalones, cortados más arriba de las rodillas. Sus cabellos eran largos y casi le ocultaban el rostro. Tenía una barba enmarañada y sucia de arena. Alto, esquelético y de piel renegrida por el sol.
Mona Campbell detuvo el coche y se apeó de él para observarlo. El no pareció apercibirse de su presencia y el corazón de la mujer estaba henchido de piedad a la vista de aquel hombre, porque le rodeaba tal sensación de soledad y desolación, que negaba todo el significado a la existencia.
—¿Puedo hacer algo por usted, amigo? —le preguntó.
La expresión de sus ojos cambió al oír su voz. Ladeó ligeramente la cabeza y su mirada se clavó en ella.
—¿Le ocurre algo malo? —le preguntó ella.
—¿Algo malo? —repitió él, elevando extrañamente la voz al hablar—. ¿Algo bueno? ¿Quién puede decir lo que es malo o es bueno?
—A veces se puede decir—repuso ella—. Aunque no siempre. La línea divisoria es muy fina.
—Si me hubiese quedado —murmuró el hombre—. Si hubiese rezado con más fe. Si hubiese hecho un hoyo más profundo para plantar la cruz. Pero todo fue inútil...
Su voz se perdió en un susurro y sus ojos volvieron a clavarse en una distancia infinita.
Ella observó entonces por primera vez el saco tirado en el suelo a su lado, hecho al parecer con la tela que faltaba de sus pantalones. Estaba entreabierto y por su boca distinguió unas figurillas de jade amontonadas.
—¿Tiene usted hambre? —le preguntó—. ¿Se encuentra bien? ¿De veras no puedo hacer nada por usted?
Era una locura, se dijo, haberse detenido para hablar en aquella carretera desierta con aquel mísero mendigo.
El hombre se movió ligeramente. Abrió la boca como si fuese a hablar, pero volvió a apretar los labios.
—Si no puedo hacer nada por usted—dijo Mona—, me iré.
Se volvió para regresar al coche.
—Espere—dijo él entonces.
Ella dio media vuelta.
Aquellos ojos de una tristeza insondable la miraban.
—Dígame—le preguntó el hombre—, ¿existe la verdad?
No era una pregunta sin sentido. Mona comprendió que no lo era.
—Yo creo que sí —repuso—. Existe la verdad matemática, por ejemplo.
—Yo buscaba la verdad —dijo él—, y he aquí lo que obtuve.
Extendió una pierna y golpeó el saco con el pie, esparciendo las figurillas de jade por la hierba.
—¿Siempre es así? —preguntó—. Buscamos la verdad y encontramos un premio de feria. Encontramos algo que no es la verdad, pero lo aceptamos porque es mejor que no encontrar nada.
Mona dio un paso atrás. Evidentemente, aquel hombre estaba loco.
—Ese jade... —dijo ella—. Conocí a otro hombre que buscaba jade.
—Usted no me entiende—dijo él.
Mona movió la cabeza, ansiosa por marcharse.
—Ha dicho usted que existe la verdad matemática. ¿Acaso es Dios una hoja de ecuaciones?
—No lo sé —dijo ella—. Mire, yo sólo me detuve para saber si podía ayudarle en algo.
—No puede—dijo él—. Ni siquiera puede ayudarse a sí misma. Una vez la tuvimos, esa ayuda de que todos andamos tan necesitados, y la perdimos. Ahora ya no podemos recuperarla. Lo sé muy bien, porque lo intenté.
—Acaso exista un medio de recuperarla—le dijo ella, con dulzura—. Hay una ecuación de un planeta olvidado... El se incorporó a medias y la apostrofó con voz cascada y aguda:
—¡No hay manera, le dijo! ¡No hay manera! Nunca existió más que una manera, y ahora ya no sirve.
Ella dio medio vuelta y echó a correr. Al llegar al coche se detuvo y se volvió a mirarlo. Estaba postrado de nuevo a la vera del camino, pero sus ojos la seguían mirando, con una terrible expresión de horror.
Ella trató de hablar, pero las palabras no brotaron de sus labios.
Y entre el espacio que los separaba él le susurró, como si se tratase de un secreto que quisiese confiarle:
—Hemos sido abandonados—le dijo en su espantoso susurro—. Dios nos ha vuelto la espalda.
FIN